Fuera de la Caja

Fin de época

Aquí estamos. Endeudados para comprar votos, perdiendo dinero.

Dijo que la corrupción desaparecería solo con llegar él a la Presidencia. Que su ejemplo de honestidad guiaría a todo el gobierno. Dijo que terminaría con la violencia casi de inmediato. Dijo que la economía crecería al 6% anual. Mintió en todo. La corrupción de los últimos ocho años es la más grande de nuestra historia, que ya tenía ejemplos notables; el crimen organizado se extendió y, entre muertos y desaparecidos, perdemos más de cien mexicanos al día. El crecimiento, apenas una décima parte de lo prometido.

Van ocho años de mentir, robar y traicionar, para usar sus propias palabras. Hoy, México es mucho más débil que en 2018, en todas las dimensiones que quiera usted evaluar. Incluso en el tema de pobreza, que medimos mal, pero que tanto importa para algunos, estamos en peores condiciones: los niveles actuales se sostienen con deuda pública, que va directamente a la compra de votos (perdón, a reducir la pobreza), o con cierre de empresas que no pueden cubrir un salario mínimo muy superior a la productividad del trabajo.

Pero los mexicanos están acostumbrados a las mentiras. Las aprendieron en primaria. El discurso legitimador del régimen de la Revolución es una serie de mentiras acerca del pasado, el presente y el futuro de México. En ese cuento vivimos todo el siglo XX y lo seguimos haciendo hoy. Un pasado glorioso que nunca existió, un presente de humillación desde el extranjero y el capital, un futuro de revolución social. Aunque ese régimen se vino abajo con las crisis de los años 70, sus defensores se organizaron para regresar, enarbolando el mismo discurso, ahora además dirigido contra sus adversarios del momento, que llamaron “neoliberales”.

Pero ese discurso no alcanzaba para ganar y los pilares corporativos del viejo régimen ya no tenían la fuerza suficiente. Hubo entonces que conseguir apoyo en el lado oscuro de la fuerza. No fue suficiente en 2006 ni en 2012, pero sí en 2018. El echeverrismo regresó al poder, acompañado de la siguiente generación, la que se formó en ese sistema universitario que aquel presidente usó para asimilar a la izquierda revolucionaria, dejándolo en ruinas.

Un movimiento excluyente, indisciplinado, voraz e incompetente, encabezado por un maestro en el arte del engaño. Tal vez era el fin natural de un régimen corporativo, impuesto a la fuerza, promotor de la ignorancia. Tal vez era lógico que los fetiches del fundador, el petróleo y la droga, terminaran siendo las losas de su tumba.

Aquí estamos. Endeudados para comprar votos, perdiendo dinero en el negocio del petróleo, con cerca de la mitad del territorio gobernado por criminales, que además son socios del resto del gobierno, convertidos en una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos, que en este nuevo contexto global ha decidido hacerle frente.

El momento más grave en la historia de México. Peor que aquel medio siglo que tardamos en construir un Estado en forma, porque ahora no partimos de la desintegración y la anarquía, sino de un país con muchos defectos, pero funcional, cuya viabilidad se destruyó en estos ocho años. No tenemos impartición de justicia, fuerzas armadas, salud, educación ni diplomacia. No tenemos dinero, rumbo ni dirección. Estamos gobernados por criminales, amenazados por abusivos.

Si las elecciones locales están en manos del crimen desde 2021 y las federales desde 2024; si fue merced a un golpe de Estado que el grupo en el poder terminó con la destrucción del marco institucional; si ese grupo enfrenta ahora un ataque desde el exterior, ¿cómo se puede garantizar la estabilidad, permanencia e integridad del Estado mexicano?

Vamos a tener que experimentar muy pronto.

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