Costo de oportunidad

CIDEmocracia, no autocracia

‘Destruir una institución plural y de excelencia como el CIDE es un crimen’.

No estudié en el CIDE. De hecho, muchos de mis maestros y amigos en el ITAM, en la primera mitad de los años 1990, despreciaban un poco a esa institución. No por su calidad, o por su politización – ni modo que los estudiantes, estudiosos y académicos de las ciencias sociales fuéramos apolíticos –. La razón era distinta, friedmaniana. Muchos sabios de la educación en esos años concluyeron que la educación superior, mientras más superior, genera más ganancias privadas para quien la recibe, que ganancias públicas. En esa línea de pensamiento, ese tipo de educación tendría que ser privada, e incluso costosa, porque el beneficio social derivado de graduados y postgraduados a nivel alto se creía mucho menor que el beneficio privado.

Me impresionó mucho durante mis años en IMCO tanto la calidad académica como las cualidades morales de los graduados de esa institución. Gente de primera en todos los sentidos. Con un manejo extraordinario de las herramientas matemáticas y estadísticas que se esperan de un científico de las ciencias exactas, pero con una gran cultura de las ciencias sociales, y con un especial sentido social.

Fausto Hernández Trillo escribió y describió un punto de vista muy distinto sobre la macroeconomía que la mayoría de sus colegas y contemporáneos. Carlos Elizondo, quien fue rector de la institución, es uno de los politólogos más agudos que conozco, junto con María Amparo Casar y otros catedráticos de esa institución. Jana Palacios, la gran economista MBA y especialista en políticas públicas, cursó uno de sus dos posgrados en el CIDE, y la diferencia se nota con otros egresados del ITAM: Jana es mucho más humanista que la itamita promedio. Pasa igual con Miriam Grunstein: mi amiga, la gran abogada energética, itamita y  otrora profesora en el CIDE, maestra que dejó huella en todos los cideítas que conocí y que fueron sus alumnos.

En IMCO tuvimos a Melina Ramírez, una extraordinaria economista con trastorno obsesivo compulsivo, que contribuyó enormemente a la construcción de las bases de datos institucionales. Tuvimos a Carlos Grandet, un joven investigador con un talento como pocos, que hoy es un activo de ciencia de datos de uno de los principales bancos del país. Hace un año, Valeria Moy, la directora general del IMCO, trajo a Manuel Toral, quien nos dio un excelente curso de ciencia de datos con la plataforma estadística R. César Reséndiz, un joven politólogo egresado del CIDE, hoy está en el laboratorio de políticas públicas que dirige Eduardo Sojo en la institución. Ana Laura Martínez, doctora por la institución, es un baluarte por sus investigaciones sobre discriminación en el sector financiero. Gustavo del Ángel, quien fuera mi profesor en el iTAM, encontró vocación en el CIDE con alumnos verdaderamente excelentes, muy bien seleccionados, no solamente por sus credenciales académicas: también el CIDE admite a personas que de otra forma no podrían estudiar licenciaturas y posgrados en ciencias sociales. Hay más: John Scott, el gran investigador en materia de pobreza y gasto público, Alejandra Elizondo, Enrique Cabrero, Sergio López Ayllón, Ana Laura Magaloni, Macario Schettino. La lista de mexicanos y extranjeros notables egresados ahí no acaba.

Seguramente omití a varios CIDEítas que han dejado huella en mi vida, en las instituciones en las que he trabajado, y que ciertamente contribuyeron a humanizar a un neoliberal como yo. Mil disculpas a quienes no mencioné. Pero, por las contribuciones del CIDE a México, es una institución que debemos cuidar y preservar. Es una institución democrática, donde se da lugar a la opinión y la voz de académicos, estudiantes, trabajadores y directivos.

No existe la ciencia neoliberal, como la califican algunos funcionarios de esta administración. De milagro no dijeron “ciencia judía” o “ciencia hereje”. Destruir una institución plural y de excelencia como el CIDE es un crimen. Pocas cosas pueden atrasar peor a México que estas purgas y pogromos académicos. Ojalá el presidente de México recoja este mensaje, aunque sea de segunda mano: si su admiración está con Juárez, entonces debería buscar reformas incrementales en el México construido, no destrucción de todo, como en la independencia, como en la revolución. Hay premisas y promesas falsas en las pugnas violentas y polarizantes que todo lo destruyen.

Las opiniones son responsabilidad del autor, y no representan el punto de vista de las personas o las instituciones mencionadas.

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