Razones y Proporciones

El evasivo concepto de la inflación transitoria

El proceso de crecimiento de los precios puede desordenarse si el público cree que la inflación elevada continuará en el futuro.

Durante 2021 la inflación mundial ha ido en ascenso registrando niveles no observados en mucho tiempo.

El incremento inflacionario ha resultado especialmente notable en algunas naciones desarrolladas, como Estados Unidos, Canadá y Alemania, y en economías emergentes, entre las que han sobresalido Turquía, Brasil, México y otras.

En términos generales, la acentuación en el ritmo de crecimiento de los precios ha reflejado la conjunción de dos factores. Por una parte, a medida que se han suavizado las restricciones de distanciamiento social implantadas para hacer frente a la pandemia del Covid-19, se ha reanimado, con cierto vigor, la demanda de bienes y servicios.

Por otra parte, la oferta no ha respondido con la misma velocidad, a consecuencia de la caída de la inversión y el debilitamiento de las cadenas globales de suministro que se registraron a raíz de la recesión y el reacomodo del consumo.

En este desacoplamiento, han predominado la escasez de ciertos insumos básicos de la producción, como los semiconductores, y el aumento significativo de los precios de las materias primas.

En su diagnóstico de la situación, los bancos centrales han tendido a coincidir en calificar la mayor inflación como un fenómeno transitorio, ante el cual no es conveniente ‘sobrereaccionar’.

Por ello, salvo en escasas excepciones, la política monetaria se ha modificado poco. Específicamente entre las naciones avanzadas los institutos centrales han mantenido su postura monetaria extraordinariamente laxa, que aplicaron en 2020 para enfrentar los estragos económicos y sociales derivados del confinamiento.

Algunas instituciones, destacadamente el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos, han indicado que podría estar próximo el inicio del retiro gradual del estímulo monetario, asociado a las compras a gran escala de activos financieros. No obstante, la mayoría sostiene tasas de interés de referencia cercanas a cero y percibe lejana su posible modificación.

En contraste, en las economías emergentes con inflaciones más altas, los institutos centrales parecen haber iniciado un ciclo de alzas en sus tasas de interés de referencia, si bien en la mayoría de los casos éstas continúan en terreno expansivo.

La reticencia generalizada de los bancos centrales a disminuir la laxitud monetaria podría verse amplificada si se profundiza el debilitamiento de la recuperación económica, observada durante el tercer trimestre de 2021.

En buena medida, el principal problema que actualmente enfrentan los bancos centrales se deriva de su propio diagnóstico de que la mayor inflación es transitoria. El adjetivo utilizado conlleva la idea de que el crecimiento acelerado de los precios será pasajero y de corta duración.

La desventaja obvia de esa calificación es su ambigüedad, ya que admite múltiples interpretaciones sobre el periodo involucrado. De hecho, ha resultado un lugar común, entre los bancos centrales y los observadores, señalar que las presiones inflacionarias han sido mayores y más persistentes que las inicialmente previstas.

Además, en fechas recientes algunas autoridades monetarias han reconocido que la inflación alta podría extenderse hasta mediados de 2022. Con independencia de que este pronóstico pueda modificarse en cualquier sentido en los próximos meses, el horizonte contemplado difícilmente puede clasificarse de ‘corto’.

Los riesgos de subestimar los peligros de la inflación son conocidos. El proceso de crecimiento de los precios puede desordenarse si el público espera que la inflación elevada continuará en el futuro. Sin duda, uno de los factores que puede desencadenar ese escenario es la percepción generalizada de que los bancos centrales son más tolerantes con la inflación.

La historia de la considerable inflación mundial de los años setenta del siglo pasado ilustra la posibilidad de que ‘choques’ de oferta, que en esa década consistieron en aumentos abruptos en los precios internacionales del petróleo, se conviertan en inflación duradera. Tales perturbaciones fueron acomodadas con una política monetaria permisiva, que al final requirió un ajuste dramático para frenar la inflación, con un elevado costo social en términos de recesión y desempleo.

Para evitar riesgos mayores, convendría que las autoridades monetarias revisaran su convicción de que el mayor crecimiento de los precios es pasajero. Apegarse a esa visión, cuando la inflación se prolonga, puede generar graves consecuencias.

La normalización de la política monetaria avizorada por algunos bancos centrales es una medida adecuada. Ojalá se aplique de forma suficientemente oportuna para que permita preservar la credibilidad en su compromiso con la estabilidad de los precios.

El autor es exsubgobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006).

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