Fuera de la Caja

Metamorfosis

El PRI es una obsesión para López Obrador. Tener una mayoría de votos implica reducir al PRI a niveles inferiores a 10 por ciento, algo que, por el momento, no ha sido posible.

No hubo sorpresas el domingo. Las encuestas de Alejandro Moreno (nuestro encuestador de El Financiero, no el presidente del PRI) fueron acertadas. Dos de las gubernaturas fueron ganadas por la alianza Va por México y cuatro por Morena. Había la duda acerca de Tamaulipas, muy cerrada, pero especialmente esa elección era muy vulnerable al proceso de captura territorial que estamos sufriendo a manos del Cártel de Sinaloa, aparentemente con el beneplácito presidencial.

El proceso de reemplazo del PRI reciente por parte del PRI echeverrista continúa, y falta un par de elecciones estatales para determinar su máximo alcance. Ambas ocurrirán en un año, y las dos últimas entidades que no han probado la alternancia estarán en juego. Este proceso no es novedoso, pero sí se aceleró notablemente en respuesta a las reformas estructurales, que ponían en riesgo el arreglo vigente durante la segunda mitad del siglo 20 y las primeras décadas de éste.

El arreglo lo conoce usted, si ha vivido por algunos años: empresarios cuyas riquezas derivan de concesiones, líderes sindicales (y sociales) que intercambian apoyo político por prebendas, intelectuales que viven de las loas a la mítica historia nacional que las mayorías aprenden en cuarto de primaria, pero refrescan todos los días en la mañanera. Aunque México inicia su intento de modernización con el ingreso al GATT en 1986, y el NAFTA en 1994, nada de eso ponía realmente en riesgo a las lacras mencionadas. Las reformas sí lo hicieron, y por eso la reacción tan virulenta, que implicó resucitar a un líder ya descalificado, para promover el reemplazo del PRI de la modernización por su antecesor, el echeverrismo de triste memoria. Pero, bueno, cuando no hay memoria, se puede.

En respuesta al primer intento, en 1986, se creó un grupo que buscaba la ‘democratización’ del PRI, que en realidad significaba que querían impedir la candidatura de Carlos Salinas, y promovían la de Bartlett, o en su defecto, Del Mazo. Fracasaron, y debieron salir del partidazo, y apostar por un ejercicio inédito: una candidatura competitiva desde fuera. Aprovecharon el nombre de uno de sus miembros, que vendía por sí mismo, y siguiendo a Cuauhtémoc Cárdenas pusieron en jaque al sistema en 1988. Tomaron el nombre de Partido de la Revolución Democrática, y desde que empezamos a tener elecciones de verdad, en 1997, todo ha sido un movimiento espectacular: el PRD ganaba los votos que perdía el PRI, y viceversa.

En 1997, entre estas dos fuerzas políticas disputaban 75 por ciento de lo votos. Para 2006, cuando más cerca estuvo el echeverrismo de regresar, era 66 por ciento. En los últimos años, ya con Morena ocupando el lugar del PRD, la cifra parece estar entre 56 y 58 por ciento. El resto se pelea entre PAN y dos partidos menores: PVEM y MC. Las elecciones del domingo no alteran en nada este proceso, me parece, sino que lo confirman.

Por eso el PRI es una obsesión para López Obrador. Tener una mayoría de votos implica reducir al PRI a niveles inferiores a 10 por ciento, algo que, por el momento, no ha sido posible. Si el PRI se mantiene en el 18-20 por ciento que ha mostrado, Morena entonces no tiene forma de superar 40 por ciento. Con eso puede ser la minoría más grande (como lo era el PRI a inicios de este siglo), pero no puede arrasar.

Y si no arrasa, entonces su supervivencia está en riesgo, porque aunque Morena se esté comiendo al PRI, no es su copia. Le ha copiado el discurso legitimador (que ha caído notablemente en los 25 años que revisamos) y muchas de las prácticas corruptas, pero el PRI era mucho más que eso. Las grandes diferencias las comentamos el viernes.

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