Fuera de la Caja

Centenario

LEA se embarcó en la misión histórica de repetir el gobierno de Cárdenas: crear universidades, fortalecer el sector energético, desplazar a los empresarios, enfrentar al mundo desarrollado.

El lunes, Luis Echeverría Álvarez, presidente de México de 1970 a 1976, cumplió 100 años de edad. Su gobierno fue desastroso para el país, debido a su afán de poder, su rigidez ideológica y su incapacidad de entender tanto la economía como el cambiante entorno internacional. Desde su campaña, estas fallas fueron notadas por diversos actores políticos relevantes, e incluso hubo quien aventuró la posibilidad de sustituirlo en la candidatura presidencial. Gustavo Díaz Ordaz, anterior presidente y único elector, se arrepintió de su decisión, pero no la modificó.

Durante los primeros tres años de gobierno, Luis Echeverría gobernaba hablando, provocando conflictos, utilizando a sus funcionarios para elevar “globos sonda”, que él aprovecharía o descartaría según las respuestas a ellos. La economía creció un poco menos, la inflación un poco más, pero parecía que nada más sería un sexenio perdido, no el inicio de un periodo de crisis y desgracias que duraría generaciones.

En el tercer año de gobierno, sustituyó al secretario de Hacienda, Hugo B. Margáin, por José López Portillo, amigo suyo de juventud, y anunció que la economía se manejaría desde Los Pinos. A la postre, López Portillo sería el elegido para sucederlo, porque Echeverría pensaba que podría manipularlo a su antojo, en esa obsesión de mantenerse gobernando más allá de su sexenio. Antes intentó promover su reelección, pero fracasó en ello.

Hasta ese tercer año, repito, la economía estaba mal, pero no en crisis. Para mediados de 1973, la inflación se había duplicado, pasando de 4.7 por ciento anual en diciembre de 1970 a 9.6 por ciento en junio de 1973 (todas las cifras que cito provienen de las Estadísticas Históricas de México, de Inegi, cálculos propios con base en capítulos 1, 8 y 16, más el INPC). El crecimiento se había mantenido en los niveles del sexenio previo, a pesar de la desaceleración de 1971. La deuda pública crecía cada año el equivalente a 3.5 por ciento del PIB. Insisto, nada excepcional.

La segunda mitad del sexenio, sin embargo, fue muy diferente. Incapaz de entender cómo afectaba a México el fin del sistema financiero internacional de Bretton Woods, convencido de su gran capacidad personal, destinada a encabezar las luchas del tercer mundo, Echeverría se embarcó en la misión histórica de repetir el gobierno de Lázaro Cárdenas: crear universidades, fortalecer el sector energético, desplazar a los empresarios, enfrentar al mundo desarrollado.

En los últimos tres años de su gobierno, la deuda creció 10 puntos del PIB cada año. La deuda interna se multiplicó por tres, la externa por casi seis veces (de 4.2 a 24.6 mil millones de dólares). El crecimiento por habitante se redujo a la mitad. La inflación llegó a 27 por ciento anual al cierre del gobierno. Echeverría tuvo que aplicar la primera devaluación obligada del peso desde 1948, y entregar el poder entre rumores de golpe de Estado.

Hay muchas otras cosas que pueden recordarse del gobierno de Echeverría, pero son éstas las que me parecen pertinentes, a la luz del actual Presidente. Muchos insisten en que ha mantenido orden en las finanzas públicas, como lo hizo Echeverría por tres años. Otros ven en el exterior el origen de los problemas internos, como ocurrió en 1973 con la guerra de Yom Kippur y el embargo petrolero. Creo que todos ven en Sheinbaum la repetición de López Portillo, o al menos deberían verlo.

El afán de poder, la rigidez ideológica y la incapacidad de entender el entorno, especialmente el económico, provocaron hace medio siglo una secuencia de crisis que duró 25 años, y que requirió otros 25 para recuperar las condiciones básicas del desarrollo. Justo entonces, el heredero ganó las elecciones. Si no se corrige, será otro medio siglo.

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