Como en toda elección, sus resultados arrojan diversas lecturas. Los hechos dicen que Morena ganó su gubernatura número 21 al arrebatarle al PRI el Estado de México, su principal bastión político-electoral. Sin lugar a dudas, es un golpe que podría ser letal al partido que gobernó el país durante 71 años ininterrumpidos. Hoy se reduce a una partícula periférica que gobierna en dos estados.
La estocada sucedió a pesar de una mala candidata impuesta por López Obrador, Delfina Gómez, que supo congraciarse a partir de tres factores: la baja participación de un electorado joven y de clase media, que hizo vacío a la candidata Alejandra del Moral; el hartazgo hacia un partido dominante que durante décadas no resolvió las necesidades básicas de los municipios más pobres, desiguales y poblados; y una racha que sigue en ascenso por parte del movimiento político del presidente, y que, gracias a su imán de fe, aún conquista millones de simpatías.
Lo contrario pasó en Coahuila, ahí falló todo sobre el candidato de la 4T: caricaturesco y superficial; un proceso de selección del abanderado de Morena con deficiencias y desacreditado, incluso por los mismos integrantes del partido; una alianza que nunca funcionó, y un mensaje presidencial que no llegó con la misma persuasión al norte del país.
Incluso Armando Guadiana sigue perdiendo si le sumamos los votos que obtuvieron los candidatos rebeldes del PT y Partido Verde. El triunfo priista en Coahuila se impuso a partir de contar con un muy buen candidato y una alianza bien delineada. Una lección irrefutable para Morena, que no pueden darse el lujo de que sucedan estos errores rumbo a 2024: encuestas mal definidas, división interna y la corcholata equivocada.
A pesar de la asimetría en el padrón electoral que hay en ambos estados, los errores políticos que cometieron las respectivas alianzas significan un importante laboratorio rumbo a 2024. Queda claro que la apuesta por la unión de partidos se va a repetir, pero si quieren triunfar, éstas deben ser sólidas y unidas hasta el final. Esa fue la gran lección de las elecciones del pasado domingo.
Pero hay otra variante importante en la elección del pasado fin de semana. Hablemos de votos y no de gubernaturas. En cuanto a sufragios, sólo hubo una diferencia de 54 mil 734 votos entre las fuerzas que disputaron la elección en ambos estados (si dejamos fuera los sufragios obtenidos por el Partido del Trabajo y el Partido Verde en Coahuila).
Es decir, se concretó un empate técnico. La suma obtenida por Alejandra del Moral, Manolo Jiménez y aliados, fue de 3 millones 497 mil 263 votos; mientras que para Delfina Gómez, Armando Guadiana y aliados, fue de 3 millones 552 mil sufragios.
En política todo cuenta, y bajo esta lógica se podría concluir que no fue una gran victoria para Morena, si la tazamos en votos… fundamentales si lo que se pretende en 2024 es un triunfo contundente para obtener la Presidencia y, al mismo tiempo, la mayoría calificada en el Congreso de la Unión. En Edomex, la diferencia fue de apenas 8.4 puntos, insuficiente para dormir tranquilos.
Por ello esta elección abre una puerta inmediata, así como una especulación creciente, sobre lo que sucederá dentro de un año. Será una elección histórica y de profunda trascendencia, o sigue la autollamada transformación o ésta se disloca, nada está seguro aún. Como ya lo he apuntado, todo dependerá de la calidad y unión de las alianzas y, al mismo tiempo, el perfil del candidato o candidata capaz de capitalizar los diferentes vacíos que se han anidado en la sociedad mexicana.
Para ello, la oposición a partir de la alianza conformada entre PRI, PAN y PRD, el lunes ratificada, y que lleva el nombre de “Va por México”, aparentemente ya resolvió su apuro de ir juntos; no obstante, aún tienen un camino sinuoso por recorrer, en referencia a la selección de candidato o candidata. Muchos quieren, pero aún nadie puede ni tienen la capacidad y habilidad para amalgamar la unidad y el arrastre que podría conseguir el aparato de Morena. Entre el PRI y el PAN juntos, apenas cuentan con siete gubernaturas, insuficientes para estructurar el voto como antaño lo hacía el PRI. Por ello su dependencia de la calidad y fuerza del candidato o candidata, es absoluta.
Mientras tanto en Morena, su apuesta ya está decantada entre dos: Marcelo Ebrard o Claudia Sheinbaum. Pero lo complejo es quiénes dentro de todo el aparato de Morena, gobernadores, diputados y senadores, más los partidos que van a ir en alianza con ellos, y por supuesto López Obrador, van a apoyar a una de las dos corcholatas.
Las diferencias se empiezan a hacer notar entre Marcelo y Claudia. Mientras Marcelo pide renunciar a quienes tienen cargos públicos, antes de las encuestas, Claudia ya dijo que ella no tiene por qué hacerlo, en franco desafío a lo que Marcelo considera establecer un “piso parejo”. Sobre eso estamos a la espera de qué dice el árbitro de Morena, su presidente Mario Delgado, y sobre todo, los mensajes ocultos que pueda ir proporcionando en las mañaneras López Obrador.
El lunes en la noche, se reunió AMLO con gobernadores y corcholatas. El mensaje fue uno: o hay unión o están en riesgo los triunfos planeados. La pregunta es ¿quién de las dos principales apuestas ofrece esa garantía? Es claro que el único que la garantiza es Marcelo Ebrard, por la simple premisa que nadie más dentro de Morena, tiene la fuerza para emprender en otro partido o alianza la posibilidad de competir contra los mismos guindas en 2024.
Si a Marcelo no le cumplen las peticiones de “piso parejo” que solicita para la selección de candidato por Morena, cada vez se reforzará más la posibilidad de su salida para formar un liderazgo que se convertiría en la verdadera oposición. Recordemos que gran parte del Partido Verde le apoya, y que el aislado Movimiento Ciudadano gobierna en dos de los estados más fuertes electoral y empresarialmente de México: Nuevo León y Jalisco.
El autor es periodista mexicano especializado en asuntos internacionales.