Secretario de Gobierno de la CDMX
Dentro del abanico de reformas que hacen falta en México para completar las transformaciones democráticas e igualitarias de la etapa actual se encuentra la reforma del órgano electoral.
Hoy en día se mantiene el modelo establecido en el sexenio de Carlos Salinas: un órgano electoral oneroso y comprometido con el bloque político-económico promotor de las privatizaciones de las empresas públicas y de la oligarquización de la sociedad mexicana.
El viejo esquema de la Comisión Federal Electoral encabezada por la Secretaría de Gobernación correspondía al modelo de partido de Estado, destinado a mantener el monopolio del poder político en manos de un grupo que operaba electoralmente bajo las siglas del Partido Revolucionario Institucional.
Dicho esquema fue sustituido en los años 90 por el Instituto Federal Electoral, IFE, ahora llamado Instituto Nacional Electoral.
El IFE-INE ya no corresponde al modelo de partido de Estado, de partido único en el gobierno. El IFE-INE nace en el marco del pacto bipartidista entre el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional. Es el órgano electoral que surge para reconocer las victorias del PAN, además de las del PRI. Es el garante de la incipiente e inducida alternancia entre el PRI y el PAN.
El IFE-INE surge cuando la fuerza política del PRI es insuficiente para dar continuidad a las reformas neoliberales y se hace necesario ampliar la coalición hacia la derecha para garantizar las siguientes etapas de los cambios neoliberales.
Esto explica por qué el IFE-INE es resultado del acuerdo entre el PRI y el PAN. Esto explica también la forma violenta en que la izquierda es excluida del acuerdo fundacional de este órgano electoral.
El IFE-INE nace para asegurar la alternancia entre el PRI y el PAN, para garantizar que el PRI entregue el gobierno al PAN; primero el gobierno local y luego el gobierno federal. Pero este órgano electoral no está hecho para tutelar el derecho de toda fuerza política a la victoria, a ser gobierno, y menos aún para garantizar el respeto al posible cambio de modelo económico y social desde el gobierno hipotéticamente emprendido por alguna fuerza política triunfadora ajena a la dupla PRI-PAN.
Al contrario, el IFE-INE tiene asimismo la misión de evitar la victoria política de una fuerza política ajena al binomio PRI-PAN, tiene la misión de dar a luz y continuidad al nuevo régimen bipartidista, tiene la misión de evitar que llegue al gobierno una fuerza popular, una alternativa de izquierda.
El compromiso orgánico del IFE de José Woldenberg no era con el PRI-gobierno de Ernesto Zedillo, sino con el régimen PRI-PAN. El compromiso del IFE de Luis Carlos Ugalde no era con el PAN-gobierno de Vicente Fox, sino con el dúo PRI-PAN. El compromiso del IFE de Leonardo Valdés no era con el PAN-gobierno de Felipe Calderón, sino con el binomio PRI-PAN. El compromiso del INE de Lorenzo Córdova no era con el PRI-gobierno de Enrique Peña Nieto, sino con el pacto privatizador entre el PRI y el PAN.
Si los dirigentes de la vieja Comisión Federal Electoral eran militantes del PRI, quienes encabezan al actual Instituto Nacional Electoral son militantes del PRIAN.
Eso explica la beligerancia, la pasión y hasta a veces la virulencia de los dirigentes del INE, Lorenzo Córdova y Ciro Murayama. Son militantes, no son funcionarios institucionales. Son partidarios de un proyecto, no son personajes imparciales.
Lo han dicho ellos mismos una y otra vez. Su causa es la lucha contra lo que llaman populismo, su objetivo es la restauración del régimen de las privatizaciones, su misión es defender a costa de lo que sea, la concepción y la práctica de una sociedad que forje élites económicas, oligarquías separadas de la sociedad.
Para ellos, la victoria de la izquierda en el 2018 es sólo una distorsión del modelo de los 90, ahora ya viejo también.
A México le falta un órgano electoral imparcial, que no milite a favor de ninguna fuerza política y, sobre todo, que no milite a favor de ningún proyecto económico privatizador de las élites.