Costo de oportunidad

No llores por mí, presidente

Todos sembramos lo que cosechamos. El presidente de la República sembró vientos y está cosechando tempestades. Ojalá que su ira no destruya más de lo que ya hizo su ignorancia.

Dedicada al gran Carlos Loret de Mola.

El pensamiento socialista, de izquierda, de solidaridad obligada por el Estado, de abolición de la propiedad privada, de construcción de un hombre nuevo libre de egoísmo, es infantil. El idealismo sin anclas en la realidad es propio de las mentes inmaduras; si no nos gusta cómo funciona el mercado, pues hay que abolir el mercado. Si las leyes de Newton afectan nuestro constructo e ideales, pues hay que usar la política para abrogarlas.

Uno puede autogobernarse para no pecar. Uno, como cabeza familiar, puede lograr que los parientes acepten un marco moral, y que lo acaten mientras vivimos juntos. Cuando la gente se enfrenta a los incentivos del mundo real, ese freno moral que nos inculcaron no necesariamente se mantiene. Habrá el adulto que diga “mi mamá no me enseñó eso”, y se dé la media vuelta ante una situación moralmente cuestionable. También habrá otro que diga, “¿Por qué no voy a vivir como sultán en Houston sin trabajar?”.

Hay cosas moralmente reprobables, que no están castigadas por las leyes. En los eventos de los últimos días en donde el presidente de México ha arremetido contra un periodista, nos damos cuenta de que ni él ni su familia tienen la más pálida idea de qué es un conflicto de interés, qué es el derecho de réplica, cuáles son los derechos individuales de un periodista, tutelados por las leyes de la República. La corrupción tiene múltiples facetas. No solamente es corrupción la dádiva que pide el policía porque tienes tu luz trasera fundida, o los fondos sustraídos de un programa de subsidio agrícola. Cuando los parientes de un funcionario de primer nivel pudieran haber beneficiado a terceros, o a sí mismos, a partir de su relación de parentesco, ahí hay un conflicto de interés. Ese conflicto de interés tiene que declararse antes de que ocurra, y se tienen que establecer los mecanismos para que no se materialicen beneficios indebidos alrededor de una relación familiar.

Todos sembramos lo que cosechamos. El presidente de la República sembró vientos y está cosechando tempestades. Centralizar el poder hizo que el único pararrayos de la corrupción en su gobierno fuera él. Don Andrés Manuel quiso negar la existencia de corrupción en su gobierno. Pensaba que la rectitud del líder haría rectos a quienes le rodeaban. Error, un jitomate podrido pudre a todos. Nadie ha sabido de una fruta sana que cure de la podredumbre a las que la rodean. Él cobijó a impresentables, como Manuel Bartlett, villano emérito de la telenovela nacional desde hace décadas, dio licencia para que muchos de sus cercanos dijeran, “¿y por qué yo no?”

Este columnista es chillón. Dicen que Porfirio Díaz también lo era, y hoy vimos al presidente en esa faceta que no le conocíamos: derramando una lágrima por la delicada situación en la que se puso y en la que lo puso su hijo. Esto que está pasando no es culpa de Loret de Mola. Es periodista, es acucioso, y ha hecho su trabajo. Tampoco es culpa de Mexicanos contra la Corrupción, ni de una conspiración de los conservadores golpistas en contra de López Obrador y su gobierno. Todo es culpa de él, del propio Andrés Manuel López Obrador. También habrá parte de culpa de su hijo, José Ramón López Beltrán. De un chillón a otro, presidente: nadie suda calenturas ajenas. Cada cual suda las suyas. Deje que su hijo sude las que le toquen, y usted sude las suyas.

De un chillón a otro, se lo digo con franqueza, señor presidente: lloramos cuando estamos frustrados porque las cosas no salieron como nos las imaginábamos. Porque pensábamos que el mundo funcionaba de una forma, y funcionó de otra. Porque lo que dijimos, hicimos y trabajamos no sirvió para cambiar la realidad, y las cosas se salieron de control sin que pudiéramos hacer nuestra voluntad.

El llanto presidencial transmite y causa emoción, especialmente de sus partidarios. También muestra por qué la gente que tiene estudios no apoya al licenciado López Obrador. Es fácil venderle una visión idílica del futuro al que ya no tiene esperanza porque no entiende cómo funciona el mundo. Los que sí entienden y critican solamente pueden sufrir el berrinche del ignorante, quien incidentalmente es el hombre más poderoso del país. Esperemos que su ira descontrolada no destruya más de lo que ya fundió su ignorancia.


COLUMNAS ANTERIORES

Sputnik, Apolo y Olinia
El trillonario y la periodista

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.