Para nadie es noticia que el Estado no está funcionando, y se han propuesto nombres para designar la falla. Por un lado, algunos hablan de Estado fallido, mientras que otros se refieren a un Estado capturado. Ambas ideas creo que tienen sentido, pero me parece que no reflejan por completo lo que ocurre hoy en México. Quisiera proponer una idea un poco diferente: el Estado hueco.
Se le llama Estado fallido a aquel que no puede cumplir las funciones básicas que asociamos a esa figura política: seguridad nacional e impartición de justicia, pero también la recaudación necesaria para financiarlas. Comúnmente se ha asignado esta etiqueta a países africanos en los que el Estado prácticamente desaparece en los hechos, pero sigue existiendo de nombre. En la realidad, son “señores de la guerra” los que controlan las regiones, las defienden de los demás, y deciden sobre vidas y haciendas de los que ahí se encuentran.
Se ha propuesto que ese es un posible futuro de México, debido al derrumbe institucional que hemos presenciado, a la incapacidad manifiesta de quienes están en el poder, y a la creciente fuerza de grupos criminales en ciertas regiones del país. Aquí mismo hemos planteado ese caos como un posible resultado del derrumbe que hoy vemos, pero me parece que no hemos llegado ahí.
La otra propuesta es el Estado capturado, es decir, un Estado que existe y funciona, pero que está bajo control de grupos de interés, poderes fácticos como luego les dicen. También me parece que hay algo de cierto en esta idea, y que podría ser perfectamente aplicable a gobiernos locales, pero no al Estado en su conjunto. Hoy tenemos mucha evidencia de asociación con grupos criminales para ganar elecciones, de decisiones que han debilitado a las Fuerzas Armadas mientras fortalecían a esos grupos, o incluso de delitos cometidos por una combinación de militares, marinos, funcionarios y criminales, como es el caso del contrabando de combustible. Pero no estoy seguro de que pueda extenderse eso al resto del Estado.
Por eso me permito proponer la idea de Estado hueco. Lo que tenemos hoy es un cascarón, que sigue “cumpliendo” las funciones del Estado que conocíamos, pero nada más de forma nominal. Hay, por ejemplo, todavía un sistema de salud pública, al que puede asistir la gente, pero en el que no serán atendidos, o eso ocurrirá tarde, no habrá material sanitario ni medicinas, aunque algunos afortunados lograrán llegar a niveles superiores donde todavía hay médicos de excelencia.
Algo similar se puede decir del sistema educativo. Hay escuelas, maestros, clases, pero no hay contenido útil, ni evaluaciones, ni aprendizaje. Las autopistas no han desaparecido, pero no pueden transitarse de noche, y en el día requieren ahora más tiempo para recorrerse. Las finanzas públicas no se han hundido, pero la ruta en que van no permite tener esperanzas.
Las instituciones son ahora un simple cascarón. Hay un poder Legislativo, que es oficialía de partes del Ejecutivo. Hay uno Judicial, encabezado por ignorantes, tramposos o bandidos. Las fiscalías no solo no pueden armar casos, ni siquiera logran construir mentiras creíbles. Los gabinetes, empezando por el federal, están llenos de incompetentes, sin presupuesto ni personal capacitado, con lo que la gestión pública ha desaparecido.
En suma, nominalmente el Estado existe, pero en los hechos es la inercia la que impide el derrumbe definitivo. En muchos lugares, quienes gobiernan llegaron ahí aceptando ese poder nominal, a cambio de entregar el poder real a los grupos criminales. En otros, ese poder real simplemente dejó de existir. Si lo quiere ver de otra forma, dentro del cascarón hay señales de captura tanto como de fallo. En el cascarón, lo único que hay son palabras matutinas, huecas, aisladas, perdidas.