Antes del Fin

La frontera financiera de Trump

El migrante más expuesto no sería necesariamente el invisible. Sería el trazable: el que declaró con ITIN, Número de Identificación Personal del Contribuyente, abrió una cuenta con matrícula consular.

Durante años, millones de migrantes aprendieron la misma lección: si trabajaban, debían pagar impuestos; si querían seguridad, debían abrir una cuenta; si enviaban dinero a sus familias, debían hacerlo por canales formales; si querían demostrar que no eran una amenaza, debían dejar rastro.

Rastro fiscal.

Rastro bancario.

Rastro laboral.

Rastro de obediencia.

El mensaje parecía claro: salir de las sombras era una virtud. Hoy esas mismas huellas empiezan a verse con otros ojos.

La nueva orden ejecutiva firmada por Donald Trump no ordena cerrar cuentas bancarias ni prohíbe expresamente que una persona migrante acceda al sistema financiero.

Hace algo más sofisticado: instruye al Departamento del Tesoro y a reguladores financieros a tratar ciertos vínculos entre migración, empleo, crédito, cuentas bancarias y transferencias como posibles factores de riesgo.

El punto más sensible está en el ITIN, Número de Identificación Personal del Contribuyente que emite el IRS, la autoridad fiscal de Estados Unidos.

Lo usan personas que deben declarar o pagar impuestos, pero no pueden obtener un número de Seguro Social. No otorga residencia, permiso de trabajo ni regulariza a nadie. Sirve para cumplir con el fisco.

Durante décadas fue una puerta mínima hacia la formalidad. Ahora, la orden abre la posibilidad de que su uso, combinado con falta de estatus migratorio o autorización laboral verificable, sea leído como señal de riesgo bancario.

También aparece otro documento clave para México: la matrícula consular, identificación que emiten los consulados mexicanos para acreditar identidad y nacionalidad de connacionales.

Para muchas personas ha sido la llave para abrir una cuenta, cobrar un cheque, rentar vivienda, enviar dinero o existir administrativamente en un país que necesita su trabajo, pero discute su presencia.

¡Ahí está la contradicción!

Estados Unidos les dijo durante años: paguen impuestos, usen bancos, no se escondan en el efectivo, formalicen sus remesas, construyan historial.

Y ahora empieza a mirar esas huellas como posibles señales de sospecha.

La comunidad mexicana en Estados Unidos supera los 38 millones de personas entre migrantes, hijos y nietos de migrantes.

Cerca de 11 millones nacieron en México. Comparten barrios, cuentas, créditos, negocios, remesas y familias, sin que la línea entre ciudadanos, residentes y personas sin autorización siempre coincida con la vida cotidiana.

Por eso, reducir el tema a una cifra sería un error. La población directamente expuesta puede ubicarse entre los 4 y 5 millones de mexicanos sin autorización migratoria.

Pero el impacto potencial toca una red más amplia: hogares mixtos, hijos ciudadanos, empleadores, bancos comunitarios, remesadoras y consulados.

Durante décadas, Estados Unidos necesitó las manos de esa comunidad para cosechar alimentos, construir viviendas, mover mercancías y sostener sectores enteros de servicios.

Al mismo tiempo, le pidió integrarse financieramente: pagar impuestos, usar bancos, abandonar el efectivo, dejar constancia.

La nueva orden no cuestiona únicamente una condición migratoria. Introduce sospecha sobre algunas de las herramientas que hicieron posible esa integración.

El migrante más expuesto no sería necesariamente el invisible. Sería el trazable: el que declaró con ITIN, abrió una cuenta con matrícula consular, recibió depósitos, pidió un crédito o envió dinero por canales formales.

Lo que está en juego es si Estados Unidos empieza a construir una nueva frontera: una frontera financiera.

Una que ya no se ubica solo en el desierto, el río o el muro, sino en la ventanilla bancaria, en el formulario de crédito, en el número fiscal y en la identificación consular.

La medida todavía necesita desarrollo regulatorio. La política migratoria estadounidense está entrando en otra etapa.

Ya no opera únicamente mediante deportación, detención o vigilancia fronteriza. También puede operar mediante el acceso al dinero.

Durante años, la promesa fue sencilla: quien trabajara, pagara impuestos y respetara las reglas encontraría un lugar dentro de la economía formal. La nueva frontera financiera no rompe esa promesa de manera abierta.

Hace algo más inquietante: obliga a preguntarse si las huellas dejadas para demostrar pertenencia pueden terminar convirtiéndose en evidencia de sospecha.

Y cuando una sociedad comienza a desconfiar de quienes siguieron sus propias reglas, el problema ya no es únicamente migratorio. Es una crisis de confianza.

Nadine Cortés

Nadine Cortés

Abogada especialista en gestión de políticas migratorias internacionales.

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