La primera vez fueron tan solo unos párrafos, un escrito de un abogado conocido en el que advertí la mano precisa de la Inteligencia Artificial (IA).
Hoy es muy distinto; hemos recibido al menos tres escritos en lo que va de este año en los que, claramente, la autoría no es humana.
En el caso más reciente, una persona física promovió un juicio de amparo en el que fuimos llamados como terceros.
Me llamó la atención que no tenía abogados defensores; el promovente era un adulto mayor y su demanda presentaba todas las características de un escrito elaborado por un modelo de lenguaje como ChatGPT, Claude o Gemini: párrafos simétricos, palabras resaltadas en negritas, uso constante de tres adjetivos continuos y la típica composición gramatical “no es esto, sino aquello”.
La evolución de las habilidades de la IA en el campo jurídico es notoria. Hace tres años parecía que esta tecnología no sería de gran utilidad; las alucinaciones eran constantes, inventaba fundamentos y su argumentación era demasiado simple.
Ahora la máquina corrobora sus fuentes, su análisis es más sofisticado y puede detectar errores mucho más rápido que cualquier humano.
No he podido dejar de pensar en los famosos ajedrecistas del siglo pasado. Durante mucho tiempo se especuló que el ajedrez era un juego tan complejo que una computadora jamás podría derrotar a grandes campeones como Garry Kasparov.
Ese mito quedó desmentido el 11 de mayo de 1997, cuando la supercomputadora Deep Blue venció al gran maestro. Desde entonces, la brecha se ha incrementado. Hoy, hasta los programas en un teléfono móvil son capaces de derrotar al campeón mundial de ajedrez.
¿Acaso nos sucederá lo mismo a los juristas? ¿Llegará nuestro momento “Deep Blue”, en el que los modelos de lenguaje serán superiores al mejor de los abogados? Las opiniones entre mis colegas están divididas.
Algunos (los optimistas) piensan que, de alguna forma, el razonamiento humano siempre tendrá una ventaja sobre la IA; por otro lado, los pesimistas (me incluyo) creemos que solo es cuestión de tiempo para que los modelos de lenguaje rebasen a cualquier inteligencia orgánica.
No todo está perdido; algunos otros factores nos mantendrán a flote, por ejemplo: siempre se necesitará a alguien que se haga responsable ante los juzgados y los clientes; a los abogados no solo nos pagan por lo que hacemos, sino por los riesgos que asumimos.
En el ámbito privado, la IA se está volviendo tan indispensable como el Internet. Los despachos están incorporando la IA a través de sistemas especializados en la práctica jurídica como: Legora, Vincent o Harvey.
Un ensayo de campo realizado por Chien y Kim (2025) con 91 paralegales que utilizaron herramientas como ChatGPT-4 demostró que el 90% percibió un incremento en su productividad.
Algo es seguro: la adopción de la IA entre los abogados facilita un gran número de tareas y reduce el costo de los servicios legales; esto facilita el acceso a la justicia a quienes tienen menos recursos.
El cuello de botella está en el sector público; el Poder Judicial no ha realizado inversiones decisivas para aprovechar la IA y ser más eficiente. Sobre eso escribiré a detalle en mi siguiente artículo.
POST SCRIPTUM
Vidal Llerenas llega a la dirección del IMPI con la agenda cargada. Un tema urgente es modernizar sus sistemas para incrementar la productividad.
La apuesta más certera está en la IA: herramientas capaces de revisar solicitudes y detectar inconsistencias en una fracción del tiempo que hoy requiere un examinador. ¿Veremos este paso en su administración?