He tratado de plantear con toda claridad, en los últimos dos artículos, lo que creo que está ocurriendo en México. Creo que seguimos en un proceso inacabado de decisión entre el modelo cardenista de los años 30 del siglo pasado y el modelo de incorporación a la globalidad propio del mundo occidental de los últimos 50 años. Me parece que las coaliciones políticas se construyen alrededor de esas ideas, aunque muchos no lo perciban. Y me parece que las personas que encabecen esas coaliciones, en la boleta electoral, no tienen mucha importancia.
Esto último puede causar discusiones innecesarias. México tiene una historia muy breve, y en ella abundan los hombres fuertes y escasean las instituciones. Cuarenta años con Santa Anna campeando, 15 bajo la férrea mano de Juárez, 30 del Porfiriato, 10 de guerras civiles, 15 de Sonorenses, y luego la construcción cardenista, donde cada presidente fue un ‘monarca temporal’. La reducción de la importancia del presidente, iniciada con Zedillo, se vino abajo con la llegada del mesías tropical. Un país que necesita un padre.
La incorporación real de México en la globalidad implica el abandono definitivo de la cultura de un solo hombre. Y, aunque convendría, eso no ocurrirá reemplazándolo por una mujer, sino haciendo poco relevante la Presidencia. Creo que lo será a partir de 2024, pero puede ser por malas razones.
Como es sabido, López Obrador no tiene la más remota idea de cómo dejar el poder. Muy probablemente ni siquiera tiene intención de hacerlo, y por eso su insistencia en colocar como reemplazo a Claudia Sheinbaum, quien sería un títere suyo. Como ese proyecto no le está funcionando (igual que todos los demás), ahora parece querer impulsar a Adán Augusto, que creo que no será como él espera. Es decir, que desde la coalición de la restauración autoritaria, tenemos dos posibilidades: un títere que se controlará desde Palenque o un conflicto tabasqueño.
En la otra coalición no hay candidato, porque quien asoma la cabeza la pierde. Algunos sin razón, otros con ella, pero cualquier intención clara y potencialmente exitosa tras la candidatura de oposición es castigada con todo el poder del Estado. Anaya vive en Atlanta, Alito no sé dónde, y si De la Madrid o Creel de pronto resultan con potencial, serán atacados de la misma manera.
Pero habrá candidato o candidata de la coalición, que no necesariamente abarcará a todos los partidos de ‘oposición’, pero que muy probablemente atraerá a elementos de la coalición presidencial. En el fondo, ambas coaliciones tienen el mismo problema: cómo mantenerse unidas. Porque la esencia conceptual, el Pacto Cardenista vs. el Pacto por México, no es algo suficientemente fuerte como para definir los equipos. Alrededor del núcleo duro de cada coalición hay multitud de grupos: los que buscan acomodo, los que tienen intereses específicos, los que tienen fuerza local o gremial, y muchos de ellos de verdad no se dan cuenta de la esencia de la disputa. Hay quien incluso sugiere entender 2024 como si fuese una elección ‘normal’.
En términos cotidianos, sin importar quién triunfe en 2024, la situación será muy complicada: una crisis fiscal inminente (si no ocurre antes de la elección), un entorno internacional poco favorable (elección presidencial en Estados Unidos cinco meses después), un considerable deterioro en educación, salud y en servicios públicos, y una polarización irresponsablemente construida desde las mañaneras. Nadie puede, por sí solo, enfrentar y resolver esos problemas. Peor aún porque, quien gane, lo hará como líder de una coalición inestable.
De manera que no hay que ofrecer lo que no ocurrirá. De lo que se trata es de decidir si México se regresa 90 años o si se mueve al futuro. Si detenemos la destrucción institucional o la dejamos correr. Nada más es eso, que no es poco.