Gestión de Negocios

Regatear bien es difícil; hacerlo mal sale carísimo

Cualquiera puede regatear por necesidad, por diversión o por reflejo cultural. Pero lo primero es, sin mostrar interés, preguntar cuánto cuesta la cosa. Sin precio, cualquier reducción solicitada es inocencia.

Que si es algo cultural. Que es una habilidad muy útil. Que es de mal gusto hacerlo. Pocas cosas son tan neutras como cuando se habla del hábito de regatear.

En Marruecos, Turquía o Curazao, no hay establecimiento en el que no sea posible y necesario hacerlo. En Noruega, Japón o Canadá regatear puede ser interpretado con desconfianza y rayar en la mala educación. En México, dirían muchos, es una práctica culturalmente extendida.

En su definición más simple, regatear es debatir el precio de algo en venta. No importa si es un producto o servicio, quien regatea, no sólo asume que el precio de salida no es el óptimo, sino que tiene una predisposición a procurar una mejora o reducción de aquello que va a comprar.

A regatear se aprende en gerundio, pero aquí hay tres puntos para la reflexión de aquellos que lo quieren hacer mejor:

1) Regatear sin conocer el precio es una ingenuidad.- Hace unos días, lo testifiqué. Un prospecto interesado en un servicio determinado pidió una cotización. Todavía no sabía cuál era el precio de lo que aspiraba recibir y empezó a argumentar que él no era una empresa grande, que tuviésemos consideración.

Cualquiera puede regatear por necesidad, por diversión o por reflejo cultural. Pero lo primero es, sin mostrar interés, preguntar cuánto cuesta la cosa. Sin precio, cualquier reducción solicitada es inocencia.

2) Solicitar una reducción de precio no es sinónimo de regatear.- La vida te enseña rápido que no es fácil comprar un Porsche con el presupuesto de un VW. Aunque aspires a ser el mejor regateador del planeta, si no te alcanza, no te alcanza.

Lo cierto es que hay infinidad de razones por las que un precio aparentemente fijo, podría admitir una baja: una última pieza, el fin de una temporada, cierta eficiencia operativa o una forma determinada de pago. Solicitar un descuento puede ser el inicio del regateo o una simple pregunta.

3) Regatear consume tiempo.- Recuerdo la compra de un tapete en Estambul. Fue una maestría en regateo. Un doctorado en control emocional. Y, anote bien, una inversión de poco más de cinco horas. A la fecha lo veo y no recuerdo el precio, sino el tiempo.

Alzamos la voz. Se ofendió el vendedor. Me salí de la tienda dos veces. Tomé tres tés que tenían tanta azúcar como ganas de venderme. Y sí. Se juntaron dos culturas entrenadas para ese momento, en una etapa donde ambas partes teníamos tanto tiempo como disposición.

Regatear no es negociar. En una negociación puede haber regateo, pero no en todo regateo hay negociación. Lo último implica la construcción de un acuerdo que permita alinear intereses en una transacción que resulte razonablemente conveniente para ambas partes. Y eso conlleva muchos términos, no solo el precio.

El regateo busca la reducción del precio como objetivo en sí mismo. Implica contraproponer un número menor, sin necesariamente dar argumentos que lo sostengan. Y, sobre todo, exige tener la posibilidad de abandonar la escena si te dicen que no, te lo digan bonito, feo o regular.

Quien regatea no se ofende si le dicen que no. El mal regateador se muere de pena por pedir un precio menor o por observar una reacción de desencanto. El avezado puede administrar el disgusto temporal. El regateador inocente se engancha u ofende con la primera reacción contraofensiva.

Hay muchas formas de aprender a regatear y momentos oportunos para hacerlo. Lo que es un hecho, jóvenes ilustres, es que ni en Fez, ni en Kusadasi se aprende a regatear en Instagram. Bien decía mi abuela la refranera: para ser un regateador profesional, se sale a la calle a aprender regateando.

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