El bandido estacionario
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El bandido estacionario

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El bandido estacionario

09/04/2019
Actualización 09/04/2019 - 11:52

Ayer comentamos que todas las sociedades humanas, más allá de las pequeñas bandas propias de los cazadores-recolectores, requieren la existencia de una estructura de poder, que controla la fuerza, depende de la legitimidad, y tiene un peso extraordinario en los recursos de la sociedad.

Pensando en esa época que llamamos Edad Media, Mancur Olson propuso que entendiéramos al Estado (gobierno) como el 'bandido estacionario'. Imaginaba los pequeños establecimientos después del hundimiento del Imperio Romano: pequeños lugares en que vivían unas pocas personas, que eran asolados frecuentemente por grupos que robaban las cosechas, las mujeres, destruían y mataban. La solución que finalmente encontraron esos pequeños establecimientos fue someterse a un bandido único, fijo, que a cambio de quedarse con parte de la cosecha y posiblemente de las mujeres, garantizaba que otros bandidos no se acercaran.

Es decir: el bandido estacionario ofrecía 'seguridad nacional' y poco después 'impartición de justicia', a cambio de 'cobrar impuestos'. Impedía abusos del exterior, controlaba las disputas internas y se quedaba con parte de lo producido. De acuerdo con lo que platicamos ayer, es muy posible que este arreglo haya aparecido hace 10 mil años y, con diferentes formas y detalles, sea lo que tenemos hoy. Hasta fines del siglo XIX, los gobiernos hacían prácticamente nada más eso: seguridad nacional e impartición de justicia, a cambio de cobrar impuestos. En esos años, entre el 5 y el 10 por ciento de lo producido.

Hoy, como sabe usted, los impuestos en los países desarrollados son mucho mayores a eso. Promedian 45 puntos y llegan a ser de 60 en los países que rondan el Báltico. La razón es que durante el siglo XX le encargamos al Estado hacer muchas otras cosas: educación, salud, seguridad social para todos. Los países que cobran menos impuestos, y pretenden que su gobierno haga todo eso, quiebran con alguna frecuencia, como México.

Pero lo relevante ahora es recordar que la estructura de poder, el gobierno, es indispensable para que la sociedad funcione, pero al mismo tiempo es un costo para ella. Una parte de lo producido acaba en manos del gobierno, que con ello financia su fuerza, el mantenimiento de las creencias, y una vida holgada para quienes participan en él.

En pocas palabras, dedicarse a la política, en todas partes del mundo, desde hace 10 mil años, es una profesión asociada a una vida de abundancia. Tal vez podamos encontrar algún gobernante austero, pero es algo muy, muy raro. Lo normal es que estas personas busquen el poder, y lo ejerzan, en beneficio propio y de su grupo, intentando no destruir las capacidades de la sociedad (para no matar la gallina de los huevos de oro, pues).

Siguiendo el argumento, debería ser claro que no existen políticos que busquen el beneficio de la sociedad. En el mejor de los casos, buscan que la sociedad no se destruya, pero están pensando en el beneficio de su grupo y de ellos mismos. Afortunadamente, en el último siglo ya podemos incluir mujeres, así que también de ellas mismas.

Por si faltase algo para confirmar lo anterior, le recuerdo que Kenneth Arrow demostró, hace 56 años, que no puede buscarse el beneficio de la sociedad, porque la sociedad no quiere nada: es imposible construir un ordenamiento de cosas que la sociedad pudiera querer, si consideramos que esa sociedad está formada por personas mínimamente racionales. No existe el bienestar de la sociedad, el bien común, la voluntad nacional, o cualquier cosa que se parezca.

Así que cuando usted se encariña con un político, lo que está haciendo es sumarse al grupo que ese político encabeza. Nada más. Alguien tenía que decírselo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.