Razones y Proporciones

La brecha de convergencia entre Polonia y México

La notable ampliación de la brecha de convergencia respecto a Polonia pone de manifiesto la amplia agenda de reformas que México puede y debería emprender para alcanzar los estándares de bienestar de un país desarrollado.

Con base en datos del Banco Mundial, ajustados por Paridad de Poder de Compra, durante 1990-2025 el crecimiento promedio anual del PIB per cápita fue de 3.7 por ciento en Polonia y de 1.2 por ciento en México. Esta discrepancia, que a lo largo de estos años se ha acumulado de manera considerable en un efecto similar al del interés compuesto, explica por qué Polonia ha convergido aceleradamente hacia niveles de los países avanzados, mientras que México se ha estancado.

Por ejemplo, tomando a Estados Unidos como referencia de desarrollo, en 1990 Polonia y México tenían niveles de PIB per cápita similares en relación con ese país: 32 y 34 por ciento, respectivamente. Sin embargo, para 2025 el orden de estas proporciones se revirtió de forma drástica: Polonia alcanzó 68 por ciento, mientras que México descendió a 33 por ciento.

Una descomposición estándar de la contabilidad del crecimiento de largo plazo del PIB per cápita, entre factores de producción y productividad total de los factores (PTF), revela que, en Polonia, el componente crucial ha sido la PTF, con una aportación superior a la mitad del crecimiento, mientras que en México este ha sido el elemento menos significativo, con una contribución prácticamente nula. En otras palabras, la creciente brecha de convergencia ha reflejado primordialmente diferencias en la evolución de la productividad.

Estos contrastes podrían parecer sorprendentes, dadas ciertas similitudes en el enfoque inicial de ambos países, que incluyó, entre otros aspectos, una rápida liberalización y una orientación hacia el exterior que ancló sus economías a mercados más grandes: México a América del Norte y Polonia a la Unión Europea (UE).

Con el riesgo de incurrir en una simplificación excesiva, es posible identificar tres bloques de factores que ayudan a explicar la divergencia en los resultados económicos. El primero, y más importante, radica en el marco institucional, reflejado en indicadores como el Estado de derecho, el cumplimiento de los contratos, la calidad regulatoria, la eficiencia gubernamental, el control de la corrupción, la capacidad estatal y la estabilidad macroeconómica.

Si bien ambas naciones partieron de bases débiles, Polonia fortaleció significativamente sus instituciones, en particular tras su adhesión a la UE en 2004, cuya condicionalidad estableció normas legales y regulatorias vinculantes. En contraste, en México la mayoría de estos indicadores no ha mostrado una mejoría clara e, incluso, algunos, como el Estado de derecho y el combate a la delincuencia y la corrupción, se han deteriorado. Aunque la estabilidad macroeconómica se ha fortalecido, su desempeño ha sido menos consistente que en Polonia.

Un segundo bloque diferenciador lo constituyen las políticas más directamente vinculadas con la producción, entre las que destaca la política industrial. En Polonia, aunque basada en el mercado, esta ha sido más activa, con medidas como zonas económicas especiales, incentivos a la inversión, promoción de exportaciones y un fuerte impulso a la modernización manufacturera, la complejidad productiva y la innovación tecnológica.

México, en cambio, ha privilegiado un enfoque altamente dependiente de la apertura comercial, con una manufactura de bajo valor agregado, basada en el ensamblaje y, por tanto, en la eficiencia de costos más que en la actualización y sofisticación productiva. Asimismo, Polonia ha superado ampliamente a México en otras áreas, como educación, infraestructura e inversión pública, competencia, mercado laboral —apoyado por la migración dentro de la UE—, así como en el desarrollo del sistema financiero y la asignación del crédito.

Como resultado, desde 1990 la razón media de inversión extranjera directa (IED) a PIB en Polonia se ha situado 1.3 puntos porcentuales por encima de la de México. A diferencia de este último, donde la mayor parte de la IED ha consistido en reinversión de utilidades, en Polonia ha estado compuesta principalmente por nuevas inversiones, que han contribuido a la difusión de tecnología hacia sectores más amplios de la economía.

Un tercer bloque reside en las transferencias anuales que Polonia recibe de la UE, en contraste con la ausencia de un mecanismo similar en México. Aunque su contribución ha sido menos decisiva, estas subvenciones han apoyado de manera importante el financiamiento de infraestructura, educación e investigación y desarrollo, cuyos efectos sobre la productividad han complementado los derivados de la IED.

La notable ampliación de la brecha de convergencia respecto a Polonia pone de manifiesto la amplia agenda de reformas que México puede y debería emprender para alcanzar los estándares de bienestar de un país desarrollado.

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