No hay nada peor que la guerra, me parece. En un desastre natural, como un terremoto, inundación o huracán, hay destrucción, muertos, heridos, pero puede uno confiar en los seres humanos que están alrededor. En la guerra, es exactamente al contrario. Además del sufrimiento, la desconfianza, la amenaza permanente.
Uno pensaría que precisamente por ello la paz sería el objetivo común, pero uno se equivocaría. No existe objetivo común. Cada uno de nosotros, simples seres humanos, buscamos sobrevivir y reproducirnos, como cualquier otro animal, pero además pertenecer y escalar, como los demás animales sociales. Y estas últimas necesidades son las que explican nuestra mayor territorialidad y agresividad. Aunque usted no lo crea, los seres humanos son tal vez el animal grande más cooperativo que existe, pero al mismo tiempo tenemos esa veta de agresión y control que tampoco es común entre los demás.
Estamos al borde de una guerra de amplitud desconocida. Como suele ocurrir, abundan los que tienen explicaciones fáciles para ella. Desde los que creen que el petróleo o el gas es el motivo, los que ahora incluyen metales, los que disfrutan buscando culpables que coincidan con sus creencias previas (el imperialismo yanqui, el eurocentrismo, etcétera), hasta los que construyen complicadas teorías de la conspiración. Hay también, como en la política interna, los fanáticos del justo medio, que encuentran siempre argumentos razonables para cualquiera de las partes: que si Ucrania fue parte de Rusia, que si debería ser el colchón con Occidente, que si fue la URSS la que la creó.
El conflicto, me parece, es una muestra más del fenómeno que vivimos en el mundo entero en este siglo, pero con más fuerza desde la Gran Recesión. Al romperse el marco de interpretación sobre el que vivimos el último tercio del siglo 20, nos hemos llenado de miedo y angustia, y buscamos defendernos por dos vías: agrupándonos alrededor de algunas ideas que parecen incluyentes y eligiendo a machos alfa para gobernarnos, confiando en que ellos nos cuidarán, cuando en realidad abusarán de nosotros. La reacción más importante que hemos visto ha sido la introversión. La amenaza viene de fuera, de quienes no son como nosotros (por el color de piel, las preferencias, la religión, el lugar de nacimiento). Por ello, la globalización de los años previos es ahora la gran preocupación. Hay que hacer ‘America Great Again’, ‘rescatar la Madre Rusia’, ‘como México no hay dos’. Soberanía por encima de comercio, democracia, riqueza, derechos.
No tienen los conspiracionistas que buscar demasiado, el mismo Putin se los dijo el lunes: él busca recuperar el imperio ruso, o al menos la Unión Soviética. Pero como en Occidente nos sobran recursos, es decir tiempo, abundan los que se alinean con Putin en contra de su propio presidente, de sus costumbres, de sus intereses. La estupidez no tiene límites. No hay otra fuente del ‘poder blando’ de Rusia y China que esa ociosidad occidental, que incluso alcanza a producir yihadistas.
Ya habíamos hablado de este riesgo desde hace tiempo. Las épocas de miedo y angustia, a través de esa agrupación ficticia y de la elección de machos alfa, suele terminar en pobreza, violencia y autoritarismo. Aun así, se siente feo confirmar que no aprendemos. Nada bueno trae la guerra. Pero es inevitable, está en la naturaleza humana.
Para México, me parece, este conflicto implicará una mayor preocupación de parte de Estados Unidos, que no puede arriesgarse a tener un vecino inestable, indeciso, aislacionista. Puesto que tendrán que atender un evento de gran magnitud, necesitan una base sólida a su alrededor. Esto también incluye a Canadá, que está viviendo una rara inestabilidad, pero por razones opuestas.
Prepararse para la guerra, si se quiere la paz, dice el dicho. Y eso incluye afianzar lo cercano. Lo veremos pronto.