Costo de oportunidad

Carta de Kabul a Acapulco

La crisis de Afganistán es un reflejo más que la guerra contra las drogas ha fracasado en todo el mundo.

En estos días se leen comentarios en todas partes que no debería importarnos la situación en Afganistán; que deberíamos estar hablando de la violencia en México.

Las mariposas en Sri Lanka no causan huracanes en México. Sin embargo, en los mercados sí existen algunos efectos concatenados. Hace años, cuando Calderón presidía México y Obama, Estados Unidos, mis colegas Alejandro Hope y Eduardo Clark calcularon qué pasaría con el ingreso de los cárteles mexicanos con la legalización de la producción de mariguana en diversos estados de la Unión Americana. Una combinación de tecnología de producción de mariguana genéticamente modificada y costos reducidos de transporte, predijeron que los cárteles perderían una fuente significativa de su ingreso, y que ello resultaría en un incremento en la violencia.

Es posible que haya un efecto similar con la retirada de las tropas de Estados Unidos de Afganistán. A pesar de que oficiales de ese país han dicho que los esfuerzos antinarcóticos de Estados Unidos continuarán en la región, la realidad es que el talibán está contando con que aumente la producción de opio como una fuente de ingreso para su gobierno.

Una nota de Jonathan Landay de la agencia Reuters, publicada el 16 de agosto, revela que la producción de opio puede ser cercana a 7 por ciento del PIB afgano. Algunas fuentes estiman el ingreso del talibán por esa vía en 400 millones de dólares, otras disputan ese número y lo ubican en 40 millones. La Agencia de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés) estima la producción afgana en casi 10 mil toneladas, que representan 80 por ciento de la producción global.

Por volumen, Afganistán puede ponerle precio al opio del resto del mundo. También, porque es muy posible que sus costos de transporte para llegar al mercado de Estados Unidos sean altos, entonces es muy probable que sean el productor de más alto costo una vez que se considera la logística. Un incremento de la oferta afgana, combinado con el fenómeno del fentanilo chino, utilizado especialmente para mezclarse con heroínas como la de México, seguramente empujará a la baja los precios de la heroína y otros opiáceos.

Estados Unidos vive, desde hace décadas, una verdadera epidemia de abuso de los opiáceos. Los médicos allá recetan medicamentos que los contienen. Mucha gente con dolores crónicos se vuelve adicta a los opiáceos por esta vía. Una vez que les retiran las prescripciones, se mueven a sustitutos, como la heroína, el fentanilo, o una combinación de estos. El fentanilo, decenas de veces más potente que la heroína, reduce los costos de los minoristas, pero también exacerba el riesgo de sobredosis.

La crisis de Afganistán es un reflejo más que la guerra contra las drogas ha fracasado en todo el mundo. A pesar de 20 años de presencia de los militares de Estados Unidos en ese país, los esfuerzos para la erradicación del cultivo de opio han sido inútiles. En 2000, antes de la ocupación de Estados Unidos, el talibán había prohibido el cultivo de goma de opio, y esa medida resultó ser impopular. Hoy están involucrados en toda la cadena: producción, refinación, distribución y cobro de protección y derecho de piso a los productores. Los esfuerzos antinarcóticos estadounidenses explican en parte las dificultades que tuvieron para legitimar al gobierno civil de Afganistán durante dos décadas.

Afganistán logró, durante muchos años, canalizar una parte de su producción a la industria farmacéutica legal. Quizás los eventos geopolíticos ayuden a que países productores con menos volumen, como México, puedan ocupar ese lugar en el mercado.

Lo segundo que tenemos que aprender es que las drogas deben legalizarse, aunque sean drogas duras. La legalización y regulación de drogas permitirá controlar las dosis y reducir la violencia. El narcotráfico tiene que convertirse en un negocio que pague impuestos, y que pueda dirimir sus controversias en las cortes y no a balazos. Es cierto, mientras Estados Unidos se mantenga en la posición de pelear una guerra contra las drogas, los países que legalicen no se verán muy bien. Un esquema de rehabilitación de adictos en clínicas mexicanas podría ser un acto de cooperación bilateral mutuamente benéfico.

Si Estados Unidos no legaliza los opiáceos, México tendría que prohibir la exportación de esas sustancias a su país. Dicho eso, podríamos ayudarles a cambiar el paradigma, para que sean médicos y no soldados los que resuelvan el flagelo de las drogas. Habrá que decirles: “Remember Afghanistan”.

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