Un ritual que nació en Nueva York. En septiembre de 2009, la organización Climate Group convocó una semana de encuentros sobre el clima, en paralelo a la Asamblea General de la ONU, con la intuición de que líderes de gobierno, empresas y sociedad civil necesitaban algo más que discursos, necesitaban mirarse, reconocerse y salir con acuerdos concretos. Aquella primera edición sembró un formato que hoy se repite cada septiembre y se ha replicado en otras latitudes.
Naciones Unidas adoptó desde 2017 las semanas regionales del clima para África, América Latina y el Caribe y Asia Pacífico. No son espacios de negociación sino plataformas de colaboración donde gobiernos y actores no estatales conversan sobre implementación, vulnerabilidades y soluciones desde la mirada de cada región.
México se sumó a esta tradición en octubre de 2025, con la primera edición de México por el Clima, respaldada por Climate Group y Naciones Unidas, gracias a un equipo que dedicó dos años a tejer diálogos con actores globales.
La pregunta es si estas semanas son vitrinas superficiales, desfiles de gafetes y fotos para redes sociales, o puntos de encuentro vitales para la acción climática. Tras recorrerlas en varios continentes, todas construyen la posibilidad de coincidir en un mismo lugar, de tener una silla en la mesa y de descubrir que quien financia, quien regula, quien investiga y quien siembra en el territorio comparten preocupaciones que rara vez caben en un correo.
Hay amplia evidencia de que la confianza, el compromiso y la colaboración se construyen cuando nos vemos a los ojos. Desde los estudios de Thomas Allen en el MIT, que mostraron que la comunicación entre colegas cae al aumentar la distancia entre sus escritorios, hasta un estudio de Nature de 2022 según el cual los equipos que idean por videollamada generan menos ideas creativas. La ciencia confirma lo que intuimos cuando una charla de pasillo termina en un proyecto conjunto.
Las semanas del clima son necesarias porque cruzan a quienes de otra forma nunca coincidirían, y porque la acción climática, que exige coordinar intereses distintos durante décadas, depende menos de los documentos que firmamos que de la confianza para volver a llamar a alguien meses después y seguir adelante.
No imagino mejor lugar para este evento que el Papalote Museo del Niño. Trabajamos por el clima para las generaciones que vienen, no sería justo consumir hoy lo que les pertenece mañana, sin sembrar los árboles que les darán sombra. Del 5 al 9 de octubre, México por el Clima reunió más de 150 paneles y cerca de 400 ponentes en el Papalote, Xochimilco y la Utopía Ceylan, además de Mexiquito por el Clima, pensado para que las infancias conviertan su amor por la naturaleza en acción.
El éxito de estos encuentros no podemos medirlo solo por el número de paneles y asistentes, sino por colaboración que logra concretarse, cuánto financiamiento se moviliza y qué compromisos se vuelven resultados. Estamos en deuda en proponer un mecanismo que nos permita conocer qué iniciativas avanzaron y cuáles se quedaron en buenas intenciones, y sobre eso medir parte del éxito.
El financiamiento atravesó buena parte de las conversaciones desde una verdad incómoda, sabemos lo que hay que hacer, pero el dinero no siempre llega a donde más se necesita, y muchas veces lo que falta no es dinero sino proyectos bien estructurados y con riesgos claramente identificados. En una mesa coincidieron la hacienda pública, la banca de desarrollo, la inversión de impacto y el emprendimiento, cada uno con su diagnóstico sobre por qué los recursos se atoran, mientras en otro espacio financiadores, donantes y organizaciones de territorio analizaron las barreras para que el capital llegue a las comunidades, la necesidad de transformar los incentivos para que sus voces pesen y la utilidad real de las taxonomías y los principios regenerativos al aterrizarse en un ejido, una cooperativa o una cuenca.
Esa convergencia entre capital y territorio es quizá nuestra conversación pendiente más urgente. Los mercados de carbono regulados y voluntarios pueden ser una forma de impulsar a comunidades forestales (grandes ejemplos en México) pero son apenas una herramienta entre muchas del financiamiento climático.
La semana desbordó el recinto, con espacios dedicados a naturaleza e innovación, empresas que abrieron sus puertas y una convocatoria de eventos paralelos en todo el país que el año pasado reunió 63 eventos y este año creció en número y alcance.
Me alegró que la conversación saliera de la capital, porque días antes, en Tijuana, un foro sobre la cuenca del río, coorganizado por México por el Clima en el marco de la Semana del Clima de San Diego, planteó una idea central para el norte, ir más allá de una sola fuente de agua. La desalinizadora de Rosarito, inversión histórica, solo tendrá sentido si se acompaña de reúso, reducción de fugas, tratamiento de aguas residuales y protección de la cuenca, aprendiendo de León y de los proyectos binacionales de resiliencia. Quienes hemos trabajado en esa región sabemos que el agua en Baja California no es un tema ambiental más, sino la condición de posibilidad de todo lo demás, y que resolverla exige lo que estas semanas hacen posible, sentar del mismo lado de la mesa a dos países, distintos niveles de gobierno, empresas, universidades y comunidades.
Creo que se logró un equilibrio entre sociedad civil, comunidades, gobierno y empresas, con responsabilidades diferenciadas y ganas reales de colaborar. La naturaleza, el agua y la biodiversidad ganaron relevancia como prioridades. Detrás de muchos paneles había personas que ya se conocían, y no quiero cerrar sin reconocer a la comunidad LATAM Climate Innovation, creada por Dalus Capital, que reúne a más de 900 personas de América Latina vinculadas a la innovación climática y de la que salieron muchos organizadores y ponentes de esta semana. Es un canal de vinculación entre quienes emprenden, invierten, investigan, regulan y acompañan, prueba de que estas semanas no empiezan ni terminan en un recinto, sino que se alimentan de redes que se tejen todo el año.
Salgo convencida (y rumbo a la semana del Clima en Bruselas) de que necesitamos más de estos encuentros y no menos, siempre que los usemos para pasar de la intención a la acción y para cuidar lo que tenemos prestado de quienes hoy corren por los pasillos del Papalote. Me despido con Gabriela Mistral y su Himno al árbol (1922), que nos recuerda que lo que se siembra con raíces firmes termina buscando el cielo.
Árbol hermano, que clavadopor garfios pardos en el suelo,la clara frente has elevadoen una intensa sed de cielo.
