Fuera de la Caja

Clásicos

La rivalidad Chivas-América era un claro reflejo del conflicto entre la capital y la “provincia”. Debe ser simple coincidencia, pero precisamente Guadalajara y Ciudad de México encabezaron durante el siglo XIX las dos grandes alternativas para la construcción nacional.

El domingo pude ver el partido Pumas-América. Hacía mucho que no veía futbol mexicano, que es una variante del soccer que se practica en Europa. Fue el segundo partido para la calificación a semifinales, y acabó empatado, igual que el primero, a tres goles por bando. Mientras lo veía, estuve también atento a las opiniones que aparecían en Twitter, comunes cuando hay partidos. Se me ocurrió que, de cierta forma, el futbol es un reflejo de la política nacional, que podría ayudarnos a entender mejor la evolución de las últimas décadas.

Cuando era niño, el clásico del futbol mexicano era Chivas-América. Creo que había un par de equipos más en Jalisco, uno de ellos el Atlas, que era mi preferido en esos años. En Ciudad de México había varios más. Los dos de Monterrey, desde entonces, eran equipos competitivos pero sin proyección nacional. Para sus aficiones, la temporada era una especie de obligación que había que cumplir para llegar al evento relevante: Tigres-Rayados.

En esa década, los años 70, ocurrió la gran transformación del Cruz Azul, al grado de que reemplazó a Chivas en el enfrentamiento cumbre. El “clásico joven” le decían entonces. Para cuando tuvimos nuestro segundo Mundial, sin embargo, esa época había pasado e iniciaba la que hoy vivimos, en la que el gran partido del América ya no es contra Chivas o Cruz Azul, sino contra Pumas.

Supongo que detrás de esto hay muchos factores, empezando por el dinero y la publicidad, que al América le sobran, e indudablemente abundantes elementos propios del futbol: estrategias, directores, jugadores. De eso no sé, pero creo que hay algo que va más allá de todo ello que explica el tránsito de los equipos contrarios.

La rivalidad Chivas-América, además del tema futbolístico, era un claro reflejo del conflicto entre la capital y la “provincia”. Debe ser simple coincidencia, pero precisamente Guadalajara y Ciudad de México encabezaron durante el siglo XIX las dos grandes alternativas para la construcción nacional. La primera era el eje de los “virreinos” del norte, además de ser la capital de Nueva Galicia. La segunda, como capital de Nueva España, se sentía elegida para gobernar el nuevo país. Más allá de cómo siguió la historia, la mala opinión sobre la capital y los capitalinos es claramente más notoria en esa región de lo que se encuentra uno al sur y al este, es decir, en la antigua Nueva España. El reino de Yucatán se ha mantenido tan al margen como ha podido, incluso prefiriendo el beisbol.

En los años 70 vivimos la primera ola de populismo de clase, hoy de regreso en el poder. Nuevamente debe ser coincidencia que el equipo al que seguían los clientes del cemento, los albañiles, se convirtiera en el gran adversario del monopolio televisivo. Ya no teníamos un país que vivía anclado en la disputa federalismo-centralismo, ya éramos un moderno país en plena lucha de clases. La gran crisis en que terminó ese populismo, que nos puso al borde del desastre (sólo evitado por Manuel Negrete con tremendo gol de tijera en el Mundial), dio paso a la transformación política.

Tercera curiosa coincidencia, es en esta etapa que la rivalidad máxima ya no tiene su origen en el federalismo o la lucha de clases, sino en la aún más moderna división izquierda-derecha: la universidad contra el capital, la intelectualidad contra la televisión, la superioridad moral contra el poder del mercado.

Ya decía que no tengo idea del futbol, ni podría explicar esas rivalidades bajo ese tenor. Es sólo que, viendo ese partido, me llegó a la mente esa serie de rivalidades, y esas curiosas coincidencias con etapas políticas diferentes. Tal vez convendría sumar a esto la decreciente popularidad de este deporte, pero ya no da el espacio. A lo mejor ayudaría a imaginar el futuro.

COLUMNAS ANTERIORES

Sugerencia
Cortes y Cortés

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.