Nos adentramos en una de las semanas, políticamente, más trascendentales de los últimos años, ya que se definirán los dos rostros (quizá tres) que competirán por la presidencia de México en junio de 2024.
Quienes queden, representarán perspectivas distintas de gobierno, modelos contrapuestos. Uno impulsado por el poder empresarial y la clase media; el otro, por un movimiento que se mueve entre la izquierda populista, apoyado por el sector pobre en México.
No obstante, entre ambos hay coincidencias cuando han gobernado. Incluso comparten resoluciones que pertenecen al conservadurismo, como su postura contra el aborto, o estrategias como militarizar el combate contra el crimen organizado. O bien, aspectos centrales para capitalizar el voto, como el asistencialismo en sus diversas formas.
En una sucesión que adelantó López Obrador para interferir en las campañas, controlar, definir acciones y estrategias, pues lo que está en juego es la continuidad de su movimiento, estamos por vivir uno de los momentos climáticos rumbo al 2024: saber quiénes son los finalistas, dentro de los cuales recaerá el próximo gobierno de México.
En medio de una sociedad dividida, aún con afectaciones por la pandemia, y otros problemas que agobian a los mexicanos como la inseguridad, viviremos un larguísimo proceso electoral, inédito, donde los mexicanos asimilaremos que, por primera vez, una mujer podría gobernarnos.
Pero también en medio de una guerra entre las instituciones del Estado mexicano, principalmente un conflicto en desarrollo entre el Ejecutivo contra la SCJN, y, contra institutos autónomos como el INE, INAI y otros que han sido minimizados o desaparecidos, para que sus atribuciones pasen al control del gobierno federal.
También las próximas elecciones se darán bajo una alineación ideológica de México hacia países con gobiernos en crisis ideológica y social, como en Argentina, Colombia, Nicaragua, Cuba, Venezuela y Bolivia.
Por lo pronto, concluyó una intensa ‘preprecampaña’. Útil porque nos ha permitido evaluar los diversos liderazgos y el juego que se ha dado en el interior de los bloques políticos. Vimos sorpresas inimaginables hasta hace tres meses, como la aparición de Xóchitl Gálvez en la escena nacional, desafiando las proyecciones del presidente, quien pasó de tener controlada a la oposición con candidatos anticlimáticos, al deber de preocuparse porque a partir de su cerrazón y poca autocrítica, impulsó involuntariamente a una candidata de a de veras.
Al respecto, vimos a un PRI ahogado en su intrascendencia, a un PRD anidado en su oportunismo, y a un PAN en su laberinto, pero que, gracias a sus gubernaturas, es quien lidera a esa oposición.
También pudimos apreciar cómo en Morena no todo es miel sobre hojuelas, y que a pesar de su significativo peso y arrancar como favorito para repetir en la Presidencia, hay divisiones importantes y grupos antagónicos que son capaces de todo por hacerse el poder. Se observa corrupción, nepotismo, traiciones. Un partido que se parece más al PRI empoderado, que al partido progresista y moderno que necesita México.
Se ha posicionado, a pesar de sus conflictos internos recientes, un partido bisagra, Movimiento Ciudadano. Que sin ideología alguna, pero con mucho pragmatismo, ha logrado jugar en las grandes ligas, primero por hacerse de importantísimas gubernaturas, pero también por conformar una bancada en el Poder Legislativo de ciertas personalidades progresistas. Ellos podrán ser quienes resten o sumen votos a una de las coaliciones principales, y de esta forma inclinar la balanza hacia la otra. Falta esperar si, en caso dado de que Morena desasee el proceso interno, Ebrard firme su futuro con ellos (de ahí la posibilidad del tercer rostro).
¿Qué perfil requiere México para ser gobernante? El que apueste al fortalecimiento de las instituciones del Estado para que al mismo tiempo se fortalezca la democracia. Quien logre estrategias totalmente distintas para combatir la inseguridad, de la mano de cuerpos civiles bien preparados, equipados y pagados.
Quien logre acabar con la división que impera en la sociedad. Quien esté dispuesta o dispuesto a tejer alianzas nacionales e internacionales. Quien sepa construir puentes sin dogmas o credos bajo “ismos” anacrónicos. El progreso se da a partir del entendimiento del mundo y necesidades actuales, no bajo el ideario del pasado, ni mucho menos de sistemas políticos que fracasaron.
Se requiere de alguien que apueste por la educación de calidad, que forje jóvenes creativos, críticos y libres de elegir qué pensar. Formar instituciones educativas sin credos y apoyar a las que actualmente lideran los ratings mundiales. Las aulas deben ser universales, modernas, estructuras de futuro y desarrollo.
Es importante que fuera de dádivas e intereses, los mexicanos se fijen en esa persona que sea sinónimo de progreso. Los días están corriendo y el domingo y miércoles próximos, sabremos si hemos sabido elegir a las y los mejores.
El autor es periodista mexicano especializado en asuntos internacionales.