En estos días, dicen Levitsky y Ziblatt, las democracias mueren de forma pacífica, o casi. Las democracias se destruyen desde dentro, sin botas militares o cocteles molotov. Una población angustiada porque ha perdido sus referencias, medios desesperados por sobrevivir al cambio comunicacional, abren el espacio a líderes extremistas que, en condiciones normales, jamás podrían llegar al poder. Una vez en él, estos líderes, que suelo llamar “machos alfa”, destruyen los puentes que los llevaron a él: desacreditan a esos medios, se aprovechan de la angustia social, minan las instituciones democráticas y, a golpe de amenazas, insultos, y recursos públicos, se niegan a abandonar el poder.
Sobran ejemplos: el fundacional parece ser Victor Orbán, el dictador húngaro; el paradigmático, Donald J. Trump; los locales, Bolsonaro, Bukele y López Obrador; los de transición, previos al cambio comunicacional, Erdogan en Turquía, Putin en Rusia; los que se amparan en la religión, como Modi en India, o en parte los ya mencionados Bolsonaro y Trump. En algún momento futuro podremos clasificar mejor a esta fauna, como ya podemos hacerlo con los ejemplares de hace 500, 250 y 100 años, es decir, la Reforma, el Romanticismo y el Totalitarismo, periodos todos de angustia social provocados por la pérdida de referencias originada en cambios comunicacionales.
Esta idea, que he comentado con usted desde hace varios años es ahora el eje de un nuevo libro, The Democracy Paradox, que afirma que la democracia debe considerarse esencialmente un tema de libre expresión: todos pueden opinar, y pueden hacerlo de todo. En consecuencia, el discurso público tiende siempre al caos, de forma que la democracia lleva consigo la semilla de su propia destrucción. Aun así, no existe mejor manera de procesar los desacuerdos naturales en una sociedad, dicen los autores, Gershberg e Illing.
Agrego desde Fuera de la Caja: los periodos “funcionales” de este sistema ocurren cuando el discurso público puede mantenerse dentro de un cierto cauce, que se alcanza cuando la nueva tecnología comunicacional puede hacerse compatible con un cierto arreglo de creencias y prácticas acerca de lo que está bien y lo que está mal. La aparición de una nueva tecnología destruye ese arreglo, y el periodo necesario para alcanzar uno nuevo dura varias décadas, que suelen ser además violentas, angustiantes, inciertas. En las fechas mencionadas, el libro, los periódicos y los medios masivos nos llevaron a construir nuevas morales, nuevas culturas. Ahora es la comunicación interactiva, que es una especie de hiperdemocracia: literalmente cada uno puede hablar con millones, y decir lo que quiera, sin los límites físicos de la letra impresa o de la transmisión electrónica, sin el freno de tradiciones, costumbres, creencias… ni de la decencia.
Inventar la democracia (liberal), hace 500 años, y defenderla, no ha sido simple, pero se ha logrado. En el camino hubo que derrotar al autoritarismo religioso, al naturalismo utópico, al totalitarismo comunista y fascista, y hubo que hacerlo con violencia, como ocurre cada vez que la discusión pública no es acerca de mejores formas de vida, sino acerca de lo que está bien y lo que está mal.
Es interesante notar que el centro de la resistencia democrática inició en Países Bajos, se trasladó en 1688 a la Gran Bretaña, y a fines del siglo 19 a Estados Unidos. No sabemos si ese país seguirá siendo el baluarte que fue durante 150 años, o si ayer mismo habrá iniciado el declive. No sabemos, en ese caso, si habrá un reemplazo, o si este paréntesis de cinco siglos esté por terminar, para regresar, de alguna manera, al tradicional autoritarismo de las sociedades humanas.
Mientras averiguamos, nos toca defender nuestra parte. Nos vemos el domingo 13, 10:30, para hacerlo.