El día de hoy se espera que Estados Unidos confirme que no renueva el T-MEC, que entra por ello en el proceso de revisión anual previsto desde su firma. Estas revisiones anuales pueden ocurrir durante 10 años, y solo en caso de que nunca se logre un acuerdo, terminará la relación comercial. Dicho de otro modo, no pasa nada especial, sino que seguimos en las discusiones que se han tenido en los últimos meses.
Cuando Trump fue presidente por primera vez, canceló la participación de Estados Unidos en el Transpacífico (TPP) y exigió que NAFTA se renegociara, porque era el peor acuerdo comercial en la historia de la humanidad. Obviamente no era así, pero él no se detiene en adjetivos. En lugar de ese acuerdo, se firmó el actual, que nosotros abreviamos como T-MEC.
A mí me parece un acuerdo inferior a NAFTA, especialmente para México, porque reduce las restricciones internas. Justo por eso el gobierno mexicano se sintió liberado para destruir el sector energético, como lo ha hecho. Bajo el acuerdo anterior, eso hubiera sido imposible. Aunque en aquél, México dejaba fuera ese tema, cada reforma constitucional en México implicaba un piso del que no podía regresarse. En consecuencia, la reforma energética de 2013 habría sido muy difícil de revertir.
Entiendo que uno de los temas que más interesan a Estados Unidos ahora es precisamente el energético, pero ahora tienen menos instrumentos. Ojalá los tuvieran, porque cada día estamos en peor situación en ese rubro, y no parece que eso se entienda en nuestro gobierno (como lo expuso Carlos Elizondo el domingo).
Lo que debe ser claro es que el T-MEC no se acaba hoy, ni en algún horizonte esperable de tiempo. Trump no tiene interés en darse un golpe de ese tamaño, pero sí estará buscando opciones que le permitan obtener más votos en su país, y lo que pueda robarse. Recuerde que son las únicas dos cosas que le importan. Así que no haga caso de opiniones alarmistas al respecto.
En ese mismo tenor, conviene referirnos a la reciente circular del Banco de México que anuncia que hará compras de algunos bonos del gobierno mexicano, en operaciones del mercado secundario. Algunas personas interpretaron esto como la posibilidad de que el Banxico financie el déficit público, como lo hacía en los años 70, facilitando la ruta hacia la crisis. No es así, es un instrumento que el banco se otorga para poder dar al mercado la liquidez necesaria, evitando que, por la razón que sea, de pronto haya demanda de dinero y no pueda ponerse en circulación. Eso provocaría tasas de interés más elevadas de lo necesario, y en ciertas circunstancias, podría llevar a malas decisiones de los intermediarios. En pocas palabras, es una opción más del Banco de México, que se comunica con transparencia. Tampoco se preocupe.
Ahora que si se quiere preocupar, para eso están las finanzas públicas. Para el periodo enero-mayo, en este 2026 los ingresos del sector público fueron menores, en términos reales, que el año pasado. En cambio, los gastos crecieron. Ambos son movimientos menores, pero al sumarlos, en direcciones opuestas, implican un incremento en el déficit. De enero a mayo, este año le han faltado poco más de 420 mil millones de pesos al sector público; el año pasado, la diferencia era de 250 mil millones. Para que se preocupe, le digo que en 2024, justo los meses en que se creó la burbuja para llevar a votar, esa diferencia era de 560 mil millones. Estamos más cerca de ese 2024 que del año pasado, a pesar de que la inversión del gobierno se ha reducido 40% contra lo gastado entonces.
No busque noticias amarillistas del T-MEC o de Banxico, basta con mantenerse atento a cómo avanza la crisis fiscal.