Retrato Hablado

‘Contar y escuchar historias me ha salvado’

‘La radio, la música, la literatura y el cine han estado presentes y me han dado primero un refugio y después un hogar’, comenta Samuel Kishi.

Samuel Kishi lleva la sangre de su bisabuelo paterno, nacido en una de las islas del archipiélago japonés, y la sangre cantonesa del abuelo de su madre. El primero emigró a Estados Unidos. Fue asesinado en Chicago. El segundo quería llegar a San Francisco, pero se equivocó de barco y terminó en Mazatlán. Luego se movió a Guadalajara. Vivía en una casa de huéspedes. La dueña, madre de varias hijas, las casaba con los migrantes que se alojaban en su propiedad.

La siguiente generación de la familia Kishi nació del abuelo paterno que cuidaba los viveros del exgobernador de Jalisco, José de Jesús González Gallo y su esposa, japonesa como él, pero con sangre indígena de las costas jaliscienses. Una vez que formaron su familia, se mudaron a Apatzingán, pero la violencia y el machismo de Francisco Leopo ahuyentaron a sus hijas, que pusieron tierra de por medio. Las mujeres huyeron a Guadalajara y el único hijo varón, a Estados Unidos. Una de ellas, Marcela Leopo, se casó con Samuel Kishi Sutto y se embarazó muy pronto de su primogénito. Tan pronto como llegó el segundo hijo, se desgastó la relación entre marido y mujer y unos años después ella decidió cortar por lo sano y alcanzar a su hermano al norte del río Bravo.

Se suponía que los miembros de una iglesia pentecostal les darían alojamiento, pero Marcela Leopo, con sus hijos de cinco y tres años, supo al llegar que el espacio ya estaba ocupado por otra familia. Consiguió empleo en un asilo de ancianos. Mientras se ganaba la vida, no tuvo más opción que dejar encerrados a los niños. Entre sus juguetes había una grabadora de casete. Ella les grabó canciones, juegos y las reglas de la casa. “Si me extrañan, pongan play”, les pidió. “De una u otra manera, mi mamá siempre estuvo presente”, cuenta Kishi.

Marcela Leopo no se adaptó y, después de dos años, volvió a México e instaló a los suyos en el barrio de Atemajac, en Zapopan. Soñaba con ser periodista o locutora de radio, pero sabía que esa ilusión difícilmente se cumpliría en Estados Unidos. En México, lo consiguió.

Samuel Kishi desarrolló pasión por el deporte y fue becado para practicar gimnasia olímpica y taekwondo. Ganó algunas medallas estatales, pero la separación definitiva de sus padres hundió a su madre en la depresión y a él lo alejó de los entrenamientos.

A la medianoche, Samuel Kishi ponía el Canal 7 de la televisión local, con la esperanza de mirar mujeres completamente desnudas, como le habían contado sus amigos adolescentes. “Esperaba a que todos se durmieran y ponía el volumen de la televisión muy bajito. Lo que transmitían era un programa de cine, conducido por Guillermo Vaidovits, que presentaba películas de Fellini, Pasolini, Kubrick, Godard”.

Samuel Kishi atravesó un periodo crítico. Lo discriminaban a causa de sus orígenes orientales. Le hervía la sangre y se liaba a golpes con otros muchachos. En ese tiempo, sin embargo, también se hizo de una cámara de video que había dejado su padre y empezó, con su hermano, a grabar cortometrajes por el barrio.

Comenzó una carrera técnica en informática y computación, pero la abandonó. Se la pasaba vagando, hasta que su mamá lo corrió de la casa. Se fue a Puerto Vallarta, donde ganaba poco, pero leía mucho. El hábito de lectura que provocó Cien años de soledad lo hizo desear volver a la escuela. Acabó la preparatoria y comenzó a realizar videos para bautizos, bodas y otras fiestas. Podía ganarse así la vida, y con esa convicción entró a un taller de cine y después a la Escuela de Cine de la Universidad de Guadalajara. Su primer cortometraje no le cambió la vida, como había supuesto, y volvió frustrado al negocio de los eventos.

El presupuesto de Acerca del drama de los calcetines no alcanzó para hacer un corto animado, así que Kishi realizó un montaje con material de archivo libre de derechos. Se estrenó en el Festival de Cine de Guanajuato y circuló en otros. Su primer corto premiado fue Mari Pepa, dedicado a su abuela. Después de que lo inscribió en varios festivales, se agolparon los agentes y las televisoras que querían comprarlo. Pronto empezó la planeación del largometraje Somos Mari Pepa, con actores no profesionales del barrio de Atemajac. En principio, fue rechazada por algunos festivales de cine en construcción, pero tras su aceptación en el Festival de Toulouse, Francia, comenzaron a abrirse las puertas de los festivales europeos, y después de estrenarse en Morelia, Guanajuato y Berlín, fue nominado para el Ariel.

“Es una historia muy personal, una carta de amor a mi mamá”, dice. También es una historia de migrantes. “Para mí era importante contar una historia sobre la infancia, la incertidumbre, la adaptación a un nuevo entorno y el significado del hogar. Quería contar una historia realista y dura, pero llena de esperanza, ternura y sentido del humor”.

A finales de 2019 Los lobos comenzó su recorrido por festivales. Fue proyectada en La Berlinale y reconocida con el Gran Premio del Jurado y el de Cine por La Paz. Varios festivales que reprogramaron tras la pandemia, la recibieron bien y ha acumulado hasta ahora 30 premios nacionales e internacionales. Se va a distribuir en más de 20 países.

Kishi trabaja ahora en Alondra dejó el nido, la historia de una pareja de ancianos de la sierra guerrerense que lleva tiempo sin recibir noticias de su nieta, por lo que emprende un viaje del sur al norte de México. Apenas con dinero, los viejos siguen las pistas de su nieta por varios campos agrícolas, adentrándose en un país que les es ajeno.

“Contar y escuchar historias me ha salvado la vida. La radio, la música, la literatura y el cine han estado presentes y me han dado primero un refugio y después un hogar”, concluye Samuel Kishi.

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