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El PRI

02/07/2019
Actualización 02/07/2019 - 13:47

El Partido Revolucionario Institucional es el siglo XX mexicano. Aunque los miembros de ese partido suelen considerar su fundación el 4 de abril de 1929, con el nombre de Partido Nacional Revolucionario, a manos de Plutarco Elías Calles, jefe máximo de la Revolución, a mí me parece que el verdadero constructor de esa institución fue Lázaro Cárdenas, en 1938. Mientras que el PNR era un mecanismo de negociación entre líderes político-militares subordinados a la persona, el Partido de la Revolución Mexicana, creado por Cárdenas, era una organización con dos estructuras, una regional y otra corporativa, que agrupaba a obreros, campesinos y militares, subordinados al presidente y no a Lázaro Cárdenas como persona.

Esa construcción institucional, que el mismo Cárdenas tuvo que defender hasta su muerte, permitió los caminos de desarrollo político a líderes regionales y de sector, la construcción de una disciplina extraordinaria y la captura de todo el funcionamiento social y político de México por los siguientes 50 años. Es justo el hijo del general, al romper con el PRI, quien inicia el declive del sistema, a fines de 1986. Poco a poco, el partido que nunca había perdido una gubernatura o una senaduría, ya no digamos la presidencia, empezó a tener dificultades para mantenerse. Hoy podría haber llegado a su fin.

En agosto, este partido elegirá a su nuevo dirigente, que será Alejandro Moreno, a quien llamaban Alito, pero ahora le dicen Amlito. Como ya lo han comentado colegas con información directa, Moreno no sólo tiene el apoyo de la mayoría de los gobernadores de su partido, sino del mismo presidente López Obrador. Quienes no lo apoyan creen que entregará al PRI. No es algo imposible.

En este momento, de los 12 gobernadores del PRI, sólo tres no tienen un Congreso local controlado por Morena: Coahuila, San Luis Potosí y Zacatecas. Los demás, la verdad, están de adorno. Dependen de ese Congreso, de los recursos federales y, por lo mismo, del superdelegado que se les impuso. El PRI tiene 47 diputados (de 500) y 14 senadores (de 128). En los hechos, representa más o menos 10 por ciento del electorado, que es algo, pero no da para convertirse en una opción real de poder. Menos, cuando Morena ha ocupado parte de su espacio ideológico, y mucho de su espacio político.

Hoy, el principal aporte del PRI es sumar sus 14 senadores al bloque opositor que impide que López Obrador tenga mayoría calificada en ambas cámaras, y con ello la posibilidad de cambiar la Constitución a su antojo. ¿Podría cambiar esto con la nueva dirigencia? ¿Podría dejar ese bloque Ángel García, de Morelos? ¿O la presión estatal será suficiente para sacar a Manuel Añorve (Guerrero), a Verónica Martínez (Coahuila), Claudia Edith Anaya (Zacatecas), Mario Zamora (Sinaloa)? ¿Por cuestiones financieras, qué harían los hidalguenses Mayorga y Osorio? ¿Por acercamiento ideológico y debilidad en la base, Eruviel y Beatriz? Imagine usted lo que sufre en este momento Carlos Aceves del Olmo, líder de la CTM, prácticamente arrollado por Gómez Urrutia.

En este momento, la coalición de López Obrador necesita ocho senadores para tener la mayoría calificada. Con eso, podría modificar la Constitución a su antojo. Debe existir la tentación de vender al PRI, convertirlo en un Verde Plus y tener un buen negocio político. Algunos de los políticos mencionados no tienen fuerza suficiente para oponerse, y menos si su dirigencia los presiona.

Pero, en el fondo, no debemos olvidar la personalidad. No hablamos de Lázaro Cárdenas, ni siquiera de Plutarco. Hoy, quien concentra todo el poder en sus manos es un destructor, a diferencia de aquellos dos. Precisamente por eso, la mejor estrategia es aguantar: no habrá nada después de él.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.