Retrato Hablado

Derechos de las mujeres, una labor de por vida

Leticia Bonifaz nunca ha visto el derecho ‘como un instrumento de choque, sino de cauce y de solución de conflictos’.

Cuando quedó libre la vacante del defenestrado ministro Eduardo Medina Mora en la Suprema Corte de Justicia, resonó el nombre de Leticia Bonifaz para la terna de la cual surgiría su sucesor. “Pero quedó el candidato del pueblo bueno”, ataja ella, antes de que le alcance a preguntar:

-¿Te hubiera gustado ser ministra?

-Tal vez hace cinco o 10 años. Ahora me veo mucho más libre. En la mañana fui a recorrer un humedal, con botas de hule, para fotografiar a una garza. No me puedo imaginar llegar casi a los 80 de edad encerrada en la Corte. Quince años son muchos. Además, creo honestamente que hay mujeres muy valiosas dentro del Poder Judicial, que han hecho una carrera extraordinaria como juezas, como magistradas. Ese lugar es para ellas. Por último, siempre supe que yo no tenía ninguna oportunidad, pero es muy halagador que haya sonado mi nombre.

Bonifaz, nacida en Comitán –ese ‘hoyo negro’ del que su madre aseguró que saldría, lo mismo que el resto de sus hijos–, extraña los paseos por el campo y los días luminosos de nado en la laguna de Montebello. “El agua era mi elemento”, dice. Su padre, junto a su hermano y hermanas, los hacía subir el cerro, cada uno por su cuenta, sin ayuda de los demás. Las mujeres debían valerse por sí mismas, faltaba más.

Le atraía el estudio en general: historia, geografía, lengua nacional, pero a la hora de decidir, le costó un poco convencerse. La biología le atraía tanto como el derecho.

En el qué influyó el hecho de que su abuelo fue presidente municipal de Comitán a principio de los 60 y su padre del 76 al 79. En la sala de su propia casa, Bonifaz fue testigo de la resolución de una variedad de conflictos, y ahí tomó dictado y mecanografió muchos discursos de su padre, don Roberto Bonifaz. El dónde fue muy fácil: “Mi mamá, desde que estábamos muy chicas, dijo que sus hijas iban a ir a la UNAM, como Chayito Castellanos. Esa decisión ni se pensó”.

“Nunca he visto el derecho como un instrumento de choque, sino de cauce y de solución de conflictos”, sentencia.

Bonifaz trabajó cinco años en el equipo jurídico de Miguel de la Madrid y cinco más en el de Carlos Salinas de Gortari. “No fueron todos buenos, pero los primeros me formaron. Ahí noté la gran diferencia entre un consejero jurídico que le puede decir que no al presidente y otro que permite que el derecho se convierta en un instrumento, que hace sastrería jurídica”.

Su jefe inmediato, Carlos Sempé, iba a ser nombrado ministro de la Suprema Corte. Bonifaz pensó que era su oportunidad para ascender, pero le advirtieron que su condición de mujer la frenaría. “‘Porque es usted mujer’… fue la primera vez que yo escuché esto. Peor todavía, también me dijeron que no me iban a designar como segunda del ministro porque no era modelito TLC, de ojos claros y cabello rubio”.

Entonces renunció y regresó a la academia. Había culminado sus estudios doctorales. “Ése es el parteaguas de mi carrera, porque si no renuncio en ese momento, no hubiera experimentado el crecimiento posterior”. En la UNAM, Leticia Bonifaz se topó con una pila de ejemplares de la Gaceta de la UNAM. Ahí encontró que el gobierno italiano ofrecía becas.

Antes del viaje, la abogada recibió una invitación para incorporarse al equipo que estaba formando Marcelo Ebrard para el inicio de los diálogos por la paz, con el subcomandante Marcos. Cuando renunció Manuel Camacho, Bonifaz supo que había sido aceptada en la Universidad de Bolonia. De la mano de Vincenzo Ferrari –director del Instituto de Filosofía y Sociología del Derecho de la Universidad de Milán–, asistió como organizadora al Congreso Mundial de Filosofía del Derecho, celebrado en Bolonia, y conoció a los filósofos más importantes de ese momento: Luigi Ferrajoli, Jurgen Habermas y Norberto Bobbio. “Más suerte no podía tener”.

En México, mientras tanto, Marcelo Ebrard se postuló como candidato a una diputación por el Partido Verde, y, cuando la obtuvo, Bonifaz se convirtió en su asesora. Después se integró al gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas como directora de Regulación al Transporte de la Ciudad de México y siguió a los camachistas al Partido del Centro Democrático, que no cuajó.

Algo inesperado fue su incorporación al Tribunal Electoral como como directora de la Escuela Judicial Electoral, durante la presidencia de Fernando Gesto. Por el contrario, estaba cantado que cuando Ebrard se convirtiera en jefe de Gobierno, Bonifaz sería su consejera jurídica. “Fueron mis seis mejores años, cuando impulsé la agenda progresista y cuando advertí que el tema de los derechos de las mujeres sería el tema en el que trabajaría el resto de mi vida”.

Tras el rompimiento de Mancera con Ebrard, Bonifaz dirigió la división de derecho del CIDE. Después, durante la presidencia de Luis María Aguilar en la Corte, fue directora de derechos humanos.

En 2018, Ebrard contaba con Bonifaz, pero ella tenía otros planes. Su madre, de 91 años, la necesitaba en Chiapas. “Y se juntó todo: la pandemia, los últimos meses de la vida de mi mamá, y la postulación para la CEDAW (Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer de la ONU)”, para la que resultó electa.

Como abogada, Bonifaz está donde quiere. Además, ha perfeccionado su técnica como fotógrafa. Compró su primera cámara en Chetumal, cuando era zona libre. También escribe cuentos cortos y le abrió la puerta al haiku (hace años sacó mención honorífica en un concurso de Japan Airlines). “El haiku, el cuento corto y la fotografía se parecen mucho: son instantáneos, breves. Yo soy así, sintética, pésima para el rollo”.

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