Por mucho tiempo, el Banco de México ha incumplido su objetivo constitucional prioritario de “procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda nacional”, el cual, desde 2003, ha interpretado como una meta de inflación anual de 3 por ciento.
Considerando únicamente la presente década, desde junio de 2020 el crecimiento de los precios se ha mantenido persistentemente por encima de esta referencia, con un promedio de 5.2 por ciento. Es decir, hasta agosto de 2026, el Banxico ha estado en falta durante 75 meses consecutivos.
Contrario al sentido original establecido en 2002, el intervalo de variabilidad de más y menos un punto porcentual en torno al objetivo inflacionario ha servido, en la práctica, para confundir al público, al punto de que muchos especialistas se refieren a él como el “rango objetivo”. También se ha convertido en un motivo de complacencia para el banco central cuando la inflación desciende, aunque sea transitoriamente, por debajo de 4 por ciento. Aun tolerando tal tergiversación, durante el mismo lapso la inflación se ha ubicado 54 meses por encima de dicho rango.
Más preocupante aún, no existen indicios claros de que la inflación se encuentre en una senda sostenida hacia el objetivo. Si bien ha descendido desde su máximo de 2022, durante los últimos veinticuatro meses se ha estancado en alrededor de 4 por ciento, mientras que la inflación subyacente de servicios se ha mantenido en una media de 4.6 por ciento.
La elevada inflación de servicios, que podría estar respondiendo, en parte, a la agresiva política gubernamental de salarios mínimos, contradice el supuesto del Banxico, repetido casi como mantra, de que en México no existen presiones de demanda. Al mismo tiempo, pone en duda la efectividad de la postura monetaria.
La moderación inflacionaria observada entre junio y agosto de 2026 obedeció principalmente a una reducción extraordinaria de la inflación no subyacente, que comprende los precios más volátiles de la canasta del consumidor y que, por tanto, puede revertirse al alza en cualquier momento.
En este contexto, en la reunión de política monetaria de la semana pasada, la Junta de Gobierno (JG) del Banxico decidió, por unanimidad, mantener en 6.50 por ciento el objetivo de la tasa de referencia, nivel que había conservado desde la sesión de mayo del presente año, cuando aplicó el recorte más reciente.
Una característica relevante del comunicado de la reunión de septiembre de 2026 fue que la JG finalmente rompió con su costumbre de predeterminar la política monetaria de la siguiente sesión mediante su guía futura, como lo venía haciendo desde junio de 2024. En esta ocasión, optó por la ambigüedad y dejó abierta la posibilidad de una decisión futura en cualquier sentido.
Si bien esta debería ser la norma de una política monetaria que aprovecha toda la información disponible y mantiene una visión de largo plazo, la nueva opcionalidad parece haber sido, más bien, una reacción del Banxico al inicio de una probable tendencia de apretamiento por parte del Banco de la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos una semana antes.
El comunicado incluyó una guía futura que, por obvia, debería ser redundante: “la JG tomará sus decisiones considerando la continuación del proceso desinflacionario y el comportamiento esperado de sus determinantes”. En contraste, la influencia del Fed se hizo evidente en la advertencia añadida de que “la política monetaria no tendría que reaccionar de manera mecánica ante los ajustes previstos a la tasa de fondos federales”.
Este último aviso mantuvo la vaguedad de la guía al admitir diversas interpretaciones, dependiendo de lo que se entienda por “manera mecánica” y “ajustes previstos”. La indeterminación difícilmente se despeja con el argumento contenido en el comunicado para invocar la pretendida independencia: “México y Estados Unidos atraviesan por etapas distintas del ciclo económico”.
Al parecer, la JG confunde la inferioridad crónica del dinamismo económico de México respecto a Estados Unidos con la recuperación cíclica, que en ambas naciones inició simultáneamente en la segunda mitad de 2020.
El problema de fondo es que no resulta claro que el Banxico vaya a lograr la convergencia de la inflación al objetivo de forma permanente. La reiterada posposición de la supuesta fecha de convergencia podría derivarse, en gran medida, de que este banco central continúa ignorando sus propias limitaciones.
Tal vez la más importante radique en la constante desviación de las expectativas de inflación de analistas y del mercado, para cualquier plazo, por encima de la meta, lo cual sugiere su escasa credibilidad.
Esta divergencia no ha surgido de la nada. En un ejercicio autocrítico, el Banxico debería identificar y buscar contrarrestar sus causas, las cuales seguramente son internas.
Seguir haciendo lo mismo no augura mejores resultados.