Esta semana, mientras el mundo debate su futuro entre diversas crisis, China manda un mensaje de fortaleza al celebrar su vigésimo Congreso Nacional, con la firme promesa de adecuar el “marxismo al contexto chino y a las necesidades de los tiempos”. Un evento que se celebra cada cinco años frente a un robotizado grupo de 2 mil 300 delegados que aplauden al unísono al sustituto de Mao, Xi Jinping.
Para ello, el omnipresente Partido Comunista Chino (PCCh) busca delinear estrategias internas, dirigidas a su gente, como son su recuperación económica, el fin de la pandemia por Covid-19, continuar con la reducción de la pobreza e impulsar un desarrollo social desde un “socialismo moderno”. Detrás de todo esto, hay una confrontación ideológica hacia Occidente a gran escala.
Al exterior, el PCCh pretende posicionar a China como lo que es, el segundo país más poderoso del planeta, y que de una vez por todas se confirme el orden bipolar de forma indiscutible tras el liderazgo de Xi, quien ha construido una base política de aliados e incondicionales, tan fuerte como las de Mao en su momento.
Su figura encarna el perfil de un político moderno y astuto, que promete cambiar el futuro de China a partir de un Estado vanguardista, con temas que van desde la conquista espacial hasta el predominio en el desarrollo tecnológico, como los imprescindibles chips tan indispensables para millones de aparatos y vehículos que diariamente usamos los humanos.
China vive una competencia, palmo a palmo, con Estados Unidos, la otra potencia, en un mundo que busca restablecer y reconfigurar las cadenas de producción, así como el sendero de la recuperación económica, ante la amenaza de que se entrará, inevitablemente en 2023, en una recesión global.
La pandemia por Covid-19, así como la invasión rusa a Ucrania, han sido los dos últimos termómetros que van a permitir calibrar las estrategias de las megapotencias para posicionarse en la próxima era. Hace 30 años se terminaba la bipolaridad entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Ahora China suple a Rusia, que se encuentra en un desgaste por la invasión a Ucrania, y que le costará recuperarse por largo tiempo.
Xi Jinping es desde hace 10 años, el líder que se ha encargado de ir dibujando el rostro de la nueva China. Nació en 1953 y es hijo del revolucionario veterano, Xi Zhongxun, uno de los fundadores del Partido Comunista que alcanzó la vicepresidencia. No obstante, su padre formó parte de la élite política, que en su momento persiguió Mao, en respuesta a una supuesta rebelión dentro del partido.
Con su padre preso, Xi Jinping fue enviado a los 15 años de edad, a la pobre provincia de Liangjiahe, para ser “reeducado” y realizar arduos trabajos. A pesar de todo ello, se interesó en formar parte del Partido Comunista. Y aunque fue rechazado en varias ocasiones, fue en 1974 cuando finalmente fue aceptado.
Su carrera política cobró relevancia al ser el encargado de organizar los Juegos Olímpicos de Beijin en 2008, logrando que China recobrara presencia mundial. A partir del éxito, trascendió en el escalafón del partido, hasta que en 2012 fue elegido presidente de su país.
Comenzó a introducir nuevas costumbres que le trajeron buenos dividendos con la sociedad, como ser el primer mandatario en presentar públicamente a su esposa como una primera dama con relevancia mediática, pues además es una famosa cantante.
Ha trascendido también que tienen una hija que cursa estudios en la Universidad de Harvard. No obstante, aún falta mucho para que se logre el empoderamiento de la mujer, en una nación extremadamente cerrada a los círculos masculinos. Una de las tantas tareas pendientes del gigante asiático.
Xi acaricia con una mano el progreso, pero con la otra su poder militar. Alertado por las provocativas visitas de políticos estadounidenses de alto nivel a Taiwán, la guerra en Ucrania, ejercicios militares por sus vecinos en Asia, y un franco incremento de varios países por incrementar su presupuesto militar, China también ha aprovechado su congreso para responder y enviar un mensaje al mundo: “nunca renunciaremos al uso de la fuerza”. En su discurso principal, utilizó 73 veces la palabra “seguridad” al mismo tiempo que contextualizaba la consolidación de su fuerza militar.
Por supuesto que el futuro de China tiene grandes retos por resolver. La nula tolerancia a los opositores al sistema impuesto por el Partido Comunista, ha significado una sistemática violación a los derechos humanos.
A la espera de que el Congreso del Partido Comunista le otorgue un tercer mandato a Xi Jinping, permanencia que no sucedía desde el gobierno de Mao, las garantías a las libertades individuales, de expresión y manifestación, son asuntos pendientes a partir de un régimen controlador y horizontal, que no permite se profundice en el concepto de democracia.
El autor es periodista mexicano especializado en asuntos internacionales.