En mayo de 2020, la Reserva Federal de Estados Unidos hizo un cambio contable en la definición de M1, uno de los agregados monetarios básicos. M0 es el dinero impreso y acuñado, billetes y monedas, en poder del público; M1 es eso más algunas cuentas de banco.
El cambio de definición se debió a que en M1 estaban solamente las cuentas de ahorro que permitían hasta seis retiros al mes. En medio de la pandemia, la Fed cayó en cuenta que más gente no tendría fuentes de ingresos y tendría que disponer de sus ahorros para gastar, y por ello, las cuentas de ahorro limitadas en lugar de ser parte de M2, el siguiente agregado monetario, empezaron a ser parte de M1.
Por esa razón, parece que la Fed ha impreso más dinero del que en realidad ha empujado al sistema. Suponiendo crecimiento económico y velocidad del dinero constantes, eso implicaría que Estados Unidos estaría en espiral hacia una hiperinflación sin control, ya que el brinco de mayo de 2020 implica más de 350 por ciento de incremento en el agregado monetario M1.
Sin embargo, el cambio contable y la racionalidad atrás de él no son ociosos. Quizás, un anuncio de la Fed diciendo que el agregado monetario relevante para entender la inflación y el crecimiento en estos tiempos debería ser M2 y no M1, hubiera sido mejor.
Tomeito, tomato. La inyección de recursos a la economía ocurrió. Un buen amigo, trinacional mexicano, canadiense y estadounidense, había invertido en un desarrollo inmobiliario en Texas alrededor de 50 mil dólares. En 2020 el gobierno de Estados Unidos le entregó 70 mil dólares; el equivalente a su capital más dos años de ganancias esperadas. Otros conocidos estadounidenses residentes en México recibían cheques en sus domicilios de la Condesa por tres o cuatro mil dólares mensuales.
Los estadounidenses cacharon la señal muy bien, y liquidaron deuda privada. Entendieron que esos recursos eran una oportunidad de una vez en la vida. Un montón de deuda privada estadounidense se convirtió en deuda pública.
La paradoja de esto es que ante el alza de tasas, los recursos de capital en el mundo tienden al fenómeno conocido como flight to safety. Si los T-Bills a dos años están pagando 3.74 por ciento anual, no tiene ningún sentido arriesgar capital en proyectos con rendimiento parecido desperdigados por el mundo, con un riesgo mayor. El retorno de capitales a Estados Unidos ha generado la paradoja de desorden monetario, alta inflación, pero a la vez, un dólar fuerte.
Todo es felicidad en Norteamérica, pero no en el resto del mundo. La tensión con China se complica dado el papel de China como nuevo acreedor global, y el hecho que no quiere prestar a naciones menos prósperas bajo las reglas del FMI. Este último es una institución con “crisis de identidad”, dice el semanario inglés The Economist. El gobierno de Estados Unidos quiere que el FMI se parezca más al Banco Mundial en términos de financiamiento del desarrollo. Usualmente había sido un vehículo de financiamiento de emergencia para países sometidos a estrés macroeconómico. A la vez, el Banco Mundial también está bajo estrés porque la Fed y el Tesoro quieren que financien retos diferentes, como la transición energética y tecnológica de cero emisiones para controlar el cambio climático.
El costo de la deuda está ahorcando a muchas naciones en desarrollo. México no se endeudó mayormente durante la pandemia; pagó el costo con vidas humanas y con fondos propios menguantes que se utilizaron más para financiar populismo que el control de la enfermedad y el daño a la economía.
El FMI está evaluando sus pronósticos de crecimiento para la economía global para los próximos cinco años. Espera que el mundo crezca ligeramente abajo de 3 por ciento por año, el pronóstico más débil desde los años noventa. Las tesorerías nacionales y los bancos centrales no tienen ya recursos para apuntalar el crecimiento. El FMI le da una probabilidad de 25 por ciento que el crecimiento quede por debajo de 2 por ciento por año, y un 15 por ciento de probabilidad a una recesión global, en donde la tasa de crecimiento económico esté por debajo de la tasa de crecimiento de la población.
No hay muchos cambios, respecto a lo que proyectaron en enero. Un poco más de crecimiento para Estados Unidos este año, arriba del pronóstico original de 1.0 por ciento. México crecerá, dice el Fondo, a 1.4 por ciento en 2023. Seguramente vamos a ver más dificultades en el sector bancario global, que apuntan a un daño sistémico, no un caso de instituciones aisladas como SVB, Signature, Credit Suisse.
Se vienen cinco años duros.