La inflación de la primera quincena de enero resultó más alta de lo esperado. El índice general casi alcanzó 8 por ciento, mientras que la inflación subyacente se ubicó en casi 8.5 por ciento. Es una mala noticia. Mientras en Estados Unidos, nuestro principal socio, pero además nuestra referencia para la tasa de interés, la inflación se ha venido reduciendo paulatinamente, en nuestro caso la tendencia se ha roto. Además, las dinámicas se han separado desde hace ya varios meses.
En Estados Unidos, la inflación alcanzó su pico en junio, con 9 por ciento, mientras que el equivalente al índice subyacente nuestro lo hizo en septiembre, con 6.7 por ciento. Ya en otra ocasión comentamos que no es exactamente igual la medición, porque en Estados Unidos ese índice quita todos los alimentos, mientras que en México lo que se quita es un subconjunto, que incluye muchas frutas y verduras, pero deja fuera, por ejemplo, la carne de res, pollo, cerdo o el huevo, que son muy importantes en el gasto de los hogares.
Sin embargo, aunque no pueda uno comparar exactamente esas cifras, sí es interesante notar que los precios de carne, pollo, pescado y huevo en Estados Unidos tuvieron su máximo en mayo, con 14 por ciento, mientras que para diciembre estaban ligeramente por encima de 7.5 por ciento. Si calculamos para México algo similar, aunque llegamos a un máximo de 14.8 por ciento en la segunda quincena de junio, ese porcentaje se repitió en septiembre, y para la primera quincena de enero, el incremento de precios en esos bienes es superior a 10 por ciento.
De hecho, mientras que la inflación en México era ligeramente inferior a la estadounidense en marzo pasado, porque el impacto en energéticos había sido muy fuerte, y aquí eso se ocultó dejando de recaudar IEPS a combustibles, desde entonces nuestra inflación subyacente superaba al equivalente estadounidense. En marzo por apenas 0.3 por ciento, más de 1 por ciento en los dos meses siguientes, más de 1.5 por ciento en los cuatro posteriores, y de octubre a diciembre, en más de 2 por ciento. Para diciembre ya estábamos 2.7 por ciento por encima del equivalente en Estados Unidos.
Puesto que el impacto en energéticos se fue diluyendo en el año, la inflación general en México ya superaba la de Estados Unidos desde agosto, y para diciembre la diferencia era de 1.4 por ciento, que no es poca cosa.
No podemos comparar el dato quincenal porque allá miden cada mes, pero puesto que Banco de México debe decidir pronto acerca del incremento en la tasa de interés, creo que conviene que estén atentos a lo que apunta esta quincena. Para el momento de la decisión, la Fed ya habrá tomado la suya (que dicen los expertos que será un incremento de un cuarto de punto), y ya tendrán los miembros de la Junta de Gobierno de Banxico la información mensual de inflación, tanto de México como de Estados Unidos. Con la pura tendencia que le he comentado, es decir, con los datos de los nueve meses pasados, creo que sería suficiente para que Banco de México decidiese separarse de la Fed y actuar de manera más contundente, pero tal vez los responsables vean otros datos que los lleven en dirección diferente.
Si, como todo parece indicar, tenemos ya una dinámica más acelerada en el alza de precios desde el año pasado, y arrancamos todavía peor éste, valdrá la pena que decisiones de relumbrón, pero costosas, como elevar tan rápido el salario mínimo o incrementar el número de días de vacaciones, sean analizadas con cuidado. La primera ha provocado una compactación salarial que muy probablemente ya deterioró las condiciones de las empresas, y la segunda representa más de 5 por ciento de incremento adicional al costo laboral. Con una productividad declinante, es difícil que estas medidas no provoquen problemas.