En esta columna hemos afirmado que Morena no podrá perpetuarse en el poder. A últimas fechas, muchos lo atribuyen a la presión que viene de Estados Unidos, que además personifican en Trump. En consecuencia, algunos se lo imaginan como salvador de la patria mientras otros lo ven como el déspota invasor. En mi opinión, la causa de que Morena no pueda mantenerse mucho tiempo más no es esa presión, ni quien la impulsa es Donald Trump.
El muro con el que se ha estrellado Morena es la realidad. Una parte de ella tiene que ver con el espacio geopolítico de Estados Unidos, que ha decidido limpiarlo de las sanguijuelas del Foro de Sao Paulo, Club de Puebla, o eje Caracas-Habana-Madrid, pero no lo es todo.
La causa principal del fracaso era evidente desde el principio: el intento de revivir una época pasada que, además, fue fallida. López Obrador tenía como imagen guía al sexenio de Echeverría, cuando él mismo era joven: un gobierno que controlaba la economía, reparto de dinero y prebendas, nacionalismo ramplón, cercanía con Cuba. Eso hizo, sin reparar en que Echeverría fracasó (primero él solo, después su sucesor) porque ese esquema es inviable desde entonces. La visión de Sheinbaum, que solo le añadiría un poco más de Cuba a la ecuación, es tal vez peor.
Al concentrar el poder económico en el gobierno, y el poder político en su persona, López Obrador produjo una economía incapaz de crecer. No es por mala suerte o por complot de la derecha que el PIB per cápita en el primer trimestre de este año es inferior al que teníamos cuando López tomó el poder, antes de ser investido como presidente. No hemos tenido una crisis de balanza de pagos, como las vividas en los 70, y por eso la población en general no se siente muy mal. Tienen un poco menos de lo que tenían, más lo que les reparte el gobierno.
Después de ocho años de no crecer, algunos se van cansando, pero todavía no son muchos. El problema será cuando ya no se pueda repartir, y eso es justamente lo que está cada día más cerca. Por eso las agencias bajan la calificación. Es poco probable que se atrevan a quitar el grado de inversión antes de la elección de 2027, pero es prácticamente seguro que lo harán poco después. Eso elevará los costos del reparto de efectivo, pero también el precio del dólar. Como en los años 80, la población mostrará su enojo y buscará opciones.
Ayer la señora Sheinbaum presentó algunas cifras para callar a quienes dicen que la economía está en malas condiciones, que ahora creo que ya somos casi todos, incluyendo al Banco de México. No vamos a competir en la danza de cifras, que ella no entiende ni le ayuda. El tema es cuánto tiempo más pueden seguir repartiendo una cantidad que la población considere importante. Porque la única salida que hay es que la inflación se coma esas becas y pensiones, y por ese camino ya andamos.
La presión vecina puede acelerar este proceso (menos remesas, posposición de TMEC, presión financiera) y le puede agregar la convicción creciente de que la violencia tiene su origen en el grupo en el poder. Por eso convenía una salida como la aquí planteada hace unas semanas. Costaba menos que enfrentar un ajuste económico sin credibilidad, como ocurrirá. De poco servirán causales de nulidad, tribunales a modo, compra de votos, cuando llegue el ajuste. Eso también ya lo vivimos.
No busquen ni salvadores ni masiosares. Prepárense para el ajuste, y para lo que seguirá.