En estas fechas de pasión por el esférico y el pasto, es difícil escribir una columna sobre economía, pero haremos el intento.
Siempre me ha sorprendido el esfuerzo, tiempo y pasión que los mexicanos le dedicamos al futbol. Sobre todo, porque a pesar de semejantes despliegues de entusiasmo nacional, los resultados nunca tienen contentos a nadie. De hecho, esa parece ser la norma en el mundo, incluso en países que son potencias de ese deporte. Andrés Oppenheimer acaba de escribir una columna en el Miami Herald donde dice que nuevas investigaciones de economía del comportamiento demuestran que el futbol hace más gente infeliz que feliz, especialmente si las expectativas de desempeño de los equipos nacionales son altas. Esto es consistente con otros hallazgos de la economía conductual: los seres humanos tenemos una tendencia a evaluar las pérdidas con más sentimiento que las ganancias, aunque el monto de lo perdido o ganado sea igual. Es decir, duele mucho más perder 100 pesos que ganar la misma suma.
Por ello, cuando Arabia Saudita le gana a Argentina, “nos ganó un país que no tiene ni pasto”, dijeron en el país austral, y el llanto de Messi fue motivo de festividad nacional en la nación islámica.
Volvamos a los temas económicos. El periódico El Financiero de ayer decía, en su primera plana, que el Fondo Monetario Internacional está preocupado por el crimen y corrupción en México. Esto, seguramente, no será tema de la conferencia matinal del presidente López Obrador, y si lo es, solamente será para descartar al FMI.
La página dos de El Financiero de ayer nos dio la columna del maestro Enrique Quintana intitulada “Las cifras alegres del crecimiento”, donde nos dice que creceremos al 3 por ciento en este 2022, y que el consenso de especialistas indica que en el año próximo creceremos al 1.4 por ciento. Sin embargo, sabemos que viene una recesión en los Estados Unidos, y que eso puede complicar las cosas.
Como en el futbol, que la perspectiva no sea buena no parece preocuparnos a los mexicanos. Las expectativas que tenemos como nación respecto al balompié y el crecimiento económico jamás son buenas. En una de esas, por eso somos felices: porque no sentimos que perdemos. Ya veníamos perdiendo desde antes. Con que lleguemos a octavos de final está bien. Con que la economía crezca un poquito está bien. Con que haya para comer y para lo básico, está bien. Tenemos un gobierno malísimo, y lo hemos tenido siempre, pero está bien.
Si nuestro esfuerzo nacional estuviera menos en el futbol y más en las cosas que pueden mejorar objetivamente nuestro bienestar económico, igual y creceríamos más, pero probablemente no seríamos tan felices. En una de esas, la fuente de nuestra felicidad es que somos un grupo humano conformista. No quiero decir que somos mediocres porque no lo creo; hay mucho perfeccionismo en México, tanto como en otros países. Simplemente no somos ambiciosos, y nuestro perfeccionismo en las artes, letras, industria, servicios, futbol, no puede contrarrestar el hecho de que no enfocamos mejor nuestro esfuerzo para producir resultados económicos, pero sí para ser felices.
Quizá lo único que espero de este mundial es que los mexicanos veamos cómo se vive en una teocracia totalitaria, y reaccionemos en consecuencia, para que sigamos defendiendo las libertades de las que gozamos en México y que, como en otros lugares del mundo, están bajo ataque. Es increíble la corrupción de FIFA, pero mientras esa institución nos preocupe más que el gobierno mexicano, nunca podremos cambiar nuestro destino, y agregar algo de prosperidad a nuestros sentimientos de felicidad.
Creo que con esta columna se me nota que no soy entusiasta del futbol. No lo soy. Al presidente Salinas le parecía que cosas como el desempeño deportivo y la puntualidad de los aviones y otros transportes eran un signo de la calidad de un país. Tenía razón. Por ello, es importante que nos vaya bien en el futbol; tanto ahínco nacional debe ser una fuente de orgullo para más mexicanos.
En conclusión, cambiemos nuestra filosofía. No solamente es importante participar; también es importante ganar. Un poco de prosperidad no nos hará adustos. Al contrario, quizá refuerce nuestro carácter nacional de fiesteros y divertidos. Ojalá crezcamos en 2023 por arriba de la estimación. Ojalá a la selección le vaya bien en Qatar. Pero, más allá de los buenos deseos, tenemos que trabajar para que esos resultados se materialicen, y eso no necesariamente nos tiene que hacer menos felices de lo que somos.