Me dirán que las empresas gozan de una natural tendencia a la colaboración. Me recordarán que la evolución permanente de expectativas estimula la suma de esfuerzos de personas y áreas de lo más diversa. Y tendrán justificada razón.
En lo que hay razón también es en que las organizaciones viven en la perpetua inducción de contradicciones, dilemas y expresión de intereses tan diversos como cambiantes. El cambio necesario estimula la tensión proactiva y, en su peor expresión, la resistencia destructiva. El empresario, por lo tanto, debe ser un constructor permanente de armonía operativa.
En su definición más simple, la armonía es la proporción y correspondencia de unas cosas con otras en el conjunto que componen. Se nutre de la variedad y la diferencia, pero se potencia con la combinación, el enlace y el equilibrio.
Asumiendo que es más fácil aspirarla que tenerla, ¿en qué elementos debe mantener el enfoque el líder de una organización para construir armonía sin ignorar las fricciones? Aquí tres reflexiones para el análisis:
1) Es el equilibrio de las proporciones, no la combinación de los elementos.- El empresario es el organizador de los factores de la producción: de la estrategia, la estructura y las tareas críticas. Pero la pura combinación inteligente no es condición suficiente para tener un ritmo operativo óptimo.
Se requiere un sano equilibrio de los elementos del sistema. La carga de trabajo, el peso de la responsabilidad, la dinámica de las inversiones necesarias y los ciclos de producción de resultados son elementos críticos a ponderar en ambientes de armonía productiva.
2) Las relaciones de paz son una construcción contributiva perpetua.- Tenemos nuestro carácter y la expectativa de que se nos respete y valore. Lo que no todos tenemos es conciencia plena de cómo nuestras formas, omisiones o acciones pueden deteriorar un espacio de trabajo o una dinámica de interacción.
Los ambientes armónicos no son de quienes los anhelan, sino de quienes los intencionan y los trabajan. El conflicto es inherente al ser humano, pero la capacidad de procesarlo es una virtud que debemos procurar que abunde.
3) En el fondo, todos tenemos intereses para alinear.- Y es que si bien las empresas están diseñadas para resolver mucho hacia el exterior, no siempre ponderan bien lo nutrido de asuntos que deben resolver hacia el interior: aspiraciones legítimas, desarrollo profesional, confort financiero mínimo y sensación de logro y colaboración.
La decodificación y procesamiento de intereses personales, de área y de conjunto son una habilidad que debe perfeccionar quien tiene la misión de atraer, retener y mantener en ciclos productivos renovados a todos los que agregan valor en la organización.
A pesar de la intencionalidad y la razonable buena fe que pueda existir entre las múltiples partes, la armonía en una organización puede perderse en instantes. Un buen roce competitivo o egocentrista, una lucha de poder, un celo no revelado o una ofensa involuntaria pueden ser los detonantes de conflictos pasivos o problemas explícitos e incómodos.
Sin inocencia ni ignorancia de los intereses o emociones que puedan estar siendo expresadas, quien busca construir armonía puede y debe intervenir tan oportuna como asertivamente se pueda para que el asunto se hable, la relevancia del suceso disminuya y se pacten mínimos de actuación y convivencia que mantengan la funcionalidad del sistema en su conjunto.
La armonía no es un club de amistad y ausencia de desgaste. Es el efecto de la conducción de un grupo humano que entiende que donde no hay fricción, no hay movimiento, pero entiende también que donde no hay disposición explícita al encuentro productivo, no hay organización funcional, fructífera y razonablemente armónica.