Fue en el muy conocido programa de TV en Estados Unidos que la dijo Jeff Bezos. El conductor Charlie Rose le preguntaba sobre los pequeños editores de libros que dejaban de ser competitivos frente a su plataforma de comercio electrónico que, no olvidemos, en sus inicios sólo vendía libros.
La frase, sin embargo, debería ser el mantra de los directivos y ejecutivos de los negocios. Para los momentos donde tenemos el viento en contra. Esos donde no se terminan de alinear las cosas como quisiéramos. Quejarse puede ser liberador, pero difícilmente la solución.
En su definición más simple, una queja es la expresión de dolor, pena o cierto sentimiento negativo. En las organizaciones, es la verbalización de insatisfacción, de descontrol o de decepción por el hecho de que ciertas cosas no resultaron en la forma en la que hubiésemos querido o esperado.
¿Cómo contenernos frente a la queja cuando esta emerge en nuestro fuero interno? Aquí tres puntos para la reflexión directiva:
1) Si le reduces a los juicios de valor, es probable que te quejes menos.- Uno puede ser muy exigente con los objetivos buscados y tesonero en los resultados intencionados, pero no debe autoproclamarse en el juez o evaluador del desempeño de todos para todo.
Muchos de los profesionales de la queja lo hacen de cosas que están completa y absolutamente fuera de su esfera de control, responsabilidad o entendimiento. Las quejas se reducen cuando se asimila que no todo gira en torno a tus creencias, preferencias o intereses directos.
2) Acepta la parte de responsabilidad que te toca y recalcula.- Quejarte de aquello en lo que de una u otra forma estás involucrado raya en la desvergüenza. Si somos parte del tema que incomoda o disgusta, toca reconocer lo que a nosotros nos corresponde en el asunto.
Muchos quejosos intensivos se enajenan de los procesos, geografías o formas de ser que explican el problema. Y suele ser más eficiente un replanteamiento de cualquier asunto cuando, al exponer desconcierto o insatisfacción, se demuestra que se entiende que se es parte —en la proporción que corresponda—del asunto que se pretende resolver.
3) Cuando te descubras quejándote cuestiónate si eso contribuye al objetivo buscado.- No siempre es buena idea quejarse. Menos por las cosas que tienen poca importancia relativa o que, aún teniendo razones de sobra, pueden minar una relación clave o generar un problema mayor inexistente.
No vale la pena ‘armarla de jamón’ por cosas menores o que no suman al macro- objetivo que te tiene ahí. Por ego, ignorancia o simple desatino, muchos elevan la voz por el punto que importa poco y afectan el conjunto de las cosas que es lo que realmente vale.
Quejarse por las buenas razones y de forma asertiva puede ser opción en algunos momentos específicos del actuar profesional. Las más de las veces no resuelve o lo hace poco y, por ello, conviene aprender a hacerlo con tacto, tino y tono correcto. El quejoso táctico debe mantener otras opciones abiertas.
No es casual que el exentrenador de futbol americano colegial y posterior comentarista deportivo Lou Holtz recomiende continuamente nunca decirle tus problemas a nadie (a casi nadie precisaría yo). Y es que, suele explicar, “al 20 por ciento no le importan y al otro 80 por ciento le da gusto que los tengas”.
Que el mundo no es como quisieras, aprende a navegarlo. Que tu mercado no funciona como te gustaría, ajusta tu manera de interactuar con él. Que tus colegas no hacen determinada cosa, ajusta los incentivos. Pero no te quejes. Actúa, recalibra y resuelve. Bien le dijo Bezos a Rose: ‘quejarse no es una estrategia’.