Retrato Hablado

“Se aprende más del fracaso que del éxito”

Desde noviembre de 2021 es director general de la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automotores (AMDA), el organismo que representa a las agencias que venden vehículos en el país.

En la cajuela de su coche, Fernando Lascurain Farell lleva botiquines. Si en la calle o en la carretera se topa con un choque, se detiene. Sabe qué hacer: se baja a abanderar, atiende al herido, espera a que llegue la ambulancia y lo entrega. De lunes a viernes su mundo es otro, el de los autos. Desde noviembre de 2021 es director general de la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automotores (AMDA), el organismo que representa a las agencias que venden vehículos en el país.

Dos cosas le marcaron la vida. La primera fue un fracaso. Desde joven había atesorado un sueño: ser abogado de la Escuela Libre de Derecho. Tenía con qué soñarlo. Por el lado paterno, desciende de Pedro Lascurain, quien ocupó la Presidencia de la República por minutos, en febrero de 1913, entre Madero y Huerta, y ganó el amparo para que la Escuela Libre de Derecho fuera, de hecho, libre; por el materno es sobrino nieto de Arsenio Farell, a quien llama “el fiscal de hierro de a de veras”. “Tengo un altísimo pedigrí jurídico por ambos lados”, dice.

El camino de Fernando Lascurain no fue recto. De niño quiso ser piloto, como su abuelo materno. En la escuela era, en sus palabras, “muy, muy problemático”: rebelde, sin paciencia para la autoridad ni hábitos de estudio. Pasó por varias escuelas. Le gustaba leer, le interesaban los problemas y las noticias, pero no estudiar. En sexto de prepa no tenía el promedio para entrar a la carrera; con ayuda, ingresó a la Libre.

“No alcancé los estándares. Yo no estaba listo para la exigencia y el compromiso que ameritaba la Libre, porque yo había perdido el yo”, recuerda. Cuando se dio cuenta ya era tarde, y salió por decisión propia. Tuvo que empezar la carrera de cero en otra universidad: no la que quería, sino la que podía pagar. El golpe le trajo conflictos familiares y personales, y varios años de terapia. Pero nunca pensó en estudiar otra cosa. “Nunca me pasó por la cabeza”.

Hoy lee aquella etapa de otra manera. Con los años se reencontró con algunas de las personas que, dice, fueron “los verdugos” de esa época. “Profesionalmente, estoy al tú por tú con ellos. De verdad se aprende mucho más del fracaso que del éxito”.

En la Universidad Pontificia de México no hizo amigos; le decían “el hermético”. Pedía exámenes orales, como había aprendido en la Libre, y sus compañeros lo detestaban porque los profesores terminaban aplicándolos a todos. Trabajaba como pasante desde el segundo año y cuando terminó la carrera, su directora de tesis, la doctora Leoba Castañeda, lo invitó a ser su adjunto, primero en la Pontificia y después en la UNAM. Luego hizo la maestría en Derecho Civil en La Salle.

Como pasante trabajó en el despacho Farell y Sainz Abogados durante uno de los momentos más difíciles del sistema financiero mexicano, la crisis de 1995, cuando la firma fue designada interventora gerente de Banca Unión, entre otras instituciones. Después, un amigo lo invitó a la Federación Mexicana de Remo, donde fue gerente y secretario general. El remo era, y sigue siendo, su pasión: “Me dio la disciplina, la perseverancia”.

Luego llegó la AMDA. Entró como director de Atención a Distribuidores de Vehículos Pesados y fue subiendo: subdirector general, director general adjunto y, desde el 30 de noviembre de 2021, director general, cuando el Consejo Directivo reestructuró la organización y nombró a Guillermo Rosales Zárate presidente ejecutivo. Este año serán 23.

En paralelo, la llamada Ley Antilavado, de 2012, le abrió el campo que hoy ocupa buena parte de su vida profesional. Cursó la especialidad en el Instituto Nacional de Ciencias Penales (Inacipe), entonces dirigido por Rafael Estrada; fue el primero de su generación en titularse, con mención honorífica. Ahí conoció a la doctora Angélica Ortiz Dorantes, especialista en prevención de lavado de dinero. En 2021 se doctoró en Derecho por la Universidad Panamericana con una tesis, dirigida por Ortiz, sobre la comercialización de automotores nuevos a la luz de la ley antilavado. Es autor de Prevención de lavado de dinero en el sector automotriz y coordinador de Nociones jurídicas de la distribución automotriz en México.

El segundo momento que lo marcó ocurrió remando. Escuchó un golpe, volteó, y su entrenador ya no estaba. Se bajó del bote y lo encontró inconsciente. No sabía a quién pedir ayuda ni qué hacer. Después supo que había sido un infarto, seguido de un traumatismo craneoencefálico. El entrenador murió. “Y me prometí a mí mismo que esto no volvería a pasar”.

Buscó un curso de primeros auxilios y terminó en una escuela de paramédicos voluntarios con instrucción militar. Fueron los fines de semana durante dos años: el primero dedicado al trauma, el segundo a la parte clínica, y cada seis meses un campamento de evaluación de 72 horas sin dormir, con frío, castigos físicos, y simulacros de partos, quemados y desastres masivos. La idea era llevar a cada cadete al límite. “Si dices ‘no puedo’, queda claro que no tienes el carácter y el temple para ayudar a alguien más”, explica.

Para graduarse tuvo que cumplir 60 servicios a bordo de una ambulancia. Con su tripulación vio a un primer muerto, un primer baleado, al paciente que no pudo salvar. “Se vuelven tus hermanos del alma”. Los lunes llegaba a la oficina agotado. Hubo noches de guardia de las que llegaba a su casa, se cambiaba la ropa y se iba a la oficina.

Los pacientes que trasladaba iban a los hospitales de la Secretaría de Salud. Lascurain cree que el sistema de salud deshumaniza: en urgencias, cuenta, a veces les respondían que no había camas o que era su responsabilidad si el paciente moría.

Los paramédicos también le dieron la cátedra. El papá de una de sus compañeras, Héctor Salazar, era director de la Facultad de Derecho de la UP. Lo invitó a ser su adjunto y, al año siguiente, Lascurain se quedó con la clase. De eso hace casi 15 años. “Soy profesor gracias a los paramédicos”.

Ya no participa activamente en el grupo, que hoy se llama Suuma Voluntarios, porque el tiempo no alcanza, pero sigue actualizándose. Lo único que pide, sostiene, es que, si algún día algo le pasa a uno de sus seres queridos, alguien se detenga, como él.

COLUMNAS ANTERIORES

Fascinación por entender el comportamiento humano
El valor de la música reside en su capacidad de emocionar

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.