En unas semanas, el hombre que ayudó a blindar la seguridad del Mundial se quedará sin empleo. Lo dice sin asomo de drama: “En dos meses me quedo sin trabajo”. Rodrigo Martínez Celis tiene 47 años y volverá a empezar. No es la primera vez.
Nació en Chiapas casi por accidente –sus papás, contadores, trabajaban allá– y creció en la Ciudad de México y en las huertas de aguacate de Michoacán. Su abuelo alemán, agricultor de vieja escuela, lo ponía a chambear cada verano. Su madre, hija de esos migrantes, aprendió alemán antes que español. De ahí viene la disciplina; de ahí, quizá, también el apellido materno que casi nadie pronuncia bien: Wogau.
Quería entrar a la Fuerza Aérea Mexicana. Sus papás lo metieron a un colegio militarizado a los 12 años con una lógica implacable: “Es más fácil que cambie de opinión en secundaria a que se retrase en la carrera”. Pero no cambió de opinión en ese momento, sino después, en la que llama su primera gran decisión dolorosa: a los 17 eligió el ITAM y las relaciones internacionales en lugar del uniforme. Aprecia a los militares y trabaja con ellos hasta hoy, pero quería multiplicarse las posibilidades, así como los caminos.
En la universidad descubrió que existía el Cisen y supo que ahí quería hacer carrera. Entró joven, con Guillermo Valdés al frente y Felipe Calderón en la Presidencia, como jefe de análisis de delincuencia organizada. Le tocó el boom de la violencia. Se quedó 18 años.
El parteaguas para él fue Ciudad Juárez. Tenía menos de 30 años cuando lo mandaron a encabezar la parte de inteligencia de una unidad que reunía al Ejército, a la Policía Federal y a la Fiscalía, en la que entonces era la ciudad más violenta del mundo. Vivía en la zona militar, en una casa con un baño para seis hombres. Un invierno se congelaron las tuberías durante tres días. El grupo reportaba al centro 14 asesinatos por día. Rentaba tráileres refrigerados porque las morgues no se daban abasto. Una Navidad, mientras Martínez Celis hablaba por teléfono con su mamá, escuchó a un compañero prometerle a su hijo que pronto iría a armar el tren que recién le habían regalado. Se soltó a llorar. “Ahora lo siento más, porque tengo hijos”.
De esa unidad salió la información con la que después se armó el plan Todos Somos Juárez. Él lo aclara sin que se lo pregunte: “Yo no creé el plan. Yo estuve en la unidad que recolectó la información”. Es algo suyo: repartir el crédito antes de que se le atribuya.
Después vinieron los saltos laterales: las oficinas del Cisen en el exterior, la relación con las agencias de inteligencia de Estados Unidos y España, hasta llegar a coordinador general de inteligencia. Toda la información del Estado mexicano pasaba por su escritorio. Cuando cambió el régimen en 2018, hizo la entrega al equipo entrante, lo ratificaron por unos meses y entendió que su ciclo terminaba. Le dolió: estaba donde siempre quiso trabajar.
Entonces el gobernador del Estado de México, Alfredo Del Mazo, lo citó sin decirle para qué. En la primera conversación a solas, le ofreció la Secretaría de Seguridad de la entidad: “Tómate el tiempo que necesites, pero no sales de aquí sin darme tu respuesta”, jugueteó. En un minuto pensó mil cosas y aceptó. Solo se lo contó a su esposa. Una semana después fue citado en el Palacio de Toluca; la cosa iba en serio.
Sostiene Rodrigo Martínez Celis que fue una de las mejores decisiones de su vida, y eso que trabajar con policías nunca estuvo en sus planes. Se trataba del estado más poblado del país, que hace frontera con ocho entidades y tiene el sistema penitenciario más saturado: entonces había 16 mil espacios para 35 mil internos. Hace alarde de dos cifras: recibió los penales entre los peor evaluados y los entregó entre los mejores, y la cifra de policías caídos llegó a cero. “Era lo que más me importaba”.
De ahí toma una de sus causas: “En México le exigimos todo a un policía. Que sea abogado, psicólogo, que se agarre a balazos con criminales mejor armados, que aguante la línea cuando lo golpean los manifestantes. Queremos que un policía mal pagado y maltratado tenga todas esas atribuciones. Es ridículo”. Su diagnóstico es más incómodo: el conocimiento de seguridad en México se quedó atorado en los 70, en aquellos mapas donde un ejército avanza y otro retrocede. “Por eso nos encanta pintar los mapas de presencia. Pero así no funcionan las cosas”.
Rodrigo Martínez Celis decidió colaborar para construir una escuela de conocimiento en seguridad a la mexicana. Y sembró la idea de un centro de estudios que hoy está en el CIDE, encabezado por Carlos Pérez Ricart, director de su tesis doctoral sobre el Cisen.
Al término de su encargo en el Estado de México, la FIFA lo encontró de vacaciones en Islandia. Pensó que la llamada era un fraude: él nunca aplicó a nada. Luego supo que lo había recomendado el FBI. Sobre la mesa tenía también la oferta de un banco, con el mismo sueldo y una estabilidad más amplia. Eligió el trabajo temporal –director ejecutivo de Seguridad de FIFA México–, sabiendo que el contrato se acababa con el torneo. Le pesó preguntar por primera vez por sus ingresos: “En el gobierno no preguntas. Se trata de otra cosa”. Aunque lo seguía moviendo el servicio público, no tuvo una oferta clara.
Del Mundial, Martínez Celis se lleva un catálogo de lecciones: el manejo de multitudes como ciencia, los protocolos de actuación de tres o cuatro pasos –“un documento de 200 hojas es simulación”–y la reingeniería que movió los flujos del estadio Azteca. Rechaza cualquier crédito individual: “Decir que una persona lo organizó es una mentira. ¿Quién lo organizó? Todas y todos. Punto”.
También quería acariciar el tema internacional y ser un funcionario público con una visión internacional: “Me interesaba llevar la experiencia mexicana a otros lugares, pero también traer experiencia internacional a México y participar de alguna forma en el legado. Uno de los temas importantes de la FIFA es enfocarse en el legado, es decir, ¿qué le vas a dejar al Estado y a las entidades una vez que te fuiste?”.
Le falta la final en Nueva York, el partido más complicado en términos de operación. Después, el vacío. No sabe si volverá al sector público, que es lo que lo mueve, o al privado, que ya lo curó de espantos y de idealizaciones. Solo tiene clara una cosa, y la dice pensando en sus dos hijos: “Quiero que puedan salir a las calles a jugar como yo lo hice”.