Trópicos

Afganistán, el fracaso de Occidente

Será interesante ver, en el plano internacional, cómo las potencias globales comienzan a moverse ante la realidad de este importante país, geopolíticamente hablando.

Por más que el presidente Joe Biden haya confirmado la inminente salida de las tropas estadounidenses de Afganistán, su decisión deja un sabor a fracaso, decepción e incertidumbre. Autocomplaciente justificó en su discurso del lunes pasado, que sus objetivos se enfocarán en tareas de contraterrorismo; y no en ejercicios contrainsurgentes, o en la arquitectura de construir nuevas naciones.

Todo falló, continúa el terrorismo, se consolidan los movimientos insurgentes armados y se profundiza la destrucción de una nación al quedar al amparo del nuevo Emirato Islámico. Quienes ya gobiernan Afganistán, es decir los talibanes, impondrán un gobierno autoritario basado en la ley islámica, la cual consiste, entre otras cosas, en prohibir que las mujeres estudien o trabajen.

Biden también justificó la retirada de sus tropas, argumentando que Estados Unidos no combatirá dentro de un país donde sus mismas fuerzas no luchan por ellos mismos. Concluyó que no lo harán, por quienes pagaron miles de millones de dólares en salarios, equipo, entrenamiento, y sin embargo, no dieron un solo resultado. Es tiempo de repartir culpas, veinte años después.

No obstante, este rompimiento y abandono traerá consecuencias inmediatas contrarias para la gente afgana. Y no porque fue mejor durante los 20 años que el Ejército estadounidense y sus aliados buscaron acabar a los talibanes, socios de terroristas y asesinos de miles de personas, sino que el sueño de construir una nación más o menos democrática se vino abajo.

Los talibanes son un grupo militar que se formó en 1994 por excombatientes de la resistencia afgana, o muyahidines, que lucharon contra la ocupación de la Unión Soviética entre 1979 y 1989. Desde entonces, han buscado imponer la retrógrada ley islámica y eliminar cualquier tipo de influencia extranjera, por ejemplo, la música, el cine o programas de televisión. Gobernaron de 1996 a 2001, después de cuatro años de una violenta guerra civil que dejó más de 100 mil muertos.

Pero tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y una alianza de facto entre talibanes y Al Qaeda, 130 mil tropas estadounidenses fueron desplegadas en Afganistán para sostener una lucha sin cuartel durante dos décadas. Estados Unidos ha gastado dos billones de dólares durante este tiempo sin resultados apremiantes, ni en lo político ni en lo militar, hasta el pasado 15 de agosto, fecha en que los talibanes alzan los brazos y triunfantes tomaron la capital y decretaron el fin de la guerra.

El escenario en estos momentos es desolador, ya que tras la retirada militar se queda una sociedad resquebrajada, sin empleo ni educación. Una economía sin alternativas ante la incertidumbre de cómo será el restablecimiento de las relaciones internacionales con Afganistán y un mercado negro de armas y droga sufragada por las más de 300 mil hectáreas que producen opio, una de las principales fuentes de financiamiento de los talibanes.

La población mayoritaria afgana es menor a los 24 años, los cuales carecen de formación académica. Desde 2018 la mitad de la población no tenía ningún tipo de empleo. No se diga las mujeres, que en 80 por ciento no estaban incorporadas a la fuerza laboral. Por ello, Afganistán se encuentra en el top cinco de países con mayor desempleo en el mundo, sólo detrás de Haití, Yemen, Botswana y los territorios palestinos, según la encuesta mundial de Gallup.

Será interesante ver, en el plano internacional, cómo las potencias globales comenzarán a moverse ante la realidad de este importante país, geopolíticamente hablando, al hallarse enclavado en el corazón de Medio Oriente. Ya se vieron los primeros indicios en el ajedrez global: mientras Estados Unidos retira a su personal diplomático de Kabul, Rusia y China esperan complacientes desde sus sedes, cómo se instaura el nuevo gobierno, que muy probablemente encabezará el mulá Abdul Ghani Baradar.

La pregunta que todos nos hacemos es si ha valido la pena que durante 20 años tropas estadounidenses y aliadas hayan entrado en Afganistán.

Muy poco o casi nada, salvo por el dinero que ha enriquecido a la industria armamentista. Si bien es cierto que se han eliminado a varios líderes terroristas desde entonces, entre ellos Osama Bin Laden, el statu quo de la sociedad y la política ha empeorado.

Se abre una nueva etapa en Afganistán y en Oriente Medio, a partir de un Occidente debilitado y sin fuerza moral para respaldar nuevas incursiones militares en países bajo regímenes autoritarios o dictaduras. Esto servirá, sobre todo, a China para reforzar su poder con alianzas en esa zona geográfica, y tejer desde su pragmatismo diplomático una reconquista del mundo musulmán.

El autor es periodista mexicano especializado en asuntos internacionales.

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