En México, el año se divide en tres partes. La primera inicia en Reyes y termina en Semana Santa, escasos tres meses. La segunda inicia después de Pascua y se cierra con el Grito, el 15 de septiembre, abriendo paso a la tercera, que termina con Guadalupe, también de tres meses. Hay un mes perdido entre las dos semanas de marzo y abril, Santa y Pascua, y casi un mes desde Guadalupe hasta Reyes, de forma que la segunda parte a duras penas alcanza cinco meses. Sin embargo, uno de esos meses es mayo, con varios días de celebración, y entre julio y agosto a duras penas alcanza uno a tener tres semanas de verdad, entre la lluvia y las vacaciones.
Cada una de esas partes tiene su propia dinámica. La tercera parte es muy patriótica, aunque ya la Revolución no se celebre. Tradicionalmente es el espacio del presidente, por el Informe, el Grito, y las celebraciones de los éxitos del año en curso, que se traducen en innovaciones para el siguiente, presupuesto, y promesas para el año por venir.
La primera parte, sin embargo, suele ser de ajuste en las previsiones, inflación, y ocasionalmente de correcciones legales de lo que se hizo mal en el primer periodo de sesiones de cada año, que ocurre en la tercera parte.
Ahora estamos iniciando la segunda parte de este 2026, que será el momento de definición para las elecciones del próximo año. Ya empezaron los movimientos, de personas que renuncian a sus puestos para buscar candidaturas, pero también de otros que intentarán controlar el proceso. En los tiempos del PRI hegemónico, la única disputa era la interna. En el breve periodo democrático, la de verdad era la constitucional. Ahora no tenemos idea clara. Morena no es hegemónico, pero las elecciones ya no son lo que eran.
En algunos estados puede ocurrir un enfrentamiento directo entre Morena y sus “aliados”. Con el Verde en San Luis Potosí y Quintana Roo, con el PT en Oaxaca y Chiapas (diputados), pero tal vez también en Zacatecas. En otras partes, la disputa interna de Morena parecería la de un partido hegemónico, pero no es posible descartar que la oposición los derrote, a pesar de los grandes esfuerzos que hace esa misma oposición por no lograrlo.
Todo indica que hay ya desencanto con la transformación prometida, que ha resultado un fracaso. Su único sostén ha sido el reparto de dinero, directo del erario o a través de incrementos salariales por encima de la productividad. Pero la inflación se está comiendo esos ingresos adicionales de la población, y ya no hay margen para revertir esto en los siguientes meses, ni para el año próximo.
Como hemos ya comentado, las finanzas públicas no tienen ya espacio, pero, salvo que ocurra algo raro, las calificadoras no van a quitar el grado de inversión antes de las elecciones intermedias. No quieren asumir ese costo. Después de eso, otra vez, salvo que algo muy improbable ocurra, lo perderemos.
Con eso en mente, es posible esperar una elección con un cierto parecido con la intermedia anterior, la de 2021. Por el momento, no creo que la oposición llegue con la misma fuerza que entonces, pero tampoco estará tan lejos, en lo que se refiere a Diputados. Las elecciones locales sí serán distintas, porque el mapa del crimen organizado ha cambiado, y fue determinante en aquella ocasión. Por otra parte, hay una presión externa, en ese sentido, que no teníamos.
Esta segunda parte de 2026 estará marcada por este proceso: la definición de candidaturas, el deterioro del apoyo a Morena, y el extravío opositor. Aunque no lo parezca, no hay nada claro, y sí mucho por ver. Compre palomitas.