Retrato Hablado

El guardián de la puerta al nuevo corazón del INER

“Somos un miniejército. Tengo a mi cargo más de 120 médicos, más de 30 administrativos, más de 200 enfermeras en los diferentes turnos”, dice Cristóbal Guadarrama, jefe de urgencias en el INER.

Por años, padeció de migrañas severas, insoportables dolores de oído y continuas infecciones gastrointestinales. Sus padres sospecharon que tenía un tumor, y moriría. Su madre lo encomendaba a la Virgen del Carmen porque el niño, el segundo de tres y el único varón, nació un 16 de julio.

Lo atendieron especialistas del Hospital Pemex. Lo estudiaron a través de tomografías. Después de incontables punciones, inyecciones y tratamientos, encontraron sólo una migraña juvenil que se quitó tan misteriosamente como apareció.

Cristóbal Guadarrama aprendió a convivir en los hospitales con el personal de salud. Sus ojos de niño lo miraban todo con naturalidad. Admiraba a médicos y enfermeras porque sabía, aunque lo lastimaran, que querían ayudarlo. Ellos representaban la esperanza de sus padres.

Nadie en familia había estudiado medicina. La primera fue su hermana mayor. Sus estudios en el CCH Azcapotzalco le dieron el pase automático para la UNAM. Una vez ahí, estuvo cerca de renunciar. “Era un infierno pasar medio día trasladándome”. Pero se acostumbró y encontró la forma de estudiar de pie en los vagones del Metro, y terminó entre los primeros lugares de la facultad.

El siguiente, fue ese momento decisivo en la vida del médico: cursar una especialidad. Cristóbal Guadarrama se aventuró y eligió medicina interna en el Hospital Regional de Alta Especialidad en Veracruz. No era su primera opción, pero ahí conoció el mar.

A su regreso del puerto, rotó en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER), donde encontró una dinámica diferente a la mayoría de los hospitales: se respetaban los horarios de descanso, había biblioteca, cuentas para acceder a las revistas científicas y, sobre todo, la posibilidad de hacer investigación.

Concluido el año de rotación, le ofrecieron la base en un hospital de Naucalpan, pero el doctor Salas –actual director del INER y exjefe de Enseñanza– le informó que había un lugar disponible para hacer una subespecialidad en neumología. “No les gustó nada a mis papás saber que renuncié a mi primer trabajo sin haber pisado el hospital, después de mantenerme durante seis años y medio de Facultad de Medicina y apoyarme durante los cuatro de la especialidad”.

Cristóbal Guadarrama fue distinguido como el mejor residente. De inmediato comenzó con la alta especialidad de broncoscopía intervencionista, que le permitía realizar estudios endoscópicos en los bronquios y los pulmones. Su tesis recibió una mención honorífica en la UNAM.

Mientras tanto, trabajó en el Hospital Enrique Cabrera de la Secretaría de Salud, en urgencias. Luego lo contrataron en el Centro Médico Nacional. Pasaron seis meses para que recibiera otra llamada del doctor Salas. Volvió al INER como médico adscrito a urgencias respiratorias, pero pronto el jefe de la unidad fue ascendido y Guadarrama fue propuesto para ocupar su lugar. “Me espanté; todos los que estaban ahí eran mis maestros, y de repente me presentan como su nuevo jefe. Fue muy muy complicado, me llegó muy rápido la jefatura, pero acepté el reto”.

-Y después te tocó la madre de todas las urgencias, la pandemia.

-Así es.

-Y se multiplicaron las urgencias.

-Sí, aunque en el INER el trabajo de la unidad de urgencias siempre ha sido muy intenso; tenemos temporadas de alta intensidad desde 2009 con la influenza y así es cada periodo invernal. La influenza incrementaba la consulta hasta 200 por ciento. Yo me formé en esa intensidad de trabajo. Antes dábamos unas 14 mil consultas anuales en urgencias. El año previo al Covid casi llegamos a 20 mil. Durante la pandemia, en el INER recibimos al mayor número de pacientes que fueron intubados en el país, casi 140.

-El INER se convirtió en una inmensa terapia intensiva. No había un antecedente comparable.

-No. Esto quedará en la historia de la medicina mexicana. No conozco un centro en otra parte del mundo, quizás en China, que haya atendido a 140 pacientes intubados a la vez. Es increíble. Cuando la Secretaría de Salud nos designó hospital exclusivo para Covid, automáticamente se cerró todo para las demás enfermedades respiratorias. Urgencias era la única puerta de entrada al hospital y se volvió el corazón del INER.

El Comité de Influenza del INER se transformó en el Comité de Enfermedades Emergentes. Mediante éste, el instituto se volvió punta de lanza para generar protocolos de atención y protección, y para capacitar a personal de otros hospitales.

Cuenta el doctor que la propia estructura del hospital jugó a favor. “Su arquitectura es del tipo de los sanatorios franceses que atendían pacientes con tuberculosis. Con ese diseño construyeron el Sanatorio de Huipulco, bajo ciertas especificaciones como la ubicación en una zona fría, con mucho aire y vegetación. En esos tiempos, el tratamiento de los pacientes con tuberculosis consistía en procurarles buena oxigenación, baños de sol a través de ventanales y terrazas y alimentación adecuada. Este diseño de grandes pabellones ventilados permitió que el instituto se reconvirtiera en una monumental terapia intensiva. “No hay más de 30 pacientes por pabellón, el aire corre por donde te asomes y, además, la segmentación permitió independizar las presiones de oxígeno que soportan a los ventiladores. Hay un gran mérito de los ingenieros”.

El área de urgencias que dirige Cristóbal Guadarrama creció de 13 a 67 camas para la tercera ola. “Somos un miniejército. Tengo a mi cargo más de 120 médicos, más de 30 administrativos, más de 200 enfermeras en los diferentes turnos. Estoy maravillado con mi equipo de trabajo, y por ellos me muero. Tuvimos varios enfermos graves, afortunadamente sin pérdidas. Fue lo único que le pedí a Dios y a la Virgen del Carmen, a quien los encomendaba, como hizo mi madre conmigo”.

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