Razones y Proporciones

Las remesas y los viajeros internacionales

Un renglón de la balanza de pagos que extrañamente ha recibido una menor atención al de las remesas es el de los ingresos provenientes de los viajeros internacionales.

Los ingresos por remesas han propiciado un creciente interés por parte de los observadores de la economía mexicana, lo que se ha manifestado en la proliferación de análisis periódicos detallados sobre las características socioeconómicas de los emisores y receptores de estos flujos de dinero.

La razón de esta atención ha sido el monto significativo de las entradas monetarias por ese concepto y, en especial, su continuo aumento, que se ha acentuado recientemente. Desde 2014, las variaciones anuales han sido positivas, alcanzando una tasa máxima de 27.1 por ciento durante 2021.

Entre las posibles causas de la tendencia ascendente de estas cantidades destaca el desempeño económico positivo de Estados Unidos, país que concentra la mayor parte de los trabajadores mexicanos que las remiten. La expansión productiva por más de diez años hasta febrero de 2020, los apoyos gubernamentales durante la emergencia sanitaria y la vigorosa reactivación de esa economía han favorecido el empleo y los ingresos de los migrantes.

Las remesas constituyen transferencias de dinero sin ninguna contraprestación económica interna, por lo que no forman parte del PIB de México. En contraste, el trabajo de los migrantes, que posibilita esos envíos, contribuye al PIB del país donde residen. En particular, el esfuerzo laboral de los mexicanos en Estados Unidos ha representado una aportación crucial al ascenso económico de esa nación.

En consecuencia, las remesas representan una ayuda benefactora externa. Existen indicios de que estas donaciones han resultado en un aumento en las erogaciones familiares en salud y educación, así como en la adquisición de bienes duraderos. Asimismo, la mayor disponibilidad de recursos de los hogares beneficiados ha aliviado, en algún grado, las condiciones de pobreza del país.

Si bien en la medida en que financian una fracción del gasto, las remesas terminan contribuyendo al PIB de México, difícilmente pueden ser puntal del progreso nacional. El avance económico requiere el aumento en el uso eficiente de los recursos productivos, trabajo e inversión, así como la incorporación del cambio tecnológico, lo cual no puede depender de donativos.

Un renglón de la balanza de pagos que extrañamente ha recibido una menor atención al de las remesas es el de los ingresos provenientes de los viajeros internacionales. Tales entradas de dinero se refieren al gasto que los visitantes no residentes realizan en el país, con propósitos diferentes al ejercicio de una actividad remunerada dentro del territorio nacional.

El relativamente reducido análisis dedicado al rubro de viajeros resulta sorprendente, al menos por dos razones. En primer lugar, durante el presente siglo y hasta el brote de la pandemia, estos flujos tendieron a crecer a un ritmo superior al de las remesas, hasta alcanzar montos no muy alejados al de éstas.

Así, como porcentaje de las remesas, los ingresos por viajeros internacionales pasaron de 30.3 por ciento en 2001 a un promedio de 69.5 durante 2014-2019.

Si bien en la proporción inicial pudieron haber influido errores de subestimación de las remesas, el incremento nominal de las entradas relacionadas con los viajes ha sido notable. En este dinamismo perece haber influido la creciente integración económica de México con el vecino país del norte, así como los desarrollos de los destinos turísticos nacionales.

En segundo lugar, más importante, los ingresos asociados a los visitantes del exterior responden a una contraprestación económica interna, en la forma de una provisión de bienes y, en especial, de servicios como restaurantes y hoteles que satisfacen las necesidades de los viajeros.

El valor agregado de estas labores forma parte del PIB turístico de México, el cual comprende la producción de bienes y servicios destinados a los visitantes tanto residentes como no residentes. De 2008 a 2019, el PIB turístico como proporción del PIB nacional se mantuvo relativamente estable en torno a 8.4 por ciento.

Las restricciones impuestas a los viajes con motivo de la pandemia desencadenaron una caída de los ingresos internacionales por este concepto en 2020 y una recuperación en 2021. Adicionalmente, tras un desplome en el segundo trimestre de 2020, el indicador trimestral del PIB turístico ha registrado una moderada mejoría.

Una vez superada la crisis sanitaria, las oportunidades para una mayor contribución de los ingresos por viajeros internacionales al desarrollo turístico de México lucen amplias. Su aprovechamiento depende, entre otros factores, de la remoción de barreras a la inversión, especialmente en infraestructura, y de la mejoría en el ambiente de seguridad pública. El impulso de estos flujos al progreso económico del país podría ser considerable.

El autor es exsubgobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006).

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