Fuera de la Caja

Responsables

La concentración de poder en el Presidente es resultado de instituciones todavía débiles, ocupadas por personas sin el tamaño requerido.

El artículo del viernes recibió muchos comentarios (muy agradecido), pero especialmente la última frase: “Y el responsable es López Obrador, nadie más”.

Para muchas personas, esto no es correcto. López Obrador es, sin duda, responsable de lo que ocurre en el país, pero no sólo él. Creo que tienen razón, y conviene analizarlo.

En primer lugar, hay responsabilidad en quienes lo ayudaron a ganar la elección, aun sabiendo que impulsaban a alguien incapaz para el cargo, o al menos teniendo serias dudas al respecto. Creo que hay tres grandes grupos de personas en este proceso. Unos, que habían perdido con las reformas estructurales, querían venganza y, de ser posible, recuperar algo. En este grupo están los empresarios de telecomunicaciones y medios electrónicos que tanto han defendido a López Obrador, e incluso alguno hay que se candidatea a sucederlo. También hay varios sindicatos dañados por las reformas, que han logrado recuperar su impunidad (maestros), pensiones (electricistas) o el control de una empresa en quiebra (petroleros). Todos éstos han logrado buena parte de lo que querían, y siguen defendiendo a su guía.

Este grupo logró modificar la opinión pública a partir de 2015, dando espacio mediático abundante, pero también ofreciendo opiniones cada vez más benévolas, de parte de conductores, analistas y comentaristas que veían en López Obrador virtudes inexistentes, lo que facilitó el sesgo del segundo grupo.

En éste se encuentran los que veían esas virtudes inexistentes: honestidad, preocupación por los pobres, progresía. No existían, pero ellos querían imaginarlas. Abundan aquí los jóvenes activistas, que paulatinamente se han desengañado, pero varios aún no se deciden a cambiar, porque reconocer su error les parece inaceptable. Son jóvenes.

Finalmente, están aquéllos que añoraban un pasado maravilloso, que en realidad nunca existió: los míticos años 70. Los que vivimos entonces sabemos que no hay nada rescatable, pero de ahí vienen algunos de los ancianos que hoy están a cargo de la administración pública. Deben tener otros recuerdos.

Ya una vez en el cargo, López Obrador no ha actuado solo. Si pudo destruir instituciones, ha sido porque los legisladores lo permitieron, y no pocas veces porque los encargados de esas instituciones se replegaron. Si pudo ahuyentar al capital humano del gobierno, se debe a que los funcionarios lo permitieron, abandonando a su gente. La concentración de poder en el Presidente es resultado de instituciones todavía débiles, ocupadas por personas sin el tamaño requerido. Empezando, creo yo, por Enrique Peña Nieto.

La destrucción de las instituciones también ha sido respaldada por todos aquéllos que no han querido defenderlas: porque no eran perfectas, porque no les afectaban directamente, porque quisieran tener otras. Finalmente (recordando a Reyes Heroles, lo que resiste, apoya), están aquellos que en su afán de rechazar todo lo que salga de López Obrador, debilitaron la defensa de lo valioso.

Todavía hoy, muchas personas no perciben la profundidad de la destrucción que hemos vivido. Suponen que son exageraciones originadas en la mala fe. Puesto que todavía funcionan algunas dependencias, todavía se mueve la economía, creen que las críticas no tienen fundamento. No ha quedado claro que estamos agotando lo que nos dejaron 25 años de trabajo: ahorros, imagen internacional, estabilidad, inversiones. Ya varios de esos guardados han desaparecido, y lo poco que queda se terminará en estos meses. Y millones se sorprenderán, dirán que no podía saberse.

Entonces, tienen razón los que criticaron mi última frase. López Obrador es responsable, sin duda, del despilfarro, de los proyectos que son sólo ocurrencias, del deterioro de la administración, pero fue ayudado a ganar, y fue respaldado en su proceso destructivo. Como dice su mantra de las manifestaciones, no está solo.

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