Razones y Proporciones

Los inciertos costos de la guerra

De prolongarse el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, es virtualmente imposible que los dos países en pugna eviten una recesión profunda.

Todos los conflictos bélicos generan costos económicos y sociales cuya dimensión puede ser descomunal. Las repercusiones completas de la invasión de Rusia a Ucrania, iniciada la semana pasada, son inciertas, entre otras razones, porque se desconoce cuándo y cómo terminará la guerra.

Empero, los daños de la contienda ya son considerables. Sin duda, el precio más alto lo han pagado las poblaciones de los países combatientes, en términos de pérdidas de vidas humanas, así como las dificultades para vivir en un ambiente de destrucción y fragilidad de la seguridad física.

Además, en cualquier guerra, se detienen muchas actividades productivas y surgen problemas de escasez de bienes básicos, propiciados, en parte, por la tendencia del público a abastarse de forma precautoria. Al ser el país invadido, el impacto de la contienda ha recaído desproporcionadamente sobre Ucrania.

Sin embargo, los daños se han exacerbado en Rusia ante las sanciones impuestas por un gran número de países industrializados, que buscan forzar al presidente Putin a detener el asedio y retirar sus tropas. Los castigos se han orientado a aislar a Rusia del resto del mundo en materia económica y financiera.

Las acciones más estrictas han consistido en la congelación de las reservas internacionales que el Banco Central de Rusia mantiene en monedas de países desarrollados en el exterior, y la interrupción de los servicios del sistema de mensajería SWIFT para la ejecución de pagos internacionales, sobre algunos bancos e instituciones financieras rusas.

Adicionalmente, se han prohibido las transacciones con el Banco Central, el fondo soberano y el ministerio de Finanzas, así como la compra y comercialización de bonos soberanos de esa nación. Las restricciones de movimiento de recursos se han extendido a algunas personas vinculadas con el gobierno ruso.

Las limitaciones han incluido la prohibición de suministro y exportación de algunos insumos y bienes tecnológicos a Rusia, así como el cierre del espacio aéreo y la suspensión de servicios portuarios a aerolíneas y buques rusos, respectivamente.

Las sanciones han provocado el pánico en la población rusa, manifestado en retiros masivos de depósitos bancarios, especialmente los denominados en moneda extranjera, ante el temor de su conversión forzosa a rublos por parte del gobierno. La preferencia por el efectivo también ha obedecido a las dificultades de liquidar transacciones de forma electrónica. Muchas empresas han suspendido temporalmente operaciones y algunas corporaciones han decidido abandonar el país.

De forma inmediata, el rublo ha experimentado una abrupta depreciación, se han desplomado los precios de los bonos rusos y se ha disparado al alza el costo de los instrumentos que protegen contra el incumplimiento de la deuda soberana.

Con el fin de amortiguar la volatilidad financiera, las autoridades rusas han aplicado algunas medidas, entra las que sobresalen el incremento de la tasa de interés de referencia del Banco Central de 9.5 a 20.0 por ciento, la fijación de una banda de flotación para el rublo y los controles de capital. Asimismo, se cerró temporalmente el mercado de valores para evitar las ventas masivas de los instrumentos financieros.

Algunas de estas disposiciones podrían ser poco efectivas. En particular, es dudosa la viabilidad de la estabilización del rublo, considerando la congelación de un importante monto de reservas internacionales del Banco Central, así como la dificultad de vigilar los flujos de divisas. De prolongarse la situación actual, es virtualmente imposible que los dos países en pugna eviten una recesión profunda.

Hasta ahora, el impacto de las tensiones sobre otras naciones ha sido contenido, lo que podría responder a dos factores. Primero, Rusia es una economía relativamente pequeña, cuyo PIB nominal es inferior, por ejemplo, al de Corea del Sur. Su principal relación con el mundo es mediante sus exportaciones de petróleo y gas natural, que se concentran en ciertos países. El efecto se ha reflejado en un incremento de los precios internacionales del crudo.

Segundo, a diferencia de la crisis rusa de 1998, derivada de desequilibrios financieros internos, los disturbios económicos actuales tienen su origen en una pugna y no han implicado el impago de la deuda pública, lo cual ha limitado el contagio. Obviamente, esta última condición puede cambiar.

Finalmente, los efectos globales adversos podrían amplificarse si se recrudece el conflicto. Las posibles presiones adicionales en los precios de las materias primas, las interrupciones en las cadenas de suministro y la incertidumbre derivada de la guerra podrían debilitar la recuperación económica y, al mismo tiempo, complicar el combate a la inflación, la cual ha alcanzado tasas no observadas en mucho tiempo.

El autor es exsubgobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006).

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