Retrato Hablado

Reguillo ‘afina la puntería’ contra el discurso de odio

Creó Signa Lab, un laboratorio de análisis de redes que la ayudaría a comprender cómo operaban los ataques, las amenazas y la descalificación y que explicara la cultura digital contemporánea, dice María Scherer Ibarra.

Rossana Reguillo tiene 11 perros. Eran cinco, tres suyos y dos de su hija, que vive al lado. Después llegó una perra maltratada que conmovió a su esposo. Al día siguiente, trajo a uno de sus cachorros para que lo alimentaran. Una tras otra, llevó a sus cinco crías. En la ribera de Chapala, donde Reguillo ha pasado gran parte de la pandemia, la gente suele maltratar a los animales, “y a mí se me parte el corazón, a mi hija igual y a mi esposo también”. Las dos penúltimas, cruzas de pitbull con bóxer, fueron rescatadas por él. Encontraron a la onceava en una gasolinera, llena de garrapatas.

-Ustedes trabajan para darles de comer a esos perros.

-Es correcto, en eso se nos van las quincenas.

Una noche de agosto del año pasado, Rossana Reguillo sufrió un accidente severo. Estaba dándole de cenar, precisamente, a los perros, “cuando se desató la tormenta perfecta: se fundió un foco, regresé por un cucharón, se me atravesó la perra más grande, caí y me rompí el fémur cerca de la cadera, en una dolorosa fractura inversa”. En plena pandemia, en el campo, tardó en llegar la Cruz Roja. No hacía efecto la morfina. Operaron a Rossana Reguillo en Guadalajara, una vez de la rodilla, una más de la pierna. “El accidente fue brutal porque me puso en un estado de vulnerabilidad, de indefensión y de dependencia que no experimentaba desde que fui niña. Ahora me siento un poco más fuerte emocionalmente, pero me pandeó”.

Reguillo no desaprovechó el tiempo. Durante la recuperación, que pasó entre una silla de ruedas y una andadera –ahora se apoya con un bastón–, escribió Necromáquina: cuando morir no es suficiente, que recién presentó en la FIL.

Tenía una experiencia previa: de niña sufrió un accidente en una motocicleta. Estuvo enyesada del cuello a la cadera por más de un año, y soportó aparatos ortopédicos entre los 11 y los 16 años. “Tenía la columna totalmente vencida. Para sobrevivir me hice de un mundo literario que sirvió mucho en mi proceso de formación posterior”.

La investigadora no sólo escribe sobre violencia, ha sido víctima de ella. En febrero de 2015, cuando regresó de una manifestación global por Ayotzinapa, fue amenazada de muerte a través de las redes sociales. “Volteo hacia atrás y me río, pero ese momento fue muy acalambrante”. Entonces ingresó al mecanismo de protección para defensores y periodistas, “una experiencia muy rara porque traer un botón de pánico multiplica el pánico”.

Frente a la indolencia de la policía, tomó una decisión trascendental: estudiar los códigos, los algoritmos, penetrar las entrañas de las redes. Junto con ingenieros del ITESO, hackers y psicólogos, creó Signa Lab, un laboratorio de análisis de redes que la ayudaría a comprender cómo operaban los ataques, las amenazas y la descalificación y que explicara la cultura digital contemporánea, “tanto en su sentido luminoso como en su sentido horripilante”. Las intimidaciones fueron espaciándose hasta que cedieron. “Se replegaron cuando vieron que no hacían mella, porque cuando te atacan así es para que te quites, para que no les estorbes”.

El mundo digital se le cruzó en 2011, durante una estancia en la Universidad de Nueva York. Conoció el asentamiento de Occupy Wall Street, y, experta en culturas juveniles, quedó asombrada por aquella micrópolis. “Yo veía a estos chavos conectados vía streaming en las computadoras, las manos que les volaban sobre los teclados, hablando lo mismo con gente de España o de Brasil”. Ahí pilló un “sujeto político para el cual no tenía ni categoría ni concepto de análisis. Desde entonces estudié las redes y la dimensión digital”. El producto de aquello es su libro Pasajes insurrectos: jóvenes, redes y revueltas en el otoño civilizado, que marcó un giro en su carrera, hacia el territorio digital.

Rossana Reguillo cuenta divertida que sus amigos se mofan de ella porque algo sucede ahí donde ella va. Como aquella vez que le hablaron del Vaticano, para invitarla a la Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura. Le dio a Ratzinger uno de sus libros, Estrategias del desencanto, en mano. “Yo había estudiado el protocolo para no ceder frente al poder de los curas, pero la verdad, se te va aflojando todo en la medida que te acercas. Él salió con sus zapatitos rojos, muy disminuido ya, pero a la hora que se sienta en su silla magnífica, las piernas me temblaban”, confía. Reguillo había ensayado un saludo laico, pero una vez frente a él, le besó el anillo. “Me quise morir de la vergüenza conmigo misma, pero me recuperé y le dije que nunca había sido tan importante el papel de la Iglesia en defensa de los jóvenes”.

-Bueno, y ¿qué fue lo que pasó?

-Me quedé el fin de semana en Roma y estaba caminando cuando, de repente, llegando a Villa María, veo un chingo de cámaras. Ratzinger estaba anunciando su renuncia. Mis amigos argentinos me pedían que me fuera para allá, y los mexicanos que le solicitara una cita a Peña Nieto. Fue divertidísimo.

-¿Qué tienes en perspectiva?

-Quiero meterme a fondo a la violencia digital. Me interesa muchísimo por qué ha crecido de manera tan exponencial el discurso de odio, por qué las mujeres públicas nos hemos convertido en blanco de tanta agresión y de tanta violencia, más allá de las cuestiones de los fanatismos, de las granjas y las estrategias de manipulación de la conversación.

Hace poco, Twitter reconoció las credenciales académicas del laboratorio. Eso les permite ahora ver hacia atrás para revisar la evolución de las conversaciones digitales. “Estamos afinando la puntería de Signa Lab”, advierte su creadora.

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