Fuera de la Caja

Bajo la superficie

Una vez despojados del poder presidencial, los responsables de las crisis se convierten en los mexicanos más odiados. Pero tarde, después de destruir la riqueza nacional.

Después de una primera mitad de sexenio decepcionante, con la economía estancada, llegaron las presiones inflacionarias. Dos dígitos, por primera vez en mucho tiempo. Era un fenómeno global, sin duda, provocado por desajustes de grandes potencias, y por el alto precio del petróleo. Frente a ello, el Presidente reaccionó como siempre: afirmando que sabía qué hacer, reafirmando a sus amigos en el gabinete, creando conflictos con otros países, mientras promovía la ‘paz mundial’. En la superficie, parecía que las cosas no estaban bien, pero nadie veía el precipicio. Lo vieron el 31 de agosto de 1976, cuando caían. El sexenio de Luis Echeverría, presidente popular, como todos, pero que logró granjearse el rechazo de la clase media, terminó en una crisis que, entonces, se convirtió en rumores de golpe de Estado, afortunadamente falsos.

Con una economía centrada en el petróleo, México parecía llegar al primer mundo. Así lo veían casi todos, y apostaban por ello. El crecimiento era impresionante, aunque la inflación no cejaba. Otra vez, en la superficie se veían algunos detalles, pero no parecía haber duda del rumbo. En febrero de 1982 aparecieron los nubarrones, cuando ya nada podía hacerse. El 1 de septiembre, entre llantos y peticiones de perdón, el presidente nacionalizó la banca e hizo evidente su fracaso: el dólar llegó a 150 pesos. En siete años, su valor se había multiplicado por 12.

Después de dedicar cinco años a resolver los problemas urgentes, otro a reducir la inflación, uno más a renegociar deuda, nuevamente nos encaminamos al primer mundo. Ahora sí teníamos la dirección correcta, decía el presidente, enlazados a la economía más importante del planeta. El presidente más popular de la historia firmó la entrada al acuerdo comercial de Norteamérica y designó a su sucesor a fines de 1993. El año siguiente fue trágico: levantamiento en Chiapas, candidato asesinado y una cuenta corriente inmanejable… que casi nadie vio. Otra vez, una superficie aparentemente tersa escondía el precipicio, el derrumbe.

Tres crisis con un origen similar: excesos presidenciales que no podían verse con facilidad. Para la gran mayoría de la población, el derrumbe llegó por sorpresa, y hubo que dedicar cinco años para recuperarnos en la primera crisis, una década en la segunda, y apenas tres años en la tercera, que es la menos importante, aunque para muchos fue más dolorosa, por el acelerado incremento de créditos en los primeros años noventa.

En todos los casos, la sorpresa provino de una aparente tranquilidad, porque pocos podían tener acceso a información en esos años, y mucho menos analizarla. El Banco de México apenas publicaba sus datos de reservas dos veces al año, no existía un Inegi en las primeras dos. Los medios se dedicaban a publicar declaraciones de políticos y reproducir sus discursos. En un país con una elevada ‘distancia del poder’ (la aceptación popular de la concentración y demostración del poder), el presidente siempre es popular, y los medios deben utilizarlo para su supervivencia. El público acaba creyendo en esa fuente de poder que es la Presidencia, y pierde la poca capacidad que hubiese tenido para ver más allá de esa tersa superficie. Una vez despojados del poder presidencial, los responsables de estas crisis se convierten en los mexicanos más odiados. Pero tarde, después de destruir la riqueza nacional.

Curiosamente, hoy hay muchos viendo la popularidad presidencial y la tersa superficie. Se niegan a imaginar el precipicio que está debajo. Pero ahí está, y no tardará mucho en hacerse evidente. Ignoro si la extraordinaria capacidad de mentir del actual Presidente, y las esperanzas que levantó con eso, provoquen que la decepción sea mayor que en las otras ocasiones. Tampoco es posible aún medir cuántos años requerirá la recuperación, pero puede romper récord.

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