Abundan en el mundo. Generados de forma automática, acumulados por múltiples sistemas o ingresados de forma manual en momentos de lo más variado, nuestras organizaciones flotan en datos de toda índole.
Que esos datos sean agrupados consistentemente, clasificados de una forma inteligente, agregados de manera periódica y convertidos en información que tenga una cierta intención y relevancia para tu corporación es otra historia.
Los datos representan un fragmento de una cantidad, medida, o eventos y, en su esencia, deben ser recolectados disciplinadamente, estructurados con cierta lógica --normalmente apoyada en una hipótesis, una lectura de la realidad o en algún tipo de interés específico-- y se deben digerir dentro de cierta vigencia para que no pierdan su valor ilustrativo o de referencia.
¿Cómo desarrollar músculo intelectual para nutrir nuestro criterio directivo a la hora de trabajar con datos? Aquí tres puntos para la reflexión:
1) Los datos no se consumen en abstracto, se procesan en contextos.- “¿Qué me dice hoy ese número?”, solía preguntarse un exfeje mío en ADL hace muchos años. En su estilo de verbalizar pensamientos en voz alta, recurría a la frase cada vez que alguien llegaba con una nueva gráfica o un comparativo actualizado con nuevos datos.
Con el tiempo distinguí los tres elementos de la interrogante. ¿Qué me dice? alude al contexto operacional de la empresa en cuestión. Hoy, se refería al contexto geopolítico que imperaba o el ánimo del mercado, por ejemplo. Y ‘ese dato’ aludía a la fuente, a la forma de presentarlo, al método de comparación o más.
2) La información tiene que ser consistente, congruente y funcional.- Ni en la era de las tarjetas perforadas, ni en la era de la inteligencia artificial, las organizaciones producen información como un fin en sí mismo. O es insumo para alguien que está evaluando algo muy particular o es instrumental para quien busca tomar o ajustar decisiones productivas.
Y ese propósito se mantiene en una línea con la perpetua búsqueda de la competitividad y diferenciación intencionada. La consistencia informativa sustenta las desviaciones o los avances. La congruencia la mantiene a raya con los fundamentales del negocio y la funcionalidad le garantiza un uso recurrente.
3) El valor nunca está en el dato sino en lo que hacemos con él.- Subrayémoslo. Un dato rara vez es valioso en sí mismo. La información mejor procesada no dice lo mismo a todos.
Es el uso razonado y oportuno de eso que nos dicen los datos bien estructurados y mejor consumidos lo que produce valor en nuestra gestión.
Hoy muchos jugadores de mercado pueden acceder a la misma información y eso no quiere decir que vayan a usarla igual, a reaccionar de la misma forma o a lograr producir resultados con ella, aún en contextos similares o equivalentes.
Hace algunas décadas se repetía con intensidad que la era de la información liberaría un poder extraordinario en las manos de quien tuviese acceso a un dispositivo. Nos dicen hoy que quien tenga I.A. en su teléfono podrá resolver todo, todo el tiempo, en todo contexto.
Y sí. Muchas cosas se sustituyen y cambian cuando se accede a mejores fuentes, mayores datos e información de alta calidad y alienada con nuestro quehacer productivo. La contraparte negativa de ese poder es la pereza intelectual. El dejar de cuestionar la funcionalidad de cada pieza de información y la productividad de cada decisión que debemos tomar con ella.
Pensar el negocio es bueno. Complementarlo con mejor información es mejor. Pensarlo apoyado en datos relevantes que bien entendamos es un poder diferenciado que no todos tienen. Porque vivimos en la abundancia de datos y el déficit perpetuo de su buen entendimiento.