Gestión de Negocios

El arte de afilar el pensamiento

Un acontecimiento por reaccionar o un problema a resolver no está en función de tus emociones sino de la realidad en la que se materializa y de aquello que está en juego.

Dicen con recurrencia los que saben que toda tiene dos momentos. Uno primero en la mente de quien la produce y un segundo cuando esta es compartida a uno o más terceros. Las más no llegan a su segundo momento. Fenecen en el instante de una descalificación u olvido.

Lo que no se dice con frecuencia es que las personas no podemos controlar nuestros primeros pensamientos, pero sí podemos controlar los segundos. Sea una idea, duda o inquietud emerge en la mente detonada por el estímulo más insospechado. La reflexión extendida o complementaria que podamos hacer de ella es algo absolutamente controlable.

En su definición más simple, pensar es formar o combinar ideas o juicios en la mente. Nutrido con más o menos información, vaga o de alta calidad, el pensar crece cuando podemos examinar algo con atención intencionada para formarnos un juicio y, en su caso, un curso de acción o una respuesta necesaria.

¿Cómo afilar cualquier proceso de pensamiento para la toma de decisiones empresariales? Aquí 3 conceptos para la reflexión:

1) Los eventos son neutros, la interpretación no.- Lo que pasa, pasa. Lo que se hizo, ocurrió. Lo que se omitió, no se materializó. Que eso sea benéfico y plausible o terrible y costoso está en función de la posición relativa de tus intereses y del contexto en el que estás. Los hechos son eso, hechos.

Cualquier acontecimiento requiere ser leído, interpretado y evaluado por sus causas, efectos, beneficios o afectaciones. Cuando algo ocurre, la forma en que tú lo lees y lo piensas es el primer paso del nuevo acomodo posible.

2) Los sentimientos no son hechos.- Hay quien cree que un hecho está en función de la emoción que le produce. Si le gusta, lo aplaude. Si le incomoda, lo rechaza. Si le pone nervioso, lo evade. Si lo refuerza, lo procura.

Un acontecimiento por reaccionar o un problema a resolver no está en función de tus emociones sino de la realidad en la que se materializa y de aquello que está en juego. Es imposible aislar la caja torácica del cuerpo, pero sí es posible enfriar el cerebro antes de concluir un razonamiento o de tomar una decisión relevante.

3) Los extremos sesgan la reflexión.- La tentación al todo o nada siempre está ahí. En la mente y en el lenguaje. Pretender ganar todo o temer perder todo son dos ejemplos de como se puede contaminar un cálculo. Los extremos invaden y distorsionan el análisis.

Se puede aspirar a mucho, pero no se puede ganar todo. Se puede querer evitar problemas complejos, pero no se debe caer en la ingenuidad de pretender su inexistencia.

Descubrirse pensando extremos nutre la reflexión neutral, balanceada y constructiva. A más de un ejecutivo lo he escuchado decir que le gustaría leer la mente de los demás. Tener acceso a los pensamientos y emociones de sus cercanos, de sus clientes o de sus competidores. Y no negaré compartir esa curiosidad teórica que ha derivado en más de una comedia en el mundo de Hollywood.

Lo más difícil, sin embargo, es leer tu propia mente. Decodificar cómo piensas lo que examinas.

Discernir la velocidad de tu confort analítico y, en su mejor expresión posible, poder reconfigurar tus capacidades para pensar por diseño, en un balance óptimo de tu inevitable emocionalidad y la muy necesaria serenidad reflexiva.

Las emociones son consustanciales a la humanidad. Los pensamientos son intrínsecos a la racionalidad del individuo. Y así como las palabras se pueden elegir y los actos se pueden ponderar, los grandes aprenden a pensar muy bien para decidir mejor.

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