Costo de oportunidad

Colombia siniestra

¿Qué sé de Gustavo Petro? Poco. Que fue parte del grupo guerrillero M-19. Menos violento que las FARC o el ELN, pero aun así, guerrilleros.

La elección del domingo pasado fue, para muchos compatriotas, una complicación. “Es como votar por el cáncer o por la lepra”, sentenció uno de mis tíos. Rodolfo Hernández, un viejito regañón que fue alcalde de Bucaramanga, y Gustavo Petro, un militante de la izquierda colombiana, llegaron mediante una elección primaria para contender en las urnas. Como ya sabe usted, se la llevó Gustavo Petro.

¿Qué sé de Gustavo Petro? Poco. Que fue parte del grupo guerrillero M-19. Menos violento que las FARC o el ELN, pero aun así, guerrilleros. Quizá el M-19 fue menos violento, y sí, fue el primero en transitar a la institucionalidad, para contender por el poder en las urnas y no disputarlo a balazos. Pero no eran hermanitas de la caridad. M-19 fue parte de la Colombia violenta y pistolera que ha sido un flagelo.

El 9 de abril de 1948, un candidato populista, con fuertes posibilidades electorales, murió asesinado. Se llamaba Jorge Eliécer Gaitán. Su muerte marcó el inicio de una lucha violenta entre las FARC, el primer grupo guerrillero, y el gobierno. Con el tiempo la violencia se complicó con la participación de narcos, paramilitares, guerrilleros y otros criminales en la política, y a la vez desarme de algunos grupos guerrilleros a cambio de participación política.

Colombia es un país desigual, quizá más que México. Las divisiones por raza y origen son evidentes. Poca población indígena autóctona, poca población mestiza-indígena, y más división entre descendientes de europeos, blancos, y los afrocolombianos. Quizá ese fue el hit de Petro: su compañera de fórmula. Hoy Francia Márquez, una afrocolombiana que ascendió de la pobreza a ser una reconocida activista ambiental, es la vicepresidenta electa de Colombia. Ahí hay una reivindicación histórica y un cambio en la matemática de la elección. El voto afrocaribeño y del pacífico fue decisivo. Ojalá la presidenta fuera Francia, y no Gustavo.

Hernández fue un alcalde bueno en su ciudad natal, Bucaramanga. Gobernó con una consigna anticorrupción, que fue su único punto discursivo en su austera campaña. Difícil saber quién de los dos era más populista. Hernández le robó algunas frases a López Obrador. “No robar, no mentir, no traicionar” fue uno de los lemas prestados.

De Petro sabemos que es el peor alcalde que ha tenido Bogotá. Dejó vencer los contratos de recolección de basura. Dejó caer los sistemas de transporte y de participación cívica de sus predecesores. Sembró odio de clase. ¿Le suena conocido?

Petro hizo campaña con una agenda redistributiva. Quiere gravar duro a los ocho mil colombianos más ricos. Los que no forman parte de ese 0.016 por ciento de la población, se sienten afortunados. La historia, colombiana y universal, cuenta otro cuento. Cuando el poder público se vuelca en contra de las élites, cortan pérdidas y se van a vivir a otro lugar. Los más ricos de Colombia se moverán a Estados Unidos y España. Eso atrasará el desarrollo. ¿Le suena conocido?

Hoy me dicen que Gustavo Petro es un pragmático moderado. Incluso hay colombianos de élite que comentan que ojalá salga como AMLO. (Suspiro).

La destrucción de países por atrición y polarización no es rápida, pero sí efectiva. El proceso de demolición de las democracias, y del fundamento liberal e individual de las economías de la región, empezó cuando dejamos a los sindicatos, gremios, guerrilleros, dictadores marxistas y tiranos de la región controlar la educación pública, desde la Patagonia hasta Tijuana. Hoy los liberales somos unos malditos; los violentos redimidos, los ‘progresistas’. Nuestra versión de capitalismo de compadres es mala; pero pensamos que el marxismo la suplirá y seremos felices comiendo perdices. No entendemos. Privilegiamos ideología sobre ciencia, sentimiento sobre razón, odio sobre ánimo constructivo.

La noción de progreso de un exguerrillero es muy distinta a la suya o la mía. Ya en el poder, el marxismo postula una dictadura del proletariado. Nuestra versión tropical incluye un antiyanquismo absurdo y pernicioso. La participación de la región en el PIB global lleva 50 años estancada, y así continuará, a menos que dejemos de vernos como lugar de injusticias y empecemos a hacerlo como región de oportunidades alcanzables mediante la inversión, la innovación, el estudio y el esfuerzo empresarial.

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