Fuera de la Caja

Paso a paso

Luego de las marchas del domingo López Obrador no debe tener duda alguna de que ha pasado su tiempo, y que le espera un ocaso difícil, duro, amargo.

Parece que hay consenso. La manifestación del domingo pasado fue un gran éxito. Lo comprueban miles de imágenes y testimonios, pero sobre todo las reacciones del oficialismo, empezando por las presidenciales. López Obrador no debe tener duda alguna de que ha pasado su tiempo, y que le espera un ocaso difícil, duro, amargo. Esto no significa que sea capaz de aceptarlo, ni mucho menos. Al contrario, su naturaleza lo llevará a chocar contra la pared, esperando derribarla. Su ira crecerá conforme sus esfuerzos sean infructuosos. A ella se sumará la angustia de sus más cercanos colaboradores, que verán diluirse la perpetuación en el poder que esperaban, y varios de ellos tomarán conciencia del riesgo de acabar en prisión.

Nada está escrito, obviamente. Conviene, sin embargo, recordar las vulnerabilidades del grupo en el poder. Son resultado de un movimiento desestructurado, cuyo triunfo dependió de un candidato incapaz de ganar en dos ocasiones previas, pero en la última sostenido por empresarios compadres, enojados por las pérdidas que les provocaban las reformas estructurales. El candidato, despreciado por las mayorías antes del impulso de esos empresarios y de los colegas que le limpiaron la cara, jamás tuvo visión estratégica, ni logró conseguir más allá de un tercio de los votos. Ahora, ese candidato ni siquiera competirá, sino alguno de los dos entenados suyos, notables por la ausencia de carisma.

Si el cemento que unió a Morena fue la posibilidad de alcanzar el poder, la convicción de perderlo será lo que lo diluya. Así como el triunfo electoral, desde que tenemos democracia, depende del “voto útil”, los cuadros gobernantes no son sino priistas buscando sobrevivir. Los hemos podido ver transitando por todo tipo de membretes tras la chuleta, como suele decirse. Para ellos, lo que importa es la posibilidad de conseguir trabajo, y se mueven conforme olfatean espacios. Así hacían cuando el tapado, pero aprendieron a leer el voto útil hace tiempo. Dependiendo de sus capacidades, han encontrado lugares en PAN, PRD, Morena, pero su lealtad es, claramente, a la nómina. Así como gobernadores priistas fueron capaces de traicionar a su partido para abrir espacio a Morena y con ello garantizarse impunidad y espacios para su equipo, así traicionarán a Morena cuando la ola vaya en sentido opuesto, como parece que es ya el caso.

Es claro que el Presidente entiende eso, y sabe usar las múltiples herramientas del poder para limitar el daño, pero los límites son claros. Aunque es un gran mentiroso, le será muy difícil convencer a políticos taimados de sus posibilidades de triunfo: no se trata de académicos incautos, jóvenes ensoberbecidos o público desinformado, son cientos, miles de liderazgos locales luchando por sobrevivir. Con el ganador hasta que pierda, dice el dicho.

Si todo lo anterior es correcto, entonces hay varias conclusiones tentativas: primero, las posibilidades de que Morena se mantenga en el poder son reducidas; segundo, quien aspire al triunfo tendrá que ser incluyente, y recoger lastre; tercero, el proceso de reconciliación y reconstrucción no será ni simple ni determinante. México no se refundará en 2024. Se trata tan sólo de detener un proceso de destrucción que ya tiene costos relevantes: un sistema de salud que no funciona, inversión desplomada, incapacidad de gestión, política social clientelar pero inútil, derrumbe en todos los indicadores que se miden globalmente (justicia, libertad, democracia, etcétera).

Falta mucho aún para saber quién y cómo podrá encabezar un nuevo gobierno. Me parece claro que, en caso de perder en 2024, como parece muy posible, López Obrador rechazará los resultados. Pero desde ahora es claro, para los actores políticos, para los armados y para los extranjeros, que los escenarios están abiertos, que el Presidente ha sido un fracaso y que Morena es vulnerable. Era un paso indispensable, y se ha dado

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