Política para A’Mar

La retórica de los socios

Un Mundial con 78 partidos de un lado de la frontera y un T-MEC en revisión anual demuestran que ‘trilateral’ rara vez significa lo mismo para los tres que lo pronuncian.

El vocabulario de este verano insiste en una horizontalidad que los hechos terminan por desmentir. Palabras como “coanfitriones”, “socios” y “trilateral”, cargan una elasticidad que les permite nombrar cualquier relación y, en ese uso genérico, fabrican una percepción de igualdad entre Estados Unidos, México y Canadá, muy alejada de la realidad.

Hay dos ejemplos claros: La FIFA llama a los tres países coanfitriones, mientras que el T-MEC se refiere a ellos como socios y, en ambos casos, los datos desmienten el relato. El calendario del Mundial es lo más evidente: de los 104 partidos del torneo, 78 se disputan en Estados Unidos, 13 en México y 13 en Canadá. Se habla de sede compartida, pero la programación oficial revela un reparto desequilibrado.

El T-MEC presenta el mismo ejercicio de disonancia. Apenas la semana pasada, Donald Trump intentó aumentar la presión antes del 1 de julio, fecha límite para el tratado, con el argumento de que Estados Unidos estaría mejor sin él. Aunque conservan la etiqueta de “socios”, la administración decidió no renovar el acuerdo por 16 años más y optó, en cambio, por un esquema de revisiones anuales y negociaciones continuas.

Noam Chomsky en “Necessary Illusions” (1989) explica cómo el término “trilateral” funciona de la misma manera, donde el poder usa este tipo de términos para nombrar sus propios acuerdos, cuando quiere que suenen a diálogo entre pares. Da como ejemplo el informe ‘La crisis de la democracia,’ elaborado en 1975 por el grupo de trabajo de la Comisión Trilateral sobre la gobernabilidad de las democracias, un organismo fundado por elites de Estados Unidos, Europa y Japón dos años antes de la publicación de dicho informe.

El diagnóstico del estudio indica que hay demasiada democracia y que la solución es devolver al público su apatía tradicional. Noam Chomsky señaló que ese consenso “trilateral” no representaba a las tres regiones dialogando como iguales, sino a un grupo de elites decidiendo, entre ellas, cuánta participación le convenía tolerar al resto.

Desde luego que la Comisión Trilateral de los setenta no tiene relación institucional con el T-MEC de hoy, es una coincidencia de nombre, pero el patrón que describe Chomsky sobrevive hasta nuestros días, mediante el cual el lenguaje político y mediático funciona como mecanismo de “control de pensamiento” en sociedades formalmente democráticas.

Los tres términos destacados terminan describiendo una arquitectura, no una jerarquía. Sobreviven así porque, como explicaría Chomsky, conviene a las elites sostenerla. En los dos ejemplos de este verano, Estados Unidos resulta beneficiado porque disfraza de consenso lo que es capacidad de veto, mientras que a México y Canadá les resulta más costoso admitir una posición estructuralmente menor que sostener el eufemismo. Con este lenguaje, como indica Chomsky en Manufacturing Consent (1988), el sistema reproduce un sesgo sistemático en favor del poder establecido.

La ambigüedad de los términos funciona como instrumento de negociación en favor del más fuerte. Respecto al T-MEC, Bloomberg Economics estima que las negociaciones permanentes fortalecen la capacidad de Trump para utilizar la amenaza de elevar aranceles como mecanismo de presión, en tanto que la incertidumbre termina por ser parte esencial del proceso.

El patrón “trilateral” como fachada de consenso, en realidad gestiona un rango de poder – el mismo que reparte 78 partidos a un lado de la frontera y 13 a cada uno de los otros dos –. Chomsky advierte que las sociedades industriales avanzadas seguirán teniendo el objetivo de despojar a las estructuras democráticas de contenido sustantivo mientras se les deja formalmente intactas. Tanto con el T-MEC como con el Mundial, la forma sobrevive, mientras que el contenido se vacía.

El vocabulario seguirá llamando coanfitriones a quienes reciben 13 partidos de 104, y socios a quienes negocian bajo amenaza de arancel. Dos maneras distintas de medir cuánto vale, en la práctica, usar un término ambiguo.

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