Costo de oportunidad

Mejor no me ayudes, compadre

En esta semana amanecimos con la noticia de que quienes llevan el GLP a los hogares no están saliendo a vender.

Siguiendo el anuncio de precios máximos del gas licuado de petróleo (GLP), los mayoristas de ese producto cortaron la comisión por distribución a los minoristas. En consecuencia, en esta semana amanecimos con la noticia de que quienes llevan el GLP a los hogares no están saliendo a vender.

Esa fue también la reacción de los mayoristas del mercado farmacéutico, ante la insistencia del presidente sobre las utilidades excesivas de ese tipo de empresas. México, con 1.6 por ciento de la población global y 1.4 por ciento del PIB del planeta, no son mercados lo suficientemente grandes para que podamos imponer nuestra manera de ver el mundo a empresas gigantes.

En los productos básicos alimentarios, la gran política pública fue crear una comercializadora agrícola que empuja el precio pagado al productor al alza, lo cual hace que muchos distribuidores se queden sin margen y se salgan del negocio de distribuir alimentos. A ver si de Segalmex no salen algunos escándalos calibre Conasupo en poquito tiempo. ¿Por qué, si esa película ya la vimos, y es más mala que el cáncer, nos la siguen pasando?

Estas intervenciones han resultado en escasez, alzas de precios y otras complicaciones. La tristeza es que pensábamos que los políticos nacionales de los años 70 en adelante ya habían aprendido la lección, y que ya no tendríamos ese tipo de situaciones. A esto nos referimos cuando decimos que la cuarta transformación es un retroceso en la historia nacional: cosas que funcionaban bien, ahora funcionan mal; lo que estaba más o menos, está desapareciendo, y lo que no existía, ni esperanza de que se cree ahora.

Si el Estado no cumple su función con bienes públicos esenciales como los hospitales, no es de extrañarse que en una crisis como la pandemia por Covid, que ahí sigue, suban los precios de ciertos insumos de uso hospitalario, como el oxígeno. Si el Estado se retira del negocio de las estancias infantiles, a la gente no le alcanza con el subsidio en efectivo para contratar cuidado privado para sus hijos. Esa es una función que requiere escala y capacidades de administración de riesgos que pocas empresas pueden tener, y por eso el Estado estaba en esos negocios.

Igual ocurre con la electricidad. El mundo al revés: primero despachen la energía de los generadores caros e ineficientes, simplemente porque son del Estado.

Paran los permisos de importación de gasolina, con el argumento que “hay que controlar la evasión fiscal”. Que sepamos, no están persiguiendo a ningún importador de ese ramo por evasión fiscal. No se ven cambios notables en la recaudación por IEPS, que además son impuestos donde la evasión es cero. ¿Dónde está la evasión fiscal que quieren resolver?

La entrada de los militares a los negocios: aterrador. ¿No deberíamos tener pocos militares, porque no participamos en guerras internacionales? ¿No deberíamos tener más policías para mantener bajo control al crimen organizado? Si el Estado tiene el monopolio de la violencia, los particulares no podemos, ni debemos, encargarnos del problema de la seguridad pública. ¿Queremos ser como Guatemala, país donde hay más guardias privados que soldados y policías?

El Estado comerciante, productor, negociante, distribuidor, redentor de la economía de las clases populares, es un despropósito. La economía no podrá progresar nunca si la huella estatal sigue creciendo de esa forma. Para los particulares, es imposible competir con empresas que no quiebran, porque tienen el capital estatal atrás de ellas. Si el que hace las reglas, las tuerce para que sus empresas sean las únicas que progresen, regresaremos a ser un país que produce pocas cosas caras y con baja calidad.

La filosofía de los priistas de antes, que es la misma que tiene la cuarta transformación, es que el Estado mexicano tiene tres enemigos fundacionales. Los empresarios, los intelectuales y Estados Unidos. La filosofía que había imperado desde 1988 hasta hoy era distinta: no hay enemigos fundacionales con la excepción de la pobreza, la corrupción, el autoritarismo, la falta de libertades, la extorsión, el abuso del poder, las concentraciones de mercado, el proteccionismo comercial, la supresión de los mercados, la baja calidad de los servicios de educación y de salud, la deteriorada seguridad pública, el narcotráfico y el crimen organizado.

Regresemos a un México donde lo importante importe. Competencia y regulación son las recetas que permitirán mejorar el bienestar de los mexicanos. Lo demás es demagogia, ansia de poder, y destrucción del orden social.

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