Fuera de la Caja

Bicentenario

Hoy se cumplen 200 años de relaciones entre México y Estados Unidos, y no cabe duda de que ocurre en uno de los momentos más bajos en la bilateralidad.

Hoy se cumplen 200 años de relaciones entre México y Estados Unidos. El 12 de diciembre de 1822, el gobierno del presidente Monroe (sí, el de la doctrina Monroe) reconoció al México independiente de Agustín de Iturbide. Pasó algún tiempo antes de que hubiese una embajada formal del país vecino, que ocupó Joel R. Poinsett, ejemplo en los libros de historia de bronce de intervencionismo y cuyo nombre ostenta la flor de Noche Buena en Estados Unidos.

No sé si se celebrará este bicentenario, o si esperarán al de la embajada, pero no cabe duda de que ocurre en uno de los momentos más bajos en las relaciones con Estados Unidos. Tal vez el peor desde mediados de los ochenta, cuando el caso Camarena, o de los setenta, cuando el modelo de López Obrador, Luis Echeverría, disfrutaba promoviendo a los no alineados, descalificaba naciones y se imaginaba líder tercermundista.

Así estamos ahora, con López Obrador posponiendo reconocimientos a nuevos gobiernos, como el de Perú ahora, o el de Biden mismo hace dos años, o de plano defendiendo corruptos y autócratas: Cristina, Castillo, Evo, etcétera. En un momento de recomposición geopolítica, este tipo de actitudes son mucho más riesgosas.

En materia económica, aunque ya se ha evitado un conflicto alrededor del maíz amarillo, porque el gobierno mexicano pospuso su idea de bloquearlo al menos un año, seguimos con la posibilidad de que haya un panel arbitral para decidir quién tiene razón en materia de competencia en el sector energético. Estados Unidos solicitó esa medida, pero no la ha ejecutado, aunque desde el 3 de octubre podía hacerlo. Parece que no quieren complicar aún más la relación, porque creen que la respuesta de López Obrador será dejar de actuar como muro migratorio, papel en el que lleva ya cuatro años. Puesto que la migración es un tema muy relevante en la política interna estadounidense, todo indica que Biden no quiere correr riesgos.

Si en cuestión geopolítica y de migración López Obrador está jugando con fuego, el reportaje publicado hace unos días en el NYT (8 de diciembre) por Tim Golden confirma que eso mismo ocurre en materia de seguridad. Es un documento amplio que ayuda a entender muchas dinámicas de los últimos 10 o 15 años en materia de narcotráfico, y sólo por eso valdría la pena leerlo. Sin embargo, creo que su principal impacto será sobre el Ejército mexicano.

Quedan pocas dudas, después de leerlo, del involucramiento del Ejército en el narcotráfico. Frente a ello, la decisión de López Obrador de terminar la colaboración con Estados Unidos en materia de seguridad, y la de fortalecer al Ejército con negocios, no con efectivos o material, toma una dimensión diferente, me parece, al menos desde la perspectiva estadounidense.

Por eso le decía que estamos en uno de los momentos más bajos en las relaciones con Estados Unidos. López Obrador ha logrado combinar la locuacidad absurda de Echeverría con el nivel de riesgo en seguridad que representó Manuel Bartlett en los años ochenta. Y esto ocurre cuando estamos en medio de un ajuste global, y cuando Estados Unidos sigue metido en una disputa interna muy polarizada. Aunque todo indica que Donald Trump no podrá volver a los primeros niveles de la política, es muy probable que su sucesor al interior del Partido Republicano sea Ron DeSantis, y que su campaña se centre en la migración y, muy posiblemente, en el riesgo que México representa para Estados Unidos.

Al mismo tiempo que, en materia económica, existe una oportunidad muy poco común para México, en el ámbito político y de seguridad nos encontramos en una situación crítica. No tengo idea de cómo se resolverá este conflicto, pero ahí lo tiene usted.

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